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23 noviembre 2018

La perplejidad a lo largo de la historia

Ética | Filosofía | Perplejidad
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“Los estadounidenses ya no hablan entre ellos, se entretienen. No intercambian ideas, intercambian imágenes”. La cita podría ser un lamento por la actual degradación social que provoca la omnipresencia de los teléfonos móviles y sus aplicaciones, pero cuando Neil Postman incluyó esta reflexión en su libro Divertirse hasta morir (1985), faltaban más de dos décadas para que Steve Jobs anunciase el iPhone y los creadores de Facebook o Instagram eran bebés.

Postman señalaba entonces que la cultura del entretenimiento “produce vastas cantidades de información sin ofrecer ningún contexto para la comprensión, lo que provoca la inutilidad de dicha información”. Hace más de treinta años, ya describía una sociedad que avanzaba sin control hacia la “estupidez colectiva” y pintaba un futuro en el que los ciudadanos vivirían en un marco de libertades formales inútiles porque nadie las podría ejercer por puro desconocimiento. Sin embargo, en esa “sociedad de imbéciles” crecieron Mark Zuckerberg y otros brillantes creadores de nuevas tecnologías que continúan acelerando el avance de la civilización en esa misma dirección.

Ilustración que reconstruye el asentamiento neolítico de Çatalhöyük (en la actual Turquía), el conjunto urbano mejor conservado de esa época.

La revolución tecnológica ha cambiado nuestra manera de comunicarnos, de informarnos o de buscar pareja y la velocidad de esas transformaciones ha sumido a muchos en la perplejidad. Nuevos intelectuales, como Postman en los ochenta, advierten ahora de las consecuencias nefastas que llegarán si no nos desenganchamos a tiempo de las pantallas y ya culpan a las redes sociales —y a los tejemanejes de sus dueños— del ascenso de populistas como Donald Trump o Jair Bolsonaro. Sin embargo, la perplejidad ante las innovaciones tecnológicas y ante los cambios en general es una constante en la historia de la humanidad.

La aparición de la imprenta

La imprenta, la tecnología que permitió una difusión masiva y global de ideas que elevó a la humanidad a cimas de conocimiento desde las que ahora puede caer lastrada por las creaciones de Silicon Valley, también tuvo sus detractores con argumentos no tan distintos a los de los perplejos actuales. En su Elogio de los escribas, el monje del siglo XV Johannes Trithemius consideraba que el acto de copiar libros a mano hacía que sus contenidos impregnasen la mente de los copistas. Dejar esa tarea tras la aparición de la imprenta podría volver vagos a los monjes y menoscabaría su devoción. Trithemius, no obstante, mando sus obras a imprimir con la máquina de Gutenberg para que tuviesen la máxima difusión.

“Los egipcios construyeron las pirámides, unos edificios que causaban gran perplejidad, porque solo los ingenieros sabían cómo eran posibles esas edificaciones”, explica a OpenMind el filósofo de la ciencia Miguel Ángel Quintanilla. “Para la gente común aquello era cosa de los dioses, algo incomprensible, como ahora pasa con la inteligencia artificial”, añade. Algo parecido era lo sucedido con las puertas del templo de Alejandría, que se abrían automáticamente gracias a la que se considera la primera máquina de vapor. “Ante los fieles, aquello era un milagro”, dice Quintanilla. “En sociedades no igualitarias las tecnologías son controladas en parte por el misterio del funcionamiento interno”, remacha.

Cuadro sin título (hacia 1766) que ilustra la transferencia de conocimiento que trajo la Revolución Industrial. Autor: Joseph Wright

Para el investigador del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del CSIC Juan Pimentel la perplejidad no tiene por qué ser negativa. “Es un término que está muy cercano a la curiosidad, a la capacidad de maravillarse, a sorprenderse ante lo inédito”, apunta. “Aristóteles decía que la capacidad de sorprenderse está detrás del conocimiento y Alberto Magno [uno de los más grandes eruditos de la Edad Media] llamaba a la sorpresa la sístole del corazón”, recuerda. “Pero hemos llegado a un momento en que ese impulso por saber puede quedar atorado por la aceleración de la exposición a nuevas sorpresas. Todo por lo que la humanidad pasa ha pasado ya antes, el descubrimiento de América y las poblaciones que vivían allí fue prácticamente como entrar en contacto con extraterrestres, pero la diferencia ahora es la escala y la velocidad de los cambios. Es algo parecido a las crisis ecológicas causadas por los humanos. Han existido siempre, pero no en la misma escala”, concluye.

La gran aceleración de los cambios

Fernando Broncano, catedrático de la Universidad Carlos III de Madrid, coincide. “En el Neolítico [la revolución que a través de la introducción de la agricultura o la ganadería propició la aparición de las ciudades, la escritura y la civilización] o tras la aparición de la imprenta, las transformaciones de la vida cotidiana fueron parsimoniosas”, señala. Esto cambia desde la primera revolución industrial, cuando aparecen ciudades industriales como Mánchester o Liverpool. Para quienes vivieron aquellos cambios, como luego ocurrió con la llegada de la electricidad o los transportes, el mundo se puso patas arriba en una sola generación. A principios del siglo XX, después de décadas en las que muchos creían que la razón y la democracia burguesa proporcionarían felicidad duradera a los pueblos de Europa, estalló la Gran Guerra, una carnicería sin precedentes posible gracias a los últimos avances científicos y tecnológicos. La perplejidad ante un progreso desbocado y cataclísmico queda reflejada en una frase de Walter Benjamin citada por Broncano: “Fueron al colegio en carros y volvieron de la guerra en camiones”.

“Manchester”, un grabado que ilustra la ciudad inglesas en el siglo XIX, cuando se convirtió en una metrópolis llena de fábricas para el procesamiento del algodón. Autor: Edward Goodall

Como ha pasado antes, los cambios que posibilitan internet o las tecnologías móviles y los que puede traer la inteligencia artificial provocarán cierta nostalgia del pasado y miedo a un futuro apocalíptico. Ambas son tendencias casi instintivas para nosotros que no necesariamente tienen que ver con las perspectivas reales. Solo basta echar un vistazo a la ingente cantidad de películas que suceden en un futuro distópico y las escasas que ocurren en uno mejor que el actual. El pasado, en el que todos nos parecíamos más y cada uno conocía su lugar en el mundo, también tiene un tremendo atractivo, como muestra el auge mundial de los reaccionarios. La labor de los pensadores consistirá en identificar los miedos fundados y las nostalgias convenientes.

Construir tecnologías entreñables

“Cada cambio histórico crea un imaginario de una Edad de Oro”, plantea Broncano. “Los lazos comunitarios eran más fuertes y con los cambios se pierde densidad emocional y de vínculos y aumenta la soledad”, continúa. “Durante el helenismo, cuando tras Alejandro Magno el Mediterráneo se convierte en un espacio único, la filosofía de la época se vuelve nostálgica del pasado. Esa melancolía también la vemos en el humanismo después del descubrimiento de América”, afirma. “Pero la melancolía a veces te paraliza y otras te ayuda a salvar lo que debe ser salvado, y a eso nos deberíamos ocupar en las humanidades: a detectar qué es una cultura sostenible y a qué no podemos renunciar”, añade. “Debemos salvar el tejido social, no podemos seguir construyendo soledad y espacios en los que la gente se siente cada vez más desvinculada del resto y no podemos construir sociedades en las que la gente tenga menos capacidad para decidir su futuro”, concluye.

La perplejidad es un rasgo omnipresente en la historia de la humanidad, pero es posible orientarla hacia la curiosidad y alejarla de la alienación a la que puede conducir. Quintanilla apunta al síndrome de las cajas negras que rodea muchas tecnologías nuevas en la que “cualquier sistema técnico está compuesto de subsistemas opacos a los demás y en el que solo se conoce el flujo de entradas y salidas”. Algo así sucede en los talleres mecánicos, que se han convertido en gestores de cajas negras. Los usuarios ya no entienden la estructura de la tecnología y, por supuesto, no pueden manipular su coche para tratar de repararlo como hace no tantos años. “Eso produce una sensación de enajenación, algo parecido a lo que pasaba con las pirámides, porque los ingenieros ocultaban su funcionamiento para mantener su poder”, añade. “Debemos construir un modelo alternativo de desarrollo tecnológico: tecnologías entrañables en lugar de alienantes, cajas traslúcidas, tecnologías reversibles y ambientalmente sostenibles”.

Ventana al Conocimiento

 

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