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22 enero 2018

La importancia de educar en el manejo de las emociones

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La inteligencia emocional implica la habilidad para percibir y valorar con exactitud la emoción; la habilidad para acceder y/o generar sentimientos cuando éstos facilitan el pensamiento; la habilidad para comprender la emoción y el conocimiento emocional, y la habilidad para regular las emociones que promueven el crecimiento emocional e intelectual.

La educación emocional ya se encontraba presente en los filósofos y pensadores de la antigüedad aunque, como apunta José Antonio Marina (2005), en la mayor parte de los casos estaba enmarcada en el ámbito de la ética. Los primeros “educadores de los sentimientos” fueron Sócrates, Platón, Aristóteles, Epicuro, Epicteto y Séneca (con su obra Consolación a Marcia, un tratado acerca del duelo y cómo afrontarlo). Y, más adelante, Descartes (con su Tratado de las pasiones), Spinoza y Rousseau, este último considerado “el gran educador emocional” de Europa. Así, teniendo en cuenta toda esta tradición, se considera que la educación emocional constituye un saber instrumental que debe encuadrarse en un marco ético que le indique los fines, y que ha de prolongarse en una educación de las virtudes que permita la realización de los valores fundamentales.

Resulta necesario aprender a navegar en el océano de incertidumbres creando archipiélagos de certeza, y la responsabilidad educativa en este proceso es innegable y muy relevante. Photo by Ashton Bingham on Unsplash

De este modo cobran relevancia las recomendaciones internacionales sobre el diseño, la aplicación y la evaluación de programas de educación emocional, debido a que desarrollar la inteligencia emocional desde los primeros años de nuestra vida es esencial para poder tomar conciencia de las propias emociones y comprender también los sentimientos de los demás. Es importante que el profesorado sea capaz de lograr que el alumnado gestione y reconozca las emociones y que desarrolle el interés por los demás, de manera que se consiga integrar el entrenamiento en habilidades sociales y emocionales como un objetivo educativo más. Además, tal y como se recoge en el Informe FAROS (2012), tanto los informes internacionales como las investigaciones han evidenciado la eficacia de los programas de educación emocional. Si se ponen en práctica las recomendaciones se logrará que los niños y niñas se conviertan en individuos social y emocionalmente competentes, con autoconciencia y con actitudes positivas no sólo hacia sí mismos, sino también hacia los demás. Serán capaces de:

  • Manejar sus emociones.
  • Conocer sus puntos fuertes y débiles y trabajar para mejorarlos.
  • Alcanzar metas y resolver problemas de forma responsable y efectiva.
  • Respetar a los otros, empatizar y apreciar la diversidad.

Se puede afirmar entonces que existen beneficios derivados de la aplicación de programas educativos en los cuales las emociones constituyan un pilar fundamental. Pero sólo se disfrutará de esos beneficios si la sociedad y las instituciones comprenden que resulta esencial que ya en las primeras etapas educativas se atienda a ese ámbito, y que no nos olvidemos de seguir avanzando en el conocimiento y gestión de nuestras emociones durante el resto de la vida.

Competencias relacionadas con el pensamiento y el comportamiento creativos, que promueven a su vez el conocimiento y la aceptación de aquello que sentimos y experimentamos. Imagen: Ana González Menéndez

Vivimos en sociedades complejas, llenas de cambios que adquieren de forma inmediata un carácter global. Tal complejidad y la posible incertidumbre que provoca, exigen que se eduquen ciudadanos preparados para afrontar nuevos retos. Como afirma Edgar Morin (1999) hay que enseñar a hacer frente a los riesgos, a lo inesperado, a lo incierto. Resulta entonces necesario aprender a navegar en ese océano de incertidumbres creando archipiélagos de certeza, y la responsabilidad educativa en este proceso es innegable y muy relevante. Hay que fomentar mentalidades abiertas, flexibilidad de pensamiento, tolerancia ante los cambios y la capacidad de aceptar las novedades, pero sin olvidar la importancia de desarrollar la capacidad de contribuir a la innovación y al proceso de cambio. Se trata de educar para que los ciudadanos lleguen a ser creativos y sepan gestionar sus emociones y sentimientos, y para ello resulta esencial proponer y desarrollar actividades enfocadas a ello ya desde las primeras etapas educativas, pero sin olvidar su consolidación en otros niveles superiores, para lo cual podría ser adecuado un enfoque proactivo. Es decir, incluir en las aulas actitudes favorables por parte de los docentes que ayuden a desarrollar competencias relacionadas con el pensamiento y el comportamiento creativos, que promueven a su vez el conocimiento y la aceptación de aquello que sentimos y experimentamos.

Podría así afirmarse, a modo de conclusión, siguiendo la estela de RootBernstein (2002), que uno de los retos que afrontan la educación y la vida moderna consiste en “la reconciliación de la poesía con la física, del arte con la química, de la música con la biología, de la danza con la sociología y de cualquier otra posible combinación entre conocimiento estético y analítico para, de este modo, ayudar a la gente a sentir lo que quiere saber y a saber lo que quiere sentir”. Y así podremos avanzar en el conocimiento y en la gestión de nuestras emociones a lo largo de la vida.

Ana González Menéndez

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