La guerra del teléfono: ¿fue un invento de Graham Bell?

“Señor Watson, venga aquí. Quiero verle”. El conocimiento popular asume que estas fueron las primeras palabras transmitidas y escuchadas por un teléfono, el 10 de marzo de 1876. Quien las pronunció fue Alexander Graham Bell, el estadounidense nacido en Edimburgo (Reino Unido) que suele citarse como inventor del aparato telefónico. Y quien escuchó claramente su mensaje en la habitación contigua fue su ayudante, Thomas Watson.

Sin embargo, resumir de esta manera el episodio de la invención del teléfono sería olvidar la historia. Suele decirse que la ciencia avanza a hombros de gigantes: los grandes descubrimientos e invenciones raramente se producen por logros aislados de una sola mente genial, sino que se construyen sobre múltiples progresos previos. En el caso del teléfono, fueron varios los pioneros que lograron avances hacia el objetivo de las transmisiones simultáneas de sonidos y voces. El término “teléfono” se debe al alemán Johann Philipp Reis, cuya primera frase en un aparato que nunca llegó a perfeccionar fue bastante más extravagante que la de Bell: “Das Pferd frisst keinen Gurkensalat”, o “El caballo no come ensalada de pepino”. Esta, y no la de Bell, debe recibir el crédito como la primera transmisión telefónica de voz de la historia, según precisa a OpenMind el conservador emérito de Colecciones de Electricidad del Museo Nacional de Historia de EEUU de la Smithsonian Institution, Bernard Finn. “Parece claro que Philipp Reis transmitió voz por su aparato varios años antes que Bell”, apunta Finn, que es autor de varios libros sobre la historia de las tecnologías eléctricas.

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Transmisor líquido y receptor usado por Bell (réplica del intento de 1876) / Spark Museum

Tan ajustada fue la competición que, el mismo día en que Bell presentaba su solicitud de patente en la oficina de Washington, el 14 de febrero de 1876, otra persona hacía lo mismo; se trataba del ingeniero Elisha Gray, que en su advertencia de patente –una especie de reserva provisional por un año– incluía un transmisor líquido de resistencia variable, un avance de cara a un teléfono funcional. Aquel día comenzó una batalla legal, técnica e histórica que ha mantenido a los académicos ocupados durante casi siglo y medio, y que ha tratado de responder a varias preguntas: ¿Qué patente llegó primero a la oficina? ¿Cuál de las dos invenciones fue anterior? Y sobre todo, ¿plagió Bell el transmisor de Gray tras tener acceso a la advertencia de patente de su rival? ¿Fue esa la clave para que Bell pudiera transmitir sus primeras palabras por teléfono el 10 de marzo de 1876?

La hipótesis del plagio ha sido defendida por autores como A. Edward Evenson, que en su libro The Telephone Patent Conspiracy of 1876 (2000) llegaba a la conclusión de que fueron los abogados de Bell, y no el inventor, quienes copiaron el diseño de Gray en la versión de la patente que finalmente fue depositada por el escocés. En The Telephone Gambit (2008), Seth Shulman documentó ampliamente el plagio, que fue posible gracias al soborno de un examinador de patentes llamado Zenas Wilber. En el bando opuesto, los partidarios de Bell argumentan que su trabajo se basaba en sus propios logros previos y que el transmisor de Gray no era funcional. Sea como fuere, el 7 de marzo de 1876 Bell recibió la concesión de la patente.

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Parecidos entre la advertencia de patente de Gray (14 de febrero) y la libreta de laboratorio de Bell (8 de marzo) / Crédito: Spark Museum

Para Finn, sin embargo, el plagio de Bell “puede decir algo de su carácter (o del de sus abogados), pero no tiene nada que ver con la invención”. Aunque el escocés se inspirara en el transmisor líquido de Gray, esta reivindicación de su patente no fue aceptada, y de hecho Bell cambió su sistema posteriormente. “Tuvo problemas con el dispositivo (debido, pienso según mis propios experimentos, a la descomposición del agua), y regresó al transmisor de inducción”. Por ello Finn opina que el plagio no fue crucial para el trabajo de Bell, sino “más bien una distracción”, y resuelve la polémica con un juicio salomónico: “Bell vio más claramente que Gray las posibilidades comerciales, solicitó la patente y continuó trabajando en su invención, que se introdujo al año siguiente”. “El hecho de que Gray depositara una advertencia sugiere que no estaba seguro del alcance de lo que hacía; no tuvo esa visión de futuro y dejó escapar el tiempo crítico”, juzga Finn, que hace unos años publicó una revisión sobre la controversia de Bell y Gray en la revista Technology and Culture.

La historia tampoco acaba aquí. La patente de Bell ha sido llevada cientos de veces a los tribunales. En junio de 2002, a instancias de un grupo de presión liderado por el congresista italoamericano Vito Fossella, la Cámara de Representantes de EEUU aprobó la Resolución 269 por la cual se reconoce el trabajo de Antonio Meucci, un inventor nacido en Florencia y emigrado a Nueva York, que en 1871 presentó una advertencia de patente sobre un aparato llamado telettrofono. Meucci no pudo renovar la reserva por su situación de penuria económica. “Si Meucci hubiera podido pagar los 10 dólares para mantener la advertencia después de 1874, no se habría concedido la patente a Bell”, afirmaba la Resolución. Por todo ello, Finn cree que la guerra del teléfono no ha acabado: “Aunque ya sabemos bastante bien cómo ocurrió todo, no cabe duda de que el debate seguirá para siempre”.

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Javier Yanes para Ventana al Conocimiento

@yanes68