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23 marzo 2018

La 4º Revolución: inteligencia delegada y sus sombras

Big Data | Cyborg | Digitalización | Globalización | Inteligencia artificial | Machine learning | Mundo digital | Tecnología
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­­­Son muy significativas las declaraciones y principales argumentos de los defensores e ideólogos de la Cuarta Revolución Científica e Industrial, liderados por Klaus Schwab, uno de los fundadores del Foro de Davos e impulsor de los debates que el mismo Foro ha dedicado a esta cuestión. La Cuarta Revolución Industrial se presenta como un cambio radical que afectará no sólo a lo que hacemos y a cómo lo hacemos, sino a lo que somos en todas sus dimensiones: biológica, técnica, epistemológica, material, simbólica…  Escuchando las declaraciones de Klaus Schwab en los vídeos asociados a las presentaciones de Davos al respecto, sorprende una declaración a la que merece la pena dedicar la atención: “Hay que prepararse para esta revolución que ya está teniendo lugar”. ¿Qué significa prepararse para una revolución? ¿Si tenemos que prepararnos para ella, implica esto que no la estamos haciendo nosotros? Y si no la estamos haciendo ¿en manos de qué o de quién está? Estas preguntas, aparentemente inocentes nos sitúan ante un cambio muy profundo del sentido de la acción histórica y del concepto de sujeto: del sujeto, como autor de la historia y de sus revoluciones, al sujeto como aquél que responde y se adapta a los cambios históricos, para sobrevivir a ellos e, incluso, sacarles partido.

Una de las imágenes más recurrentes de estos debates es la de una ola o tsunami. Se acerca y lo hace a gran velocidad, dicen. Ante un tsunami, ante la irreversibilidad de su fuerza, parece que sólo hay dos respuestas: o la parálisis en el miedo, que acabará en ahogo o la rapidez con la que sólo es posible salvarse. La Cuarta Revolución Industrial, amparándose repetidamente en la imagen del tsunami, parece situarnos, por tanto, en la disyuntiva de una condena (ahogarse) o la supervivencia (subirse a la ola o escapar a tiempo).

Refugiados digitales

La pregunta es: esta disyuntiva se ofrece, como un todo, al conjunto de la humanidad, o es la que se nos presenta de manera más particular a individuos y colectividades. Si seguimos el hilo de sus desarrollos, más bien parece lo segundo: la Cuarta Revolución Industrial parece ser ese cambio irreversible al que sólo unos cuantos estarán a tiempo de adaptarse. Los países que tengan los recursos para prepararse para ello y los individuos más flexibles y adaptables a este cambio profundo. ¿Qué se supone que pasará con todos aquellos que no logren prepararse a tiempo? Uno de los líderes de este cambio afirmaba en Davos 2016: pronto veremos grandes masas de refugiados digitales.

El fin del antropocentrismo

Desde esta situación, en la que un gran cambio de paradigma se nos presenta bajo la figura de la amenaza para muchos y la promesa para unos cuantos escogidos, ¿a qué está apelando esta transformación radical de lo que somos y hacia dónde apunta? Más allá del imaginario futurista que despierta el “robot” como personaje, de lo que se trata es de ponernos en relación con un nuevo concepto de inteligencia que ya no es o humana (reflexiva) o computacional (operativa), sino que se entiende como un continuo que va desde el mundo biológico hasta la nube digital y en cuyo marco lo humano, o lo que nosotros reconocemos como humano sería solamente un momento. Fin del antropocentrismo, por tanto, y delegación de la inteligencia en instancias superiores de elaboración de la información y de decisión a partir de ella.

La Cuarta Revolución Industrial no sólo añade potencias de trabajo al ser humano. Como anunciaba Schwab, afecta directamente a la noción que tenemos de nosotros mismos, como una instancia intermedia y subordinada entre diferentes umbrales de una inteligencia que nos atraviesa pero que nos obliga a mirar más allá de nosotros mismos. Pero, ¿miramos más allá para hacernos mejores y tomamos en nuestras manos la responsabilidad de hacerlos? ¿O mirar más allá para encontrar los argumentos de nuestra salvación en un ser que nos trascienda, antes divino, ahora artificial, y nos permita descargarnos de la responsabilidad de tener que hacerlo nosotros mismos?

Marina Garcés

Universidad de Zaragoza

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