Joseph Thomson, el último gran explorador de África

¿El doctor Livingstone, supongo? Es una frase inmensamente popular que ha quedado ligada a la exploración africana, tanto como sus protagonistas, Henry Morton Stanley, quien la pronunció, y David Livingstone, el aludido. Pero después de ellos, otro personaje abrió al conocimiento occidental el último rincón del continente negro que aún se pintaba en los mapas como Terra Incognita, cerrando la época de las grandes exploraciones africanas: el escocés Joseph Thomson (14 de febrero de 1858 – 2 de agosto de 1895).

A lo largo del siglo XIX, el África subsahariana fue dejando de ser un misterio geográfico. Las costas, más accesibles, acumulaban ya cientos de años de exploración, y el corazón del continente había quedado abierto gracias a las expediciones de personajes como Livingstone o Stanley. Aún sin tratados formales de reparto, las potencias europeas definían unilateralmente sus territorios de dominación.

Muy lejos de allí, Thomson nacía en la pequeña localidad de Penpont para seguir los pasos de su padre como aprendiz de cantero. Pero desde pequeño, sus sueños apuntaban mucho más lejos. “Cuando era un niño, siempre estuvo interesado en la naturaleza, y a veces dormía fuera para endurecerse para cuando se convirtiera en un explorador”, explica a OpenMind Sophia Harkness, la presidenta del Joseph Thomson Group en el Joseph Thomson Local Heritage Centre de Penpont.

Los sueños de Thomson eran mucho más que simples fantasías. Cuando a los 13 años supo que Livingstone llevaba tiempo en paradero desconocido, “suplicó a su madre que le permitiera ir para ayudar a encontrarle”, dice Harkness. Ya en la Universidad de Edimburgo, estudió geología, mineralogía e historia natural. En 1878, con 20 años y con su título en el bolsillo, regresó a casa sin saber qué hacer. Por entonces, la Royal Geographical Society (RGS) preparaba una expedición desde la costa de la actual Tanzania hasta los lagos Nyasa (Malawi) y Tanganica bajo el mando de Alexander Keith Johnston. “Vio un anuncio en el periódico local que le indujo a solicitar el puesto de geólogo y naturalista de la expedición, con paga o sin ella”, apunta Harkness.

Thomson tuvo ocasión de curtirse en aquel viaje más de lo que había sospechado: Johnston murió de malaria durante la travesía, y el mando recayó sobre el joven escocés para dirigir la expedición entre los lagos y de vuelta a la costa, lo que hizo con éxito. A su regreso publicó su primera crónica, To the Central African Lakes and Back (1881).

oseph Thomson abrió al conocimiento occidental el último rincón de África que aún se pintaba en los mapas como Terra Incognita. Fuente: “Joseph Thomson: African explorer” (1896)

Joseph Thomson abrió al conocimiento occidental el último rincón de África que aún se pintaba en los mapas como Terra Incognita. Fuente: “Joseph Thomson: African explorer” (1896)

Su gran viaje

Con esta primera experiencia y una segunda incursión encargada por el sultán de Zanzíbar, Thomson ya estaba preparado para acometer el que sería su gran viaje. Unos años antes, Stanley había abierto una ruta por el sur hasta la fértil Uganda, que describió como “la perla de África”. El imperio británico tenía interés comercial en construir un ferrocarril hasta aquel país, pero la ruta más corta, desde la costa de la actual Kenya, aún era una mancha inexplorada en el mapa. En el camino se interponían dos grandes obstáculos: el impenetrable desierto de espinos de Taru y, sobre todo, los masáis; una tribu legendaria de feroces guerreros cuyo solo nombre inspiraba pavor.

En 1882, la RGS decidió comisionar una expedición a través del país masái, donde hasta entonces sólo dos misioneros alemanes se habían atrevido a internarse. Donde el veterano Stanley pedía todo un ejército, la propuesta del joven Thomson resultó mucho más adecuada al presupuesto: sin apenas condiciones, con unas pocas armas y un pequeño grupo de hombres, el 15 de marzo de 1883 el escocés partía de Mombasa como el primer explorador dispuesto a pisar el país masái; o eso creía él, hasta que supo que otra partida alemana liderada por el naturalista Gustav Fischer ya había emprendido el mismo camino.

Fischer sólo llegó hasta el lago Naivasha, cercano a la actual Nairobi. Por el contrario, el 10 de diciembre Thomson culminaba su viaje en el destino previsto, la orilla del lago Victoria, donde se cuenta que el escocés vistió el kilt de su clan y bailó una danza tradicional de su país.

Thomson culminó su viaje a través del país masai en la orilla del lago Victoria. Crédito: Tom Patterson, US National Park Service

Thomson culminó su viaje a través del país masai en la orilla del lago Victoria. Crédito: Tom Patterson, US National Park Service

Con sólo 25 años, Thomson triunfó gracias a un enfoque de la exploración que queda resumido en su lema: “quien va con suavidad, va con seguridad; quien va seguro, va lejos”. Según Harkness, “respetaba el país que cruzaba y a la gente que se encontraba; tenía un gran sentido del humor y la obstinación escocesa”. Thomson se presentaba ante los masáis como un poderoso mago, tomando fotografías, quitándose sus dientes postizos y disolviendo sales Eno para sorprenderlos con el agua efervescente. “Su acercamiento sensato y pacífico fue la clave de su éxito”, afirma Harkness.

Durante su viaje, Thomson descubrió y bautizó varios accidentes geográficos de Kenia, como la cordillera de Aberdare, que nombró en honor del entonces presidente de la RGS, o las cataratas Thomson, que dedicó a su padre. Su nombre hoy perdura en la gacela de Thomson, uno de los habitantes más reconocibles de la sabana africana.

La gacela de Thomson es uno de los habitantes más reconocibles de la sabana africana. Crédito: Paul Mannix

La gacela de Thomson es uno de los habitantes más reconocibles de la sabana africana. Crédito: Paul Mannix

A través de la tierra masai

Ni la cornada de un búfalo, ni la malaria, ni la disentería le impidieron regresar triunfante a Mombasa y narrar su viaje en su obra más famosa, Through Masai Land (1885), que alcanzó un gran éxito popular. Tanto que sólo unos meses después, otro escritor y viajero llamado Henry Rider Haggard publicaba una novela titulada Las minas del rey Salomón, en la que un personaje se quitaba los dientes para asustar a los nativos. A Thomson no le agradó nada este préstamo no autorizado de sus propias aventuras.

En los años posteriores, Thomson nunca quiso retirarse a los despachos a disfrutar de su fama. “Le encargaron establecer tratados con países africanos, pero no le gustaba esta parte del trabajo, quería explorar y descubrir más”, dice a OpenMind Maureen Halkett, tesorera del Joseph Thomson Group. Y aunque África ya pasaba por entonces  de la época romántica de la exploración a la comercial del reparto, Thomson continuó viajando, hasta que a sus 37 años las numerosas enfermedades contraídas durante sus aventuras acabaron por doblegarle.

“En general, no se le recuerda tanto como pensamos que se debería”, se lamenta Halkett. Pero hoy Thomson está recibiendo el reconocimiento no sólo de sus paisanos, sino también de los descendientes de aquellos a quienes conoció durante su gran viaje. En 2016 se lanzó el Joseph Thomson Maasai Trust con el apoyo de Ezekiel Katato, anciano masái de una de las comunidades que el explorador visitó. En junio de 2018, Katato dirigirá una marcha a pie, abierta al público, por algunos de los parajes que el último gran explorador de África dio a conocer al mundo.

Javier Yanes

@yanes68