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13 junio 2019

De la IA a las finanzas o la genética: la revolución de los datos

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Los datos son, sin duda, los cimientos del mundo que conoceremos mañana. El big data, entendido como un conjunto de información de la cual se puede extraer conocimiento, permitirá al ser humano saber muchas más cosas sobre sí mismo y sobre el mundo que le rodea desde una perspectiva diferente e ilimitada:la de la ingeniería de datos. En este contexto, no es tan complicado entender qué tienen en común la banca, la edición genética o la inteligencia artificial: los datos son su materia prima.

Procesar ingentes cantidades de datos y convertirlos en conocimiento permitirá desarrollar servicios financieros personalizados, una medicina de precisión y máquinas que aprendan de forma autónoma. El reto también es común en los tres escenarios: la necesidad de adaptar la regulación, la ética y la política con la que organizamos nuestra sociedad a este nuevo ecosistema alrededor del “gobierno de los datos”.

Nuevas dicotomías: seguridad, privacidad y personalización

En el marco de esta reflexión sobre el rumbo que están marcando los avances científicos y tecnológicos en la última década, Carlos Torres Vila (Presidente de BBVA), Ramón López de Mántaras ( profesor investigador del CSIC y director del Instituto de Investigación de Inteligencia Artificial -IIIA-) y Samuel Sternberg (profesor asociado del Departamento de Bioquímica y Biofísica Molecular de la Universidad de Columbia) participaron en un coloquio sobre la cuestión de fondo del último libro de la colección OpenMind: ¿necesitamos una nueva Ilustración para reescribir el marco legal y de valores en el que vamos a vivir a partir de ahora?

Carlos Torres destacó el papel de la inteligencia artificial en la transformación del mercado, y el potencial riesgo de monopolio al que podría conducir el desarrollo de estas tecnologías, teniendo en cuenta que “la inteligencia artificial tiene economías de escala, ya que las mejores predicciones conducen a más clientes (y datos) que a su vez suponen incluso mejores predicciones.” Sin embargo, también depende de la calidad de esos datos y de su “refinamiento” la calidad de los propios productos finales que seamos capaces de desarrollar, pues para el Presidente de BBVA “es obvio que las mejores predicciones serán aquellas que tengan una visión más completa de nosotros, lo cual pone nuestra privacidad en riesgo”. Una perspectiva que comparte con el Doctor López de Mántaras, por lo que no hay que perder de vista el hecho de  que “las jurisdicciones más proteccionistas beneficiarán a sus ciudadanos desde la perspectiva de la privacidad, pero podrían generar barreras de entrada para la innovación comparado con otros más permisivas”, según Torres. El primer debate, por tanto, es la dicotomía entre privacidad y personalización.

¿Estamos dispuestos a renunciar a nuestra privacidad en favor de productos y servicios a medida?

En el campo de la genética y la biotecnología, esta pregunta tiene consecuencias directas sobre nuestra salud y la propia supervivencia de la especia humana. La tecnología de edición genética CRISPR en la que Stemberg es uno de los mayores expertos a nivel mundial, promete revolucionar la medicina y la biología mediante unas “tijeras” que faciliten la edición genética para paliar, desde el origen, enfermedades y patologías. En este caso, la personalización de los tratamientos abre además un nuevo debate como servicio: debe ser accesible a todos para evitar que este potencial de mejora genética de lugar a una sociedad marcada por la desigualdad.

Como conclusión, además, es imprescindible que para poder desarrollar el potencial al completo de la ingeniería de datos en estos tres entornos se desarrolle “un marco integral de ciberseguridad que garantice la confianza y el correcto funcionamiento de la economía de datos y su uso en las diferentes ciencias”, en palabras del propio Carlos Torres.

 Mito y realidad de la inteligencia artificial actual

El objetivo último de la IA, lograr que una máquina tenga una inteligencia de tipo general similar a la humana, es uno de los objetivos más ambiciosos que se ha planteado la ciencia. La IA está muy lejos de esto, “todavía en pañales”, en palabras de Ramón López de Mántaras. Para entender esta afirmación, es imprescindible conocer la diferencia entre los conceptos de IA fuerte y débil. La IA fuerte implicaría que un ordenador convenientemente diseñado no simule el funcionamiento de una mente, sino que “sea una mente” y por consiguiente, debería ser capaz de tener una inteligencia igual o incluso superior a la humana.  

En este punto, López de Mántaras aclara que a día de hoy “absolutamente todos los avances logrados hasta ahora en el campo de la IA son manifestaciones de IA débil y específica” (en tanto en cuanto funciona en una campo concreto y no es un mecanismo general). Los éxitos alcanzados hasta ahora en inteligencias artificiales especializadas o específicas sí son muy impresionantes, especialmente gracias al big data y la computación de altas precisiones. Sin embargo, la IA generalizada sigue siendo un reto pendiente ya que “el sentido común” en términos tecnológicos está muy lejos de parecerse al humano en cuanto a generalidad y profundidad.

Por muy inteligentes que lleguen a ser las futuras inteligencias artificiales nunca serán iguales a las inteligencias humanas.

El desarrollo mental que requiere toda inteligencia compleja depende de las interacciones con el entorno y estas interacciones dependen a su vez del cuerpo. Ello, junto al hecho de que las máquinas no seguirán procesos de socialización y culturización como los nuestros, incide todavía más en que, por muy sofisticadas que lleguen a ser, serán inteligencias distintas a las nuestras y ajenas a los valores y necesidades humanas, lo que nos debería hacer reflexionar sobre posibles limitaciones éticas al desarrollo de la IA.

CRISPR-Cas: ¿una tecnología para salvar el mundo?

Desde que en 2001 se consiguiera secuenciar el genoma, se han invertido muchos esfuerzos en desarrollar sistemas capaces de editar genes específicos a través de pequeñas modificaciones muy precisas en células humanas. A pesar de los avances espectaculares, Sternberg mantiene que debemos ser pacientes porque aunque a día de hoy podemos hacer edición en células para cambiar genoma, trasladar eso a terapias completas en pacientes vivos capaces de cambiar nuestro sistema inmunológico todavía puede llevar algunos años.

De momento, esta tecnología descubierta en 2012 ha tenido la capacidad de hacerse viral por su facilidad a la hora de manipularse y por su relativo bajo coste económico. Pero esta viralización ha traído consecuencias peligrosas. A finales de 2018, un investigador chino aseguró haber modificado genéticamente dos embriones mediante CRISPR y haber llevado a término su gestación, produciendo los dos primeros bebés modificados genéticamente de la historia. Por casos como este, Sternberg defiende la creación de un marco regulatorio necesario fruto de “un debate internacional donde las administraciones y reguladores lleguen a conclusiones de forma consensuada en lugar de llegar a un escenario en el que cada país tenga una legislación”.  

Además, el investigador pone el acento en la obligación de hacer llegar las posibilidades de CRISPR a todos los rincones del planeta. “Debemos asegurarnos de que sea accesible no solo a aquellos que tienen acceso a la tecnología sino que mejore la salud de la sociedad en general”. Curar el cáncer, controlar poblaciones de mosquitos que transmiten enfermedades como la malaria o el zika, erradicar enfermedades genéticas como el VIH, mejorar la gestión de cultivos y productos agrícolas… son solo algunas de las promesas que se esperan que el sistema CRISPR pueda ofrecer, pero todavía queda mucho camino por recorrer, primero en los laboratorios de todo el mundo, pero también en los centros de regulación políticos y legislativos.  

Redacción OpenMind

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