Estética e innovación: de Nietzche hasta Freeman, pasando por Schumpeter

La velocidad del cambio tecnológico (Elster, 1983) nos lleva por derroteros increíbles, a veces más fugaces que lo que quisiéramos, donde la flexibilidad para adaptarse a los cambios y la reinvención es casi una obligación. Este desarrollo tecnológico se encuentra con contradicciones constantes como solucionar —a estas alturas— los problemas ambientales que han generado el motor de combustión o la síntesis del polímero. Seguimos innovando pero a veces solo para corregir los errores de innovaciones anteriores.

“Tiene más autonomía un libro que una tableta”, sugería un divertimento en Youtube, porque el primero aguanta más tiempo sin batería. Lo cual quizás recuerda en forma de paráfrasis aquella vieja teoría socrática: pienso con inseguridad, porque es el tipo de pensamiento más seguro. La costumbre de retroceder para luego avanzar es un consejo que nos llega desde la legendaria Escuela de Atenas. Aristóteles sabía que debía describir científicamente el mundo, pero prefirió replegarse varias veces antes de emprender semejante tarea. Uno de estas famosas retiradas se da en su Organon donde establece un manual del buen pensamiento. Convendría —tal vez— una estrategia similar en medio de la efervescencia inventiva que nos envuelve.

La fiebre innovadora proviene del cauce de las ciencias económicas, sus fuentes se encuentran en Joseph Schumpeter y su teoría de las innovaciones (1939), que a su vez podría tener relaciones con la clásica tensión hegeliana entre opuestos que solucionan un conflicto. De aquellos que han continuado esta tradición está —entre otros— Christopher Freeman (1992) y sus aportes a la teoría schumpeteriana, cuyos ecos llegan hasta la Kennedy School de la Universidad de Harvard.

La idea misma se encuentra en las raíces de la historia. Aunque no todos los científicos han sido innovadores, en sus descubrimientos se han apoyado algunos inventores cuya formación teórica no era tan clara. Watt mejoró la máquina de vapor desde una perspectiva más técnica que científica. Steve Jobs se apoyó en los desarrollos de la microarquitectura de procesadores con una mentalidad práctica y curiosamente estética. Así que las transferencias entre técnica y ciencia son un clásico en la narrativa de la invención.

En los orígenes del pensamiento científico los griegos hablaban de descubrir, y sus modernos sucesores de lo experimental. Para esta tradición, el conocimiento técnico era inferior al teórico. Pero la innovación es un proceso complejo como el mismo Schumpeter supuso. Algo así como la punta de un iceberg que se funda en relaciones transversales entre ciencia, técnica e incluso el azar. Descubrir su estructura es una tarea compleja por no decir titánica. Solo a finales del siglo XIX algunos filósofos intentaron descubrir la alquimia estructural de los desarrollos científicos. Allí están los filósofos neopositivistas del Círculo de Viena que hablaban de una linealidad del progreso, afirmación desestimada pronto por Karl R. Popper. El análisis posterior estuvo a cargo de autores como R.H. Hanson, Paul Feyerabend, Stephen Toulmin o el famoso Thomas Kuhn. Hay un asunto, quizás dejado de lado en todo ello, el de la intuición, que curiosamente recogerán mejor los economistas que los filósofos de la ciencia.

La innovación y la búsqueda de la belleza

El mismo Freeman en un artículo de 1998 reconoce algunas manifestaciones de las ideas de Nietzche en Schumpeter citando a autores como Andersen o Svedberg y sus trabajos en la última década del siglo pasado. La asunción de riesgos por parte de los emprendedores que admiraba Schumpeter sugería la idea nietzchiana del superhombre, pero las raíces y conexiones pueden ser más reveladoras todavía. Al inicio de su vida la gran influencia del joven Nietzche fue la música, y especialmente Wagner. Detrás de su ruptura con la tradición moral y la búsqueda de las fronteras de lo humano también hay conexiones con la creación destructiva defendida por Schumpeter. Este caminar en las cornisas éticas con el contrapunto estético, ha sido una de las genialidades del pensamiento del filósofo sajón cuyos títulos son ya una declaración de intenciones reflexivas sobre las fuerzas que azotan la humanidad. Por lo tanto, si hablamos de innovación, entonces, habría que mencionar la búsqueda de la belleza (y no solo por Nietzche), sino porque en la historia del arte los ciclos de superación de la tradición desatan reflexiones sobre la necesidad del ser humano de indagar en nuevos caminos de expresión. Es curioso, sin embargo, que el schupeterianismo realizara una historia del desarrollo científico y la transferencia entre tecnología y ciencia, pero olvidándose de los vínculos con la intuición estética.

Los centros I+D deberían anotar este elemento, quizás imitando épocas muy creativas de la historia tales como el Renacimiento o la Revolución Industrial. No hay una estrategia sobre asuntos de identidad estética aun cuando ella determina —en muchos casos— los productos actuales. Yo recomendaría tan solo la educación en y sobre historia del arte que luego aportará al proceso innovador. Esto lo supo bien Jobs, que asistió a un curso de caligrafía en Stanford. A pesar de ello, hoy muchas universidades desgajan sus enseñanzas y vuelven compartimentos estancos lo que deberían ser piscinas comunicantes. Se dice que en el frontispicio de la Academia de Platón se leía: «no entrará aquí nadie que no sepa geometría». De seguro era una llamada al conocimiento riguroso de las proporciones, pero también al buen gusto.

Ángel Pérez Martínez

Investigador de la Universidad del Pacífico, Lima