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05 diciembre 2017

¿Es el cerebro un computador?

Antropología | Cerebro | Cuerpo humano | Machine learning
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Psicología ecológica como alternativa

Resulta cada vez más evidente para la comunidad científica que la respuesta a problemas complejos no puede encontrarse en soluciones simplistas. Aunque todos valoramos las soluciones simples, la historia de la ciencia nos muestra que un excesivo fervor reduccionista (muy útil para explicar el movimiento de “caballos esféricos de masa despreciable” y “piedras en caída libre”) puede hacernos perder de vista aquello que precisamente queríamos comprender. Y, en efecto, el comportamiento adaptativo de los seres vivos es un ejemplo paradigmático de esta situación.

Tradicionalmente, el estudio científico del comportamiento se ha basado en la “reducción” de los organismos a máquinas. Ésta es una respuesta simple a un problema complejo, y tiene consecuencias dramáticas en nuestra comprensión de lo psicológico y lo biológico. Por esto merece la pena reflexionar sobre el concepto de máquina. Las máquinas son dispositivos artificiales, esto es, construidos por un diseñador para llevar a cabo una serie de funciones predefinidas en una serie de contextos preseleccionados. Algo común a las maquinas diseñadas (al menos las diseñadas por humanos hasta hoy) es que se basan en la composición de elementos simples con funciones claramente definidas e independientes del contexto (un engranaje realiza el mismo acoplamiento mecánico independientemente de los otros engranajes que lo rodeen, aunque la función que desempeñe el sistema mecánico global depende de cómo se combinen esas funciones elementales). Estos principios de diseño simplificadores hacen posible la tarea de construir los complejos dispositivos artificiales a los que estamos acostumbrados.

El diseño de las máquinas se basa en la composición de elementos simples con funciones claramente definidas e independientes del contexto / Imagen: PIXNIO

El computador es la máquina por excelencia, ya que supone la abstracción última de las máquinas físicas. Esta abstracción del funcionamiento de una máquina es lo que denominamos algoritmo, y consiste en la secuencia de transformaciones que el computador debe realizar en los datos de entrada para generar los datos de salida prescritos por el diseñador. De esta forma, un computador es una máquina capaz de emular el funcionamiento de cualquier máquina concebible por medio de la implementación de un algoritmo que reemplace las funciones relevantes del diseño original. En este enfoque, el funcionamiento de la maquina es el mapeo entre las entradas y las salidas de información que ésta realiza, y el sustrato físico que constituya la máquina es irrelevante.

Los “peros” de la  metáfora del cerebro-computador

Las escuelas reduccionistas han asemejado la mente con un computador y la percepción y la acción con los sensores y efectores que conectan esa mente formal con el mundo físico cambiante. Tan exitosa resultó esta metáfora que hoy día parece algo natural para cualquiera el pensar así. Por ejemplo, la posibilidad tan frecuentemente discutida en el ciberpunk de “subir nuestras conciencias a la nube” encarna el dualismo entre una mente abstracta e inmaterial (y en la que reside nuestra identidad personal) y un cuerpo físico que no tiene ninguna relevancia. Otro ejemplo derivado de un enfoque reduccionista es la consideración del ojo como una cámara, y no como un órgano en constante desarrollo, estructural y funcionalmente plástico, dependiente del contexto e integrado en el sistema perceptivo de un organismo que explora activa e intencionalmente su entorno.

Equiparar un sistema vivo con una máquina asume que los seres vivos fueron construidos por un diseñador con las mismas limitaciones cognitivas y operacionales que tenemos los humanos.

Esta metáfora reduccionista de la máquina para explicar la relación entre comportamiento, corporalidad y psique tiene serias limitaciones. Equiparar un sistema vivo con una máquina asume que los seres vivos fueron construidos por un diseñador con las mismas limitaciones cognitivas y operacionales que tenemos los humanos. Sin embargo, sabemos fuera de toda duda que los sistemas biológicos se constituyen de manera opuesta, es decir, como sistemas abiertos a la interacción y fuertemente enmarañados a través de interacciones a todas las escalas de la organización (desde el nivel molecular al orgánico/sistémico). Igualmente, la metáfora de la máquina asume que el propósito del sistema artificial le es ajeno al propio sistema, pues ha sido definido a priori por el diseñador para cumplir con una serie de requisitos funcionales, lo que contradice la noción misma de agente como unidad autónoma de acción y percepción. La metáfora de la máquina no deja espacio para la intencionalidad, una de las propiedades básicas de todos los organismos.

Así pues, la metáfora de las maquinas nos permite soluciones sencillas pero también simplistas, que invisibilizan las propiedades más fundamentales de los organismos vivos.

¿Cómo dar cuenta científicamente de los organismos y de sus comportamientos con rigurosidad científica pero sin reducirlos a meros mapeos de entradas y salidas? Lo que define a un organismo en el enfoque que plantea la Psicología Ecológica (una vertiente minoritaria de la Psicología, fundamentada en los trabajos de Jerome Gibson y en su obra clásica “La percepción del mundo visual”, que en los últimos años ha sido recuperada) es la manera particular en que se entrelazan estructura y función para acoplarse adaptativamente al entorno.

Funcionalmente, el enfoque ecológico propone que la identidad de un organismo se constituye a través de su perspectiva intencional y activa del entorno, en otras palabras, sus maneras de interactuar explicadas en primera persona. Estructuralmente, un organismo se construye como un sistema físico complejo, constituido por procesos en múltiples escalas espacio-temporales en estrecha interacción. El enfoque ecológico no pretende reducir lo psicológico a las leyes físicas que gobiernan su materialidad, puesto que esto supondría eliminar la perspectiva intencional. Lo que pretende más bien es entender cómo la constitución material del organismo posibilita de maneras específicas el comportamiento intencional adaptativo. Ese es el reto de esta corriente que pretende acabar con la analogía de la “mente-ordenador” que tanto ha bloqueado el avance científico para lograr una teoría cognitiva unificadora.

Jorge Ibáñez

Universidad Autónoma de Madrid

Referencias

  • James Gibson (1950). La percepción del mundo visual. infinito. Buenos Aires, 1974.
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