El presidente de EEUU que fue un pionero de la ciencia

El 10 de marzo de 1797 un investigador hizo público un estudio que describía unos extraños huesos encontrados en Virginia Occidental (EEUU). Los atribuyó a un animal desconocido, al que bautizó como megalonyx (o “gran garra”) y comparó con un león, exceptuando que su tamaño debía de ser más de tres veces mayor. Y sugirió que tal vez podría hallarse en los territorios entonces aún inexplorados del oeste y el noroeste de Norteamérica.

Official Presidential portrait of Thomas Jefferson. Author: Rembrandt Peale

Retrato oficial de Thomas Jefferson como presidente de EEUU. Autor: Rembrandt Peale

Hoy sabemos que no hay leones de tres metros y medio de altura en Norteamérica. Aquel estudio no merecería una especial mención más allá del hallazgo de los huesos, si no fuera por el nombre de su autor: Thomas Jefferson (1743-1826), padre fundador de Estados Unidos, autor principal de la Declaración de Independencia y que dos años después de la publicación de aquel estudio se convertiría en el tercer presidente de la nación. Cuando leyó su trabajo en Filadelfia ante la American Philosophical Society (APS), llevaba unos días sirviendo como vicepresidente bajo el mandato de John Adams, además de ejercer como presidente de la propia APS.

No es habitual encontrar el nombre de un presidente firmando un artículo científico, pero tampoco Jefferson era un político al uso. Desde su época de estudiante siempre mostró un vivo interés por las ciencias. Durante su paso por el College of William & Mary en Williamsburg (Virginia), su profesor William Small le introdujo en la obra de personajes como Isaac Newton, John Locke y Francis Bacon, por los que el futuro presidente profesaría una gran admiración.

Un político que amaba la ciencia

“Aunque no era un científico practicante en el sentido moderno (es decir, que no se ganaba la vida con su investigación científica), Jefferson estaba apasionadamente interesado en la materia”, expone a OpenMind Robert McCracken Peck, conservador de arte y utensilios de la Academia de Ciencias Naturales de la Universidad Drexel en Filadelfia, que alberga la mayor parte de la colección de Jefferson.

Los especímenes reunidos por el tercer presidente no se limitan al megalonyx, sino que incluyen otras piezas como mandíbulas y dientes de mastodontes, un cráneo de bisonte prehistórico y un diente del tiburón gigante Megalodon. Jefferson mantuvo su colección en la Casa Blanca y en su residencia de Monticello, donándola a la APS que a su vez la cedió a la Academia. “Leyó y mantuvo correspondencia sobre este tema durante toda su vida”, añade Peck. Una de las aportaciones más notables de Jefferson fue su libro Notes on the State of Virginia, que según Peck escribió en parte para refutar la teoría del naturalista francés Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, de que “todo en Norteamérica era una rama degenerada de cosas mejores en Europa”.

Pero sin duda su trabajo estrella fue el de los huesos del megalonyx, descubiertos por mineros durante la extracción de nitrato en una cueva del condado de Greenbriar y enviados a Jefferson por su amigo el coronel John Stewart y por un tal Mr. Hopkins de Nueva York, que había visitado la cueva.

Megalonyx's fossil specimen in the American Museum of Natural History, New York. Credit: Ghedoghedo

Especimen fósil de Megalonyx en el American Museum of Natural History, de Nueva York. Crédito: Ghedoghedo

Como reflejó en su estudio, Jefferson no creía que aquellos animales se hubieran extinguido, sino que continuaban habitando en remotos parajes de Norteamérica. De hecho, no veía aquellas piezas como fósiles, sino simples huesos. “Cuando envió a Lewis y a Clark a inventariar el nuevo Territorio de Luisiana y tratar de encontrar una ruta acuática al Pacífico, encargó a los exploradores un montón de tareas científicas para llevar a cabo durante sus viajes”, explica Peck. Entre esas tareas estaba la de buscar mastodontes; y cómo no, también aquel terrible león gigante.

Un perezoso gigante

Pero naturalmente, Lewis y Clark no encontraron al megalonyx durante su expedición a la costa del Pacífico. En una apostilla a su estudio, Jefferson hacía constar que había sabido de un perezoso prehistórico de talla y huesos similares al megalonyx, denominado Megatherium por el francés Cuvier y cuyos restos, hallados en el Río de la Plata, habían sido enviados a Madrid. Sin embargo, Jefferson se aferraba a la idea de que se trataba de animales diferentes.

Artistic rendition of a Megatherium americanum, similar to the Megalonyx. Credit: Nobu Tamura

Recreación artística de un Megatherium americanum, similar al Megalonyx. Crédito: Nobu Tamura

La criatura de Jefferson continuaría en el limbo de la clasificación zoológica, hasta que en 1822 el francés Anselme Gaëtan Desmarest concluyó que se trataba de un perezoso terrestre gigante similar al megaterio, nombrándolo Megatherium jeffersonii en honor a su descubridor. Tres años después, el naturalista estadounidense Richard Harlan lo reasignó a un género diferente, recuperando el nombre original elegido por Jefferson: Megalonyx jeffersonii.

“Aunque el campo de la paleontología cambiaría drásticamente y se volvería mucho más sofisticado ya entrado el siglo XIX, la implicación temprana de Jefferson fue muy relevante”, dice Peck. “Sus oponentes políticos en EEUU le atacaron por su interés en la ciencia, pero era respetado por la comunidad científica, tanto por su propia investigación como por el apoyo que dio a otros a través de la APS y del Gobierno Federal”. Como escribía el profesor Keith Thomson, la curiosa paradoja del que a menudo se considera el fundador de la paleontología de vertebrados en Norteamérica es que no creía en sus dos premisas básicas, los fósiles y la extinción. Pero Jefferson creía en la ciencia; aquella que, escribió, tenía por objeto la libertad y la felicidad del ser humano.

Javier Yanes
@yanes68