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30 enero 2019

El origen del origen del planeta de los simios

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Charlton Heston, arrodillado en la playa con sus puños en la arena, maldiciendo a la humanidad ante una estatua de la Libertad semiderruida. Sobra aclarar que es la secuencia culminante de la primera versión de El planeta de los simios (Franklin J. Schaffner, 1968), uno de los finales más memorables de la historia del cine.

Tan potente fue el impacto de aquel choque entre primates que la idea ha sido revisitada infinidad de veces, extendiendo el legado del escritor francés a cuya pluma se debe todo un clásico de la ciencia ficción. Y ello a pesar de que a Pierre Boulle, de cuya muerte se cumplen 25 años, le disgustaba que se calificara su novela como ciencia ficción. Una gran obra trasciende a su autor cobrando vida propia, y su universo de los simios lo hizo desde aquel final que, irónicamente, no figuraba en su libro. Claro que, en realidad, Heston jamás se arrodilló ante una estatua de la Libertad semiderruida… Pero comencemos por el principio.

Pierre Boulle fue ingeniero, escritor y espía. Fuente: Wikimedia

Pierre Boulle (20 de febrero de 1912 – 30 de enero de 1994) era un hombre a quien “no le gustaba hablar”, cuenta a OpenMind su yerno Jean Loriot-Boulle —viudo de la sobrina y casi hija adoptiva del escritor, Françoise-Caroline—. Ingeniero antes que escritor, entre ambas ocupaciones se le coló subrepticiamente una tercera muy adecuada para un hombre callado: la de espía. Trabajando como ingeniero en una plantación de caucho en Malasia durante la Segunda Guerra Mundial, la ocupación nazi de su país le indujo a unirse a la misión de la Francia Libre en Singapur, ejerciendo como agente secreto con pasaporte falso británico hasta que fue capturado y sometido a trabajos forzados durante dos años.

Ya reinventado como escritor después de la guerra —siempre escribiendo a mano—, aquella experiencia le inspiraría la primera de sus dos obras más conocidas de entre sus 42 novelas: El puente sobre el río Kwai (1952), un best seller internacional que David Lean llevaría al cine cinco años después. La película mereció siete premios Óscar, incluyendo al mejor guion adaptado para el propio Boulle, pese a que él no lo había escrito (sus verdaderos autores figuraban en la lista negra de la llamada caza de brujas contra el comunismo).

Un punto de vista científico detrás de la trama

Así, cuando Boulle escribió El planeta de los simios (1963), el éxito no le era extraño. El productor Arthur P. Jacobs compró los derechos incluso antes de que la novela viera la luz, aunque pasarían varios años antes de que comenzara a rodarse. Por el camino, dos escritores de Hollywood, Rod Serling y Michael Wilson, fueron remodelando la historia de Boulle hasta dar forma a un guion que conservaba el fondo, pero cuya forma difería libremente.

Primera edición del libro en Reino Unido, con el título Monkey planet. Crédito: Heritage Auctions HA.com

La novela se sitúa en el año 2500, cuando tres expedicionarios parten en una nave con rumbo a la estrella gigante roja Betelgeuse (Alfa Orionis). En su destino, los viajeros encuentran un planeta donde los humanos viven en estado salvaje, sojuzgados por la avanzada civilización tecnológica de los simios. La dificultad de traducir esta premisa al cine con los medios de la época hizo que se optara en su lugar por una sociedad simia más primitiva.

A lo largo de su trama, Boulle desplegó su conocimiento de la ciencia. “Siempre estaba observando las cosas desde un punto de vista científico”, señala Loriot-Boulle. “Era muy fuerte en matemáticas, física, astronomía…”. Así, su nave viajaba a un infinitésimo por debajo de la velocidad de la luz, lo que le permitía poner en práctica el principio de dilatación del tiempo según la relatividad de Einstein: un año de aceleración, otro de deceleración y, entre ambos, unas horas que en la Tierra transcurrirían como siglos. La novela repasa conceptos como los veleros solares —propulsados por la radiación estelar— o el condicionamiento de Pavlov —empleado por los simios para entrenar a los humanos—; y por supuesto, la humanización de los simios.

Esta idea central de la novela es pura ciencia ficción, una exploración especulativa de un concepto científico que al autor se le ocurrió, recuerda Loriot-Boulle, observando a los simios durante una visita al zoo. Y según el primatólogo de la Universidad de St. Andrews (Reino Unido) Josep Call, no es algo tan descabellado: “La anatomía simiesca no es un impedimento para desarrollar funciones cognitivas superiores que incluyen, entre otras, la planificación futura, el uso y fabricación de instrumentos, varios tipos de memoria y el razonamiento inferencial”, dice a OpenMind. Sin embargo, aclara, no debe caerse en el error de pensar que los simios evolucionan para ser humanos: “La idea de una evolución direccional es errónea”.

Escena del Planeta de los simios (1968). Crédito: Twentieth Century-Fox Film Corporation

Ciencia ficción que pretendía ser una sátira

Pese a todo ello, Boulle pretendía escribir una sátira y negaba que la suya fuera una novela de género. “Se enfadaba mucho”, cuenta Loriot-Boulle. “Decía: ¡No, no, no es ciencia ficción!”. Y sin embargo, añade, “Pierre Boulle fue una especie de Julio Verne”.

No cabe duda de que su obra ha perdurado como uno de los clásicos imperecederos del género. Para el escritor, editor y crítico de ciencia ficción Miquel Barceló, “resultó ser una muy buena novela de aventuras de ciencia ficción, con sorpresa final”, dice a OpenMind. Pero sin duda el cambio más drástico entre el libro y la película fue precisamente esa sorpresa: en el libro, los protagonistas regresaban a una Tierra futura para descubrir que humanos y simios habían sufrido el mismo destino que en el planeta de Betelgeuse; un final más similar al de la versión que Tim Burton rodó en 2001.

En cambio, la cinta de Schaffner concluía con la revelación de que todo había ocurrido en casa. Con aquel final, en opinión de Barceló, “la versión cinematográfica mejoró la novela”. La idea tiene varios padres: Serling, Jacobs o incluso el director Blake Edwards, cuyo nombre se barajó para capitanear una mítica producción que durante cinco décadas nos ha dejado clavados a la butaca con aquel Charlton Heston arrodillado ante… ante nada, en realidad; la estatua era un matte painting, una pintura en un cristal entre la cámara y los personajes. Lo llaman la magia del cine; pero ya dijo Arthur C. Clarke, otro gran visionario, que toda tecnología avanzada es indistinguible de la magia.

Javier Yanes

@yanes68

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