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18 junio 2018

El misterio de la luna que se dividió en dos

Astrofísica | Espacio | Historia | Investigación
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Una hora después de la puesta de sol del 18 de junio de 1178, al menos cinco hombres en el sur de Inglaterra dijeron haber presenciado un fenómeno inusual en el cielo. Según relataron al monje Gervasio, cronista de la abadía de Christ Church en Canterbury, el cuerno superior de la Luna creciente se dividió en dos. “Desde el punto medio de la división surgió una antorcha llameante, escupiendo a una considerable distancia fuego, carbones encendidos y chispas”, escribió Gervasio, añadiendo que la Luna “se retorcía como si tuviera ansiedad” y que “palpitaba como una serpiente herida”. Después de todo ello, el astro se tornó negruzco.

Giordano Bruno es un cráter de 22 kilómetros. Crédito: LROC

¿Qué fue lo que observaron aquellos hombres? La narración de Gervasio de Canterbury permaneció casi ignorada durante siglos, hasta que en 1976 fue redescubierta por Jack B. Hartung, geofísico de la Universidad Estatal de Nueva York en Stony Brook. La aseveración del cronista de que los testigos habían jurado la veracidad del relato por su honor suscitó el interés de Hartung. Ello le llevó a publicar un estudio que parecía resolver el enigma histórico con una explicación tan fabulosa como el espectáculo que relató Gervasio.

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Hartung se inclinó por la posibilidad de que el origen fuera un gran impacto sobre la superficie lunar. En la región donde Gervasio había situado el fenómeno se ubica un cráter de 22 kilómetros que lleva el nombre del filósofo y astrónomo italiano Giordano Bruno. Estudiando las imágenes en alta resolución tomadas en los años 1970 por las misiones del programa Apolo, Hartung pudo comprobar que las largas y brillantes marcas radiales producidas durante la formación del cráter aún no habían sido borradas por el polvo lunar que levantan los micrometeoritos, indicando que su origen era reciente y, por tanto, podía corresponderse con el fenómeno visto en 1178.

Un gran impacto o un meteorito

 Hartung reconocía que la probabilidad era “extremadamente pequeña”, ya que solo existía una posibilidad entre mil de que un gran impacto semejante se hubiera producido a lo largo de la historia registrada de la humanidad. Sin embargo, su teoría recibía un espaldarazo dos años después por parte de los astrónomos Odile Calame y John Derral Mulholland, que analizaron nuevas imágenes recogidas por la sonda soviética Luna 24 para concluir que, si bien su estudio no podía probar la interpretación de Hartung, al menos los datos eran “consistentes con la hipótesis”.

No obstante, esto no implica que la teoría de Hartung fuera mayoritariamente aceptada. Ya en 1977, los especialistas en meteoritos Harvey Harlow Nininger y Glenn I. Huss cuestionaban la hipótesis, alegando que la formación del cráter de Giordano Bruno no habría provocado los fenómenos reportados por el monje. En su lugar, los dos expertos proponían otra explicación más plausible que el propio Hartung había mencionado en su estudio: la entrada de un meteorito en la atmósfera terrestre que casualmente quedaba en la línea visual de la Luna para los observadores desde el sur de Inglaterra.

Un cráter de más de un millón de años

De hecho, muchos expertos se han mostrado escépticos, ya que la juventud del cráter debe entenderse en tiempos geológicos. Según cuenta a OpenMind el astrónomo Tomokatsu Morota, quien en 2009 calculó una edad para el Giordano Bruno de entre 1 y 10 millones de años, la densidad de cráteres pequeños formados después sobre el material eyectado lleva a una conclusión: “no hay posibilidad de que se formara hace 800 años”. El cosmogeólogo Jörg Fritz, que en 2012 estimó la edad del cráter en más de un millón de años, añade otro dato: “podemos excluir que se formara hace 800 años, ya que todavía estaríamos expuestos a una lluvia de rocas lunares de un evento tan grande y raro”, dice a OpenMind. Asimismo y por efecto del impacto, “partes del cráter todavía mostrarían temperaturas elevadas, que no han detectado las misiones orbitales lunares”.

Una bola de fuego de las leónidas de 1966. Crédito: J. W. Young (TMO,JPL,NASA)

En 2001 el entonces estudiante de doctorado Paul Withers, de la Universidad de Arizona, puso cifras a esa lluvia de meteoritos lunares que habría caído sobre la Tierra si el cráter de Giordano Bruno se hubiera creado en 1178. En su estudio, el astrónomo detallaba que el cráter fue creado por el impacto de un asteroide de entre 1 y 3 kilómetros, lo que según estimaciones previas habría lanzado 10 millones de toneladas de material lunar en dirección a la Tierra.

Withers calculaba que esto debería haber provocado una intensa lluvia de meteoritos durante la semana siguiente a la colisión, semejante a la de las Leónidas en 1966, que produjo hasta 100.000 estrellas fugaces por hora. “¡Habría sido una visión espectacular!”, dijo Withers tras la publicación de su estudio. “Todo el mundo alrededor del planeta habría tenido la oportunidad de ver el mayor espectáculo de fuegos artificiales de la historia”.

¿Un enigma real o una fantasía?

Ninguna crónica de la época registra tal fenómeno, lo que llevó a Withers a concluir que la explicación más plausible es la defendida por Nininger y Huss. “Pienso que [los testigos] estaban en el lugar correcto en el momento justo para mirar al cielo y ver un meteoro que estaba directamente enfrente de la Luna, dirigiéndose hacia ellos”, apuntaba Withers. “Y fue un meteoro bastante espectacular que estalló en llamas en la atmósfera terrestre, silbando, burbujeando y chisporroteando. Si estabas en el área correcta de uno o dos kilómetros en la Tierra, tenías la geometría perfecta”.

El cráter Giordano Bruno fotografiado desde la nave espacial Apollo 13. Crédito: NASA

Para Withers, esto explicaría por qué solo unas pocas personas habían presenciado la presunta anomalía lunar, que no era tal. A diferencia del asteroide que hace más de un millón de años talló en la superficie lunar el cráter de Giordano Bruno, el meteorito que pudo causar la ilusión óptica de 1178 sería de un tamaño lo suficientemente pequeño como para haber ardido en la atmósfera terrestre sin mayores consecuencias.

Así pues, ¿enigma solucionado? Quizá ni siquiera haya tal enigma: en su estudio, Withers apuntaba otro problema aún mayor, y es que el 18 de junio de 1178 la Luna creciente aún no debía ser visible desde Canterbury. El astrónomo señalaba que tal vez la fecha era incorrecta, pero en 2002 el historiador de la astronomía Peter Nockolds iba más allá al sugerir que la historia de Gervasio pudo ser una completa fantasía: aquel monje, argüía Nockolds, tenía por costumbre asociar extrañas apariciones celestiales a las victorias cristianas en las Cruzadas. La visión de la media luna rompiéndose en dos podía ser meramente una simbología propagandística sobre el triunfo de los cruzados contra el Islam. Probablemente nunca sabremos la verdad.

Javier Yanes

@yanes68

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