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20 noviembre 2018

El Hombre de Piltdown, el mayor fraude científico del siglo XX

Evolución | Historia | Investigación | Ciencia
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Si hoy leyéramos que se han desenterrado los restos del primer inglés de la historia junto a su bate de críquet, de inmediato lo desecharíamos como fake news. Pero hace algo más de un siglo eran otros tiempos, no solo de conocimiento científico más limitado, sino también de sesgos interesados que hicieron pasar semejante noticia por cierta durante 41 años. Hasta que el 21 de noviembre de 1953 quedó oficialmente refutado el mayor fraude científico del siglo XX, el Hombre de Piltdown.

En febrero de 1912 el paleontólogo Arthur Smith Woodward, conservador de Geología del Museo de Historia Natural de Londres, recibía una carta de Charles Dawson, abogado de profesión y aficionado a la caza de antigüedades. A ambos les unía una larga amistad centrada en su común pasión por los fósiles, y en aquella ocasión Dawson traía grandes noticias: en una gravera fluvial cercana a Piltdown, en Sussex, había descubierto fragmentos de un cráneo humano fósil. El primer pedazo le había sido entregado cuatro años antes por un trabajador, y posteriormente el propio Dawson había recuperado varias piezas más.

Cráneo del “Eoanthropus Dawsoni” (el Hombre de Piltdown). Crédito: Wellcome Images

De junio a septiembre, Dawson y Woodward excavaron la gravera, con la colaboración ocasional del jesuita y paleontólogo francés Pierre Teilhard de Chardin. La campaña fue un sonado éxito: además de fragmentos adicionales del cráneo, se recuperaron una mandíbula parcial, piezas dentales, fósiles de animales y alguna herramienta primitiva. El 18 de diciembre de 1912, Dawson y Woodward presentaban ante la Sociedad Geológica la flamante reconstrucción del cráneo del Eoanthropus dawsoni, un eslabón perdido entre simios y humanos que habría vivido hace medio millón de años.

El primer inglés con bate de críquet

El hallazgo alcanzó una enorme resonancia por razones que no eran exclusivamente científicas. “Tanta gente quería que el Hombre de Piltdown fuera real”, apunta a OpenMind el arqueólogo de la Universidad de Bournemouth (Reino Unido) Miles Russell, autor de Piltdown Man: The Secret Life of Charles Dawson (Tempus, 2003) y The Piltdown Man Hoax: Case Closed (The History Press, 2012). En 1907 el alemán Otto Schoetensack había descubierto el Hombre de Heidelberg, el fósil humano más antiguo conocido entonces. En el ambiente enrarecido que conduciría a la Primera Guerra Mundial, en Gran Bretaña incomodaba aquella primicia alemana, y el Hombre de Piltdown era la respuesta. De hecho, en su carta original a Woodward, Dawson había escrito que su espécimen rivalizaría con el Homo heidelbergensis.

Los presuntos rasgos del Eoanthropus, más humano en su cráneo y más simio en su mandíbula, encajaban en la errónea teoría de entonces de que la evolución del cerebro humano había precedido a los cambios en la mandíbula para adaptarse a una nueva alimentación. Además, ¿cómo resistirse a la idea de que el primer inglés ya llevaba su bate de críquet? El hueso de elefante tallado con la forma de este utensilio era la vertiente más estrambótica del Eoanthropus, pero no la única que ya entonces suscitó serias dudas. Algunas solo objetaban la reconstrucción del cráneo, como en el caso del antropólogo Arthur Keith. Pero ya en 1913 el anatomista David Waterston sugería en Nature que el espécimen correspondía en realidad a un cráneo humano y una mandíbula de simio.

Reconstrucción del Hombre de Piltdown. Fuente: Popular Science Monthly Volume 82

Dos años después, Dawson ratificaba sus conclusiones con nuevos hallazgos en un segundo enclave cercano al primero. Sin embargo, la controversia continuó: en 1923 el antropólogo alemán Franz Weidenreich sostuvo que el Hombre de Piltdown era simplemente un puzle de un cráneo humano moderno y una mandíbula de orangután con los dientes limados.

Pero pese a las discrepancias, el Hombre de Piltdown consiguió permanecer en pie durante cuatro décadas, en parte porque los restos “se ocultaron y a muy pocos se les permitió verlos”, dice a OpenMind la paleoantropóloga Isabelle De Groote, de la Universidad John Moores de Liverpool (Reino Unido). De Groote añade que el Eoanthropus “quedó cada vez más marginado en una época de nuevos descubrimientos paleoantropológicos”. Sin embargo, señala, una refutación formal requería no solo la suficiente confianza en los métodos de análisis, sino también una dosis extra de valentía para desafiar los viejos dogmas.

El fraude al descubierto

Todo llegó por fin el 21 de noviembre de 1953, cuando el diario londinense The Times se hacía eco de un estudio publicado aquel mismo día en el boletín del Museo de Historia Natural, en el que los científicos Kenneth Oakley, Wilfrid Le Gros Clark y Joseph Weiner aplicaban nuevas técnicas para demostrar definitivamente que el Hombre de Piltdown era un fraude cuidadosamente elaborado que coincidía plenamente con lo adelantado por Weidenreich tres décadas antes.

Las investigaciones señalan a Charles Dawson como el autor del fraude. Fuente: Wikimedia

Ni Dawson (fallecido en 1916) ni Woodward (en 1944) vivieron para presenciar la resolución del caso, y durante décadas ha perdurado la incógnita sobre la autoría del engaño y los motivos que lo impulsaron. Llegó a barajarse la implicación de Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, como una revancha contra los científicos que despreciaron su espiritualismo. Sin embargo, durante décadas la mayoría de los dedos acusadores apuntaron en una misma dirección: Dawson.

Las extensas investigaciones de Russell han señalado a Dawson como el autor del fraude, una conclusión reforzada en 2016 gracias a un estudio dirigido por De Groote. El análisis de los restos originales con técnicas actuales reveló que el modus operandi fue el mismo para la creación de todos los falsos fósiles: las muestras se tiñeron de marrón, las grietas se rellenaron con gravilla y se sellaron con masilla de dentista, “vinculando todos los especímenes de Piltdown I y Piltdown II a un solo falsificador, Charles Dawson”, decía el estudio.

La motivación de Dawson se ha atribuido a su ambición por lograr el reconocimiento científico. “Piltdown no es tanto un fraude aislado sino el acto final de una carrera de bulos, 38 en total, que Dawson creó para promover su estatus académico”, afirma Russell. “Cuando murió, Piltdown murió con él; no hubo más hallazgos allí, aunque la búsqueda continuó durante 21 años”. Para Russell, “era un maestro del fraude, un individuo muy interesante”, concluye; “casi como un Jekyll y Hyde”.

Javier Yanes

@yanes68

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