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02 febrero 2018

El gran showman (del bulo pseudocientífico)

Cultura | Historia
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El 2 de febrero de 1870 se destapaba el fraude del que se había presentado como uno de los mayores hallazgos científicos de la historia: los restos petrificados de un humano antiguo de tres metros. Mirando hoy la fotografía del Gigante de Cardiff, cuesta creer que alguien pudiera ver algo diferente de lo que realmente era, una simple escultura de yeso. Pero no sería justo atribuir aquella credulidad a la ingenuidad científica de la época sin mencionar el papel que jugó en el fiasco alguien que era capaz de hacer creer en lo increíble: Phineas Taylor Barnum, el mayor showman de la historia y el “Príncipe de las Patrañas”, como se llamó a sí mismo. Y es que fue todo un maestro en llevar a las masas descubrimientos y curiosidades que parecían científicas, pero en realidad no lo eran.

Con su museo y su circo, Barnum fue el rey del entretenimiento. Crédito: Brady-Handy Photograph Collection

La película El gran showman (2017), dirigida por Michael Gracey y protagonizada por Hugh Jackman, ha resucitado la polémica figura de Barnum (5 de julio de 1810 – 7 de abril de 1891). El empresario nacido en Bethel, Connecticut, fue el rey del entretenimiento con su museo y su circo, en los que mostraba supuestos prodigios de la naturaleza aderezados con gran fanfarria publicitaria. Pero se ha criticado el relato edulcorado de Hollywood que pinta a Barnum como el héroe que rescataba de la marginación a los freaks, personas con deformidades físicas. La versión más aceptada asegura que se limitaba a explotarlos sin otro ánimo que el de lucro y  sin importarle abrazar el engaño para presentar como real lo que la ciencia no creía posible.

La autopsia de la niñera e George Washington

Un ejemplo fue el primer éxito en su carrera. En 1835 inició su trayectoria como showman exhibiendo a Joice Heth, una esclava afroamericana ciega y casi paralítica que “alquiló” por 1.000 dólares y que le habían presentado como la antigua niñera de George Washington, de 161 años. Cuando Heth falleció al año siguiente, celebró una autopsia pública para contrastar la edad, que el cirujano estimó en no más de 80 años. Barnum aseguraría que había sido engañado, pero había cobrado 50 centavos a cada uno de los 1.500 asistentes al espectáculo de abrir las tripas a un cadáver.

En el American Museum en Nueva York, Barnum exhibió miles de curiosidades, muchas de ellas personas vivas. Fuente: Wikimedia

Aquello definió la que sería la ocupación de su vida, según escribió él mismo, “hacer que la gente piense, hable, sienta curiosidad y se emocione con el espectáculo raro”.

En 1841 compraba el American Museum en Nueva York, donde exhibiría miles de curiosidades, muchas de ellas personas vivas mostradas como monstruos de la naturaleza. El más popular fue Tom Thumb, “el general más pequeño del mundo”, que padecía enanismo y a quien Barnum reclutó con solo cuatro años.

Otra gran atracción fue la Sirena de Fiji, anunciada en la fachada con la ilustración de una hermosa mujer con cola de pez. Una vez en el interior, los visitantes se encontraban un desagradable engendro que Barnum había conseguido de otro museo: medio cuerpo de mono disecado cosido a una cola de pez. Y completaba la exhibición una conferencia del descubridor, el (falso) Dr. J. Griffin del (inexistente) Liceo Británico de Historia Natural. En su autobiografía, se justificaba cargando contra quienes se sentían estafados: “algunas personas siempre se tomarán las cosas literalmente y no permitirán la licencia poética ni siquiera con las sirenas”.

Phineas Taylor y Tom Thumb, “el general más pequeño del mundo”. Fuente: Google Cultural Institute

El Gigante de Cardiff, un engaño colosal

En 1869 saltó la noticia de que durante una excavación en la granja de un tal William Newell, en Cardiff (Nueva York), se habían desenterrado los restos de un gigante de piedra. “Los científicos estaban divididos respecto al Gigante de Cardiff. ¿Era un hombre petrificado? ¿Una antigua estatua? ¿Un fraude?”, apunta a OpenMind Scott Tribble, autor de A Colossal Hoax: The Giant from Cardiff That Fooled America (Rowman & Littlefield, 2008).

Pero hubo a quien aquella discusión le importaba poco: “a Barnum probablemente no le preocupaba demasiado la autenticidad del Gigante de Cardiff”, dice Tribbles. “Sospecho que el maestro de la patraña reconocía un buen engaño cuando lo veía”. Lo que realmente llamó su atención fue que miles de personas estaban pagando 50 centavos por ver el gigante. “En último término, lo que más le importaba era el espectáculo: si el misterio bastaba para atraer a la multitud, y seguir atrayéndola”, añade Tribbles.

Barnum puso su oferta sobre la mesa: 50.000 dólares. Pero el gigante había sido vendido por Newell y su primo George Hull a un grupo de hombres de negocios encabezado por David Hannum. Cuando Hannum rechazó la oferta de Barnum, este optó por el plan B: encargar su propia copia y anunciarla como el gigante auténtico. No fue la única réplica, pero sólo él era capaz de congregar muchedumbres para convertir en oro incluso el yeso.

Excavación del Gigante de Cardiff en 1869. Fuente: Wikimedia

Naturalmente, Hannum demandó a Barnum. Pero poco después, el Chicago Daily Tribune comenzaba a revelar la verdad sobre el gigante, tras una confesión de Hull. Este había ideado el bulo tras discutir con un pastor metodista que defendía la interpretación literal de la Biblia, incluyendo un versículo del Génesis que hablaba de antiguos gigantes. Hull, ateo convencido, quiso mofarse del pastor y, de paso, ganar algunos dólares, tallando una figura de yeso y enterrándola. La demanda de Hannum contra Barnum fue desestimada.

Hasta su muerte por un derrame cerebral en 1891, Barnum participó en numerosos bulos, como la hierba que volvía blancos a los negros y que postulaba como solución a la esclavitud. Ningún prodigio escapaba a su ambición: ofreció 10.000 dólares al periodista Dan De Quille por sus “piedras viajeras”, unos guijarros que se atraían a distancia; quiso comprar el microscopio de hidro-oxígeno, que ampliaba los objetos 500.000 veces y con el que, unido a un telescopio, podían observarse los insectos de la Luna; puso un precio de 50.000 dólares a la captura de Champ, la versión estadounidense del monstruo del lago Ness.

Pero curiosamente, también promocionó invenciones pioneras, como el ascensor o el automóvil, todo lo que fuera capaz de maravillar al público y hacer sonar la caja. No fue el único, pero quizá sí el mejor de toda una generación que vivía del bulo pseudocientífico en una época en la que, según Tribbles, “el escenario encajaba con la fórmula probada de Barnum para atraer multitudes: cuando los doctores discrepan, ¿quién decide?”.

Javier Yanes

@yanes68

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