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08 agosto 2016

El dopaje llegó antes que los Juegos

Ciencia | Cultura | Historia | Nutrición | Salud
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“Cualquier victoria en ausencia de los atletas rusos tendrá un sabor distinto”. Así arremetía Vladimir Putin, presidente de Rusia, contra el Comité Olímpico Internacional (COI) por la expulsión de los Juegos de Río 2016 de los deportistas sospechosos de dopaje. No competirán ninguno de sus 68 atletas, ni otros 40 deportistas de disciplinas como natación, remo o piragüismo.  Todos tenían en su historial manchas de dopaje. Y muchos de ellos habían formado parte de un sofisticado entramado gubernamental que lo ocultaba. “Era un caso de dopaje de estado digno de una novela de espionaje”, clamaban los expertos que leyeron el informe McClaren, donde se desveló la trama. Las agencias antidopaje pedían un castigo ejemplar a Rusia. Querían acabar con una práctica que acompaña a los Juegos desde su origen, que nació con el mismo deporte.

La saltadora de pértiga Yelena Isinbayeva, una de las atletas rusas vetada de los Juegos de Río por dopaje. Crédito: Marco Paköeningrat.

La prueba de este origen se encuentra en Grecia, donde seis estatuas situadas en línea enmarcan el paseo hacia la arena del Peloponeso, a 175 kilómetros de Atenas. Es el paseo de la fama de los tramposos. Ahí están escritos los nombres de los atletas griegos que incumplían las normas de los antiguos Juegos Olímpicos, que nacieron en el 776 a.C como precursores de los actuales. El castigo entonces no era solo la expulsión, era una marca para la eternidad. Así de en serio se tomaban los antiguos las reglas de sus competiciones. Sin embargo, no ha quedado claro en ningún documento que el dopaje se considerara una trampa.

El objetivo de los atletas era, en la mayoría de los casos, incrementar la fuerza y superar la fatiga. Para ello consumían estimulantes como aguardiente, diversos tipos de vino, hongos alucinógenos o semillas de sésamo. El espartano Charmis ganó la prueba de velocidad tras una dieta de higos secos. Se experimentaba con dietas de hongos y carne, y hasta los cocineros suministraban piezas de pan con propiedades analgésicas, cocidos con especies extraídas de la planta de la adormidera. La mayor parte de estos estimulantes primarios tenían un origen natural.

Atletas de la Antigua Grecia plasmados en una ánfora del 323 A.C. Crédito: Marie-Lan Nguyen.

Tuvieron que pasar 1.503 años para que esta competición olímpica volviera a surgir. Pero antes, a mitad del siglo XIX ya hay registradas pruebas de dopaje en competiciones modernas. Estos casos coinciden, no de casualidad según los expertos, con los principios de la medicina moderna. A partir de 1850, se abre un periodo marcado por la llegada de la experimentación científica con los efectos anabolizantes de las hormonas.

“En el último tercio del siglo XIX, el uso de estimulantes entre los atletas era común y, es más, no había ningún intento de vincular el uso de drogas con las expulsión de los deportistas”, explica en su estudio “Historia del dopaje en el deporte”, el profesor de la Universidad de Pensilvania, Charles E. Yesalis. Uno de los primeros casos documentados de esta época se localiza en 1865 cuando se describe el consumo de una droga estimulante no identificada en una prueba de natación por los canales de Ámsterdam.

Los experimentos continuaron hasta que la primera muerte de un deportista atribuida al dopaje hizo crecer la preocupación. Se trataba de Arthur Linton, un ciclista inglés, que murió en 1896 a causa, presuntamente, de una sobredosis de la efedrina que consumió dos meses antes para ganar la carrera Burdeos-París.

Dopaje en los Juegos modernos

La vuelta de la estrella de las competiciones en 1896 no disipó los casos de dopaje, sino que, al contrario, hizo más visibles muchos casos. En los Juegos de San Luis (Estados Unidos) en 1904, el ganador de la maratón Thomas Hicks se desplomó nada más cruzar la línea de meta. El médico del corredor norteamericano le había suministrado varios pinchazos de estricnina y un lingotazo de brandy durante distintos momentos de la carrera al verle flaquear. El comentario del doctor que atendió a Hicks desmayado en el suelo refleja bien el pensamiento de la época: “Las carreras de Maratón, desde un punto de vista médico, demuestran el gran beneficio que tienen las drogas para los atletas”.

A partir de ahí le siguió un tiempo donde el dopaje se había popularizado: alcohol, cafeína, cocaína, estricnina. Todo valía. Solo se denunciaban aquellos casos en lo que el deportista era dopado involuntariamente para empeorar su rendimiento.

En el Tour de Francia de 1967 el inglés Tom Simpson, de 29 años, colapsó y murió en mitad de la mítica ascensión al Mont Ventoux. La autopsia reveló que había mezclado anfetaminas y alcohol, una combinación que resultó fatal con el calor y con la dureza de esa etapa. Se trataba de la primera muerte por dopaje que era televisada. El impacto fue tal que ese mismo año, el COI tuvo que sacar un reglamento antidopaje.

Arthur Linton y Tom Simpson, dos de los primeros ciclistas que murieron por dopaje en 1896 y 1967. Crédito: Wikimedia Commons.

El efecto no fue el esperado y los episodios de dopaje se repiten una y otra vez a lo largo de la historia de los Juegos. Los deportistas reconocían en público sin pudor el uso de sustancias; publicaciones especializadas como Track and Field News definían los esteroides y anabolizantes como “el desayuno de los campeones”. “Veremos cuáles son mejores: sus esteroides o los míos”, dijo un levantador de pesos a Los Angeles Times en 1971.

En 1988, 20 años después de la prohibición del dopaje, una investigación del New York Times concluía que al menos la mitad de los atletas que compitieron en los Juegos de Seúl —marcados por la descalificación de Ben Johnson, campeón de los 100 metros lisos— estaban tomando anabolizantes. Había médicos de países oficiales, doctores y farmacólogos preparando las drogas para sus equipos, sin consecuencias.

Ataque al Comité Olímpico

Quizás la actitud cambió el mismo año que se temía el fin del mundo. En los Juegos de Sidney de 2000, decenas de publicaciones y expertos atacaron al unísono al COI por su escasa implicación en acabar con lo que ya se había convertido en una lacra. Artículos titulados como “Juegos Sucios” describían una creciente epidemia de drogas en los deportes olímpicos. Empezaron a hablar en contra los propios protagonistas. El campeón olímpico en maratón y portavoz de la Agencia Estadounidense Antidopaje Frank Shorter no solo reconocía la magnitud del problema sino que alertaba de que las consecuencias iban más allá de los Juegos.

A diferencia de los brebajes antiguos, drogas como las hormonas del crecimiento tienen como efectos colaterales la pérdida de visión, el riesgo de fallo cardíaco o la mayor probabilidad de sufrir diabetes y tumores. En el caso de los agentes anabolizantes, que se usan normalmente para interrumpir el crecimiento, el daño más grave se produce en el hígado.  Sufrir una embolia pulmonar, hipertensión, anemia o cáncer son solo algunos de los riesgos al doparse con EPO (Eritropoyetina) sobre los que advierten las actuales Agencias Antidopaje. La EPO es una hormona que sirve para aumentar la producción de glóbulos rojos y tener así más resistencia y ha sido el dopaje más utilizado por los atletas en estas últimas décadas. Debido, en gran medida, a ser indetectable hasta el año 2000. Ahora, todas las agencias de antidopaje advierten contra esta y otros tipos de sustancias, aunque eso no evita que como en el caso de Rusia, los propios deportistas y sus equipos encuentren otras formas de ocultarlo.

Los escándalos de dopaje actuales han conmocionado el arranque de los Juegos Olímpicos de Río 2016. Pero echando la vista atrás hacia el origen de esta cita deportiva en la antigua Grecia, el profesor de Historia Clásica de la Universidad de Maryland (Estados Unidos) Hugh Ming Lee no cree que el dopaje hubiera sido un escándalo entonces. Lee señala a la fuerte conciencia que los griegos tenían sobre la debilidad humana: “Si Hércules era vulnerable, ¿cómo no iban a serlo los atletas humanos?”.

Beatriz Guillén para Ventana al Conocimiento

@Beagtorres

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