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06 marzo 2018

El cerebro que mora en tu cuerpo

Cerebro | Neurociencia
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La neurociencia está en boga

Lo que parece estar por llegar es tan grandioso que es casi un deber emplear grandes medios (sobretodo tecnológicos, pero también mediáticos) para promover todo “lo neuro”. Los pagarés que emite para el día de mañana se pagan bien hoy. Al fin y al cabo, entender “cómo funciona el cerebro” —tras asumir, que no es poco, que tú eres básicamente tu mente, y que tu mente no puede ser otra cosa que tu cerebro— no es otra cosa que tratar de alcanzar el horizonte que han perseguido grandes pensadores de todos los tiempos. Y hoy, a principios del siglo XXI, desvelar quién soy a golpe de microscopía confocal parece la manera para dar solución a ese gran misterio. Eso parece…

Pero, antes del “cómo” hubo un “por qué”, y antes un “para qué”. El cerebro —ese kilo y pico de materia gris que nos hace brillar con luz propia— evolucionó básicamente para mover el cuerpo y hacerlo cada vez mejor; para desplazarse de forma eficaz (encontrar comida) pero también flexible (no ser comidos). Todo lo demás es una nota a pie de página. Una complicación exótica y preciosa. Dicho de otro modo (y parafraseando al célebre Dobzhansky), “nada tiene sentido en neurociencia excepto a la luz del comportamiento”.

Mosaico en el suelo de la sala principal del Jordan Hall of Sience de la Universidad de Notre Dame. Lleva la cita de Theodosius Dobzhansky (1900-1975) “Nothing in Biology makes sense except in the light of evolution.” Imagen: SteveMcCluskey

Resulta que el comportamiento de los animales no es lo mismo que el comportamiento de sus cerebros, sino los procesos que emergen de la interacción entre actividad neuronal, biomecánica corporal y condiciones del ambiente que los rodea. Dicho alto y claro: para entender el cerebro debemos entender el comportamiento, pero para entender el comportamiento no nos basta con entender el cerebro. Necesitamos integrarlo de veras con el cuerpo y, por ende, con el mundo. Las neuronas sin músculos están como mudas, y los músculos sin mundo son como voces sin sentido.

No todo es tecnología

Avances recientes, no hay duda, han dado lugar a “big tools” o grandes herramientas que nos han permitido entrar en la era de la Big data. Da entonces la impresión de que, ante tal despliegue tecnológico —con sus explicaciones basadas en causalidad intervencionista y con sus visiones reduccionistas—, estudios detallados e integrados de comportamiento y la búsqueda de sus reglas subyacentes son menos importantes, incluso prescindibles. Sin embargo, localizar circuitos neuronales que sean necesarios y suficientes para un comportamiento dado no es un atajo para el estudio adecuado del comportamiento por sí mismo. Cuando corto el cable de la tele, se va la imagen. Si soy lo suficientemente hábil para arreglarlo con esparadrapo, vuelve la imagen. ¿Quiere decir eso que el cable explica la imagen? O, peor aún: ¿prueba esto que la imagen es el cable? No olvidemos lo que dijo Woese: “sin avances tecnológicos la carretera está bloqueada, pero sin una visión que nos guíe, no hay carretera alguna”.

Podemos, pues, abogar por una visión pluralista de las neurociencias donde la disección de “procesadores” tiene sus frutos cuando se investiga después de la descomposición cuidadosa de sus “procesos” (Krakauer et al.). Algunas ostras tienen plumas. También los pájaros. ¿Cómo deducir, a partir del estudio minucioso de sus propiedades que, las de los pájaros, son para volar? Y, ¿por qué un submarino tiene forma de tiburón? Apostando por buscar principios de comportamiento animal en diversas especies puede proporcionar una visión única y profunda sobre su neurobiología, ecología y evolución.

Para acabar, citemos a Gallistel: “Sin Mendel no hay ni Watson ni Crick”. Nótese que gran parte de “la visión molecular de la vida” promovida durante la segunda mitad del siglo pasado ha consistido en invertir esa proposición. Nos han dicho tantas veces que el ADN es el secreto de la vida, que creemos firmemente que las neuronas son el secreto de la mente. ¿Lo son? Quizás. Pero sin mi cuerpo, no soy nada. Este se presenta probablemente como el reto más honesto de la neurociencia actual: rendir el sentido de lo neuronal a través de lo corporal.

Biblografía

  • Dobzhansky, T., F.J. Ayala, G.L. Stebbins & J.W. Valentine (1993). Evolution. Omega, Barcelona, Spain.
  • Woese C. R. (2004). A new biology for a new century. Microbiol Mol Biol Rev, Vol. 68, pp.173-186.
  • Gallistel, C. R.(1980). The organization of action, a new synthesis. New York : distributed by Halsted Press, 1980.
  • Krakauer J.W., Ghazanfar A.A., Gomez-Marin A., MacIver M.A., Poeppel D. (2017). Neuroscience needs behavior: correcting a reductionist bias. Neuron 93:3 480-490.

Alex Gómez Marín

Instituto de Neurociencias de Alicante

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