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05 febrero 2018

El azul es el color más extraño

Historia
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Si miramos la Tierra desde la estratosfera, queda patente que vivimos en el Planeta Azul. Sin embargo, el color que caracteriza a nuestro planeta es muy difícil de encontrar en la naturaleza y la escasez de fuentes materiales —ya sean vegetales, animales o minerales— para obtener tintes y pigmentos naturales ha hecho que,  durante mucho tiempo, los pigmentos azules fueran tan ansiados como cotizados.

Esto motivó una constante búsqueda de alternativas, principalmente mediante la investigación y la síntesis química, de las que surgieron estos cinco pigmentos que han hecho historia.

>> Detrás de cada imagen verás una obra de arte realizada con ese pigmento.

Posiblemente sea el primer pigmento sintético de la historia, puesto que ya se empleaba en el antiguo Egipto en el segundo milenio a.C. para pintar sus elaborados murales. Pero tras la caída del Imperio Romano, su complejo proceso de preparación cayó en el olvido. Implicaba mezclar en proporciones adecuadas caliza y arena del Nilo con minerales ricos en cobre como la malaquita o la azurita y calentar dicha mezcla a unos 800ºC. Si se hacía correctamente se obtenían unos cristales azules (un silicato de calcio y cobre) que eran pulverizados y posteriormente mezclados con alguna sustancia adherente, como clara de huevo o resina, para su aplicación.

El secreto de su preparación fue recuperado en 1815, cuando el químico inglés Sir Humphry Davy lo investigó. Y el azul de Egipto volvió a ponerse de moda en la primera década del siglo XXI al descubrirse que exhibe una intensa luminiscencia infrarroja cuando es expuesto a la luz ultravioleta. Esto ha llevado a estudiar su posible aplicación en biomedicina y también ha permitido ver con nuevos ojos las pinturas egipcias, pues la enorme estabilidad del pigmento hace que mantenga esa capacidad luminiscente incluso transcurridos miles de años.

Definido con frecuencia como “el verdadero azul”, el ultramarino es un pigmento natural que se obtiene a partir del lapislázuli, una gema que durante siglos sólo se podía encontrar en una zona montañosa de Afganistán. Aunque la piedra era conocida desde la antigüedad — ya los egipcios la importaban y utilizaban para elaborar joyas—, no empezó a emplearse como pigmento pictórico hasta el siglo VI en los frescos budistas de su región de origen.

El ultramarino desembarcó en Europa a través de los puertos italianos (de ahí su nombre) en el siglo XIV y de inmediato se convirtió en el pigmento más apreciado y preciado. Debido a su escasez y a la dificultad de su preparación, llegó a ser más valioso que el oro, por lo que los grandes pintores lo reservaban casi en exclusiva para pintar los ropajes de Cristo y la Virgen. Cuenta la leyenda que Miguel Ángel dejó inacabado su “Santo Entierro” al no disponer de fondos para adquirir el cotizado pigmento.

En 1824, las autoridades francesas ofrecieron un premio de 6.000 francos para quien fuese capaz de producir una alternativa más asequible. Cuatro años después, el premio era para el químico francés Jean Baptiste Guimet, que había desarrollado un método secreto para obtener un análogo sintético bautizado como “ultramarino francés” y que, tras comenzar a producirse en 1830, sustituyó al pigmento natural.

Es considerado el primer color artificial moderno, por ser obtenido mediante una reacción química estudiada. Su origen se remonta en torno a 1705 en Berlín, cuando el fabricante de tintes y pigmentos Johann Jacob Diesbach obtuvo de forma accidental un compuesto de un intenso azul oscuro mientras manipulaba sus reactivos y materias primas. De nuevo según la leyenda, habría observado cómo uno de sus pigmentos rojos se transformaba en azul al mezclarse con la sangre.

Sea como fuese, el método de obtención implicaba la oxidación de una sal de hierro con ferrocianuro potásico para obtener un compuesto inicial blanco e insoluble que al oxidarlo se convertía en hexacianoferrato, de color azul.

Diesbach comenzó a producir y vender su nuevo azul, que pronto ganó gran popularidad entre los artistas. Pero su  importancia iba a trascender la pintura a partir de 1842, cuando el astrónomo inglés John Herschel descubrió la gran sensibilidad del compuesto a la luz, lo que lo convertía en el medio o sistema ideal para realizar copias de mapas, planos y dibujos y dando paso así a la aparición de la tecnología que hoy está detrás de las máquinas fotocopiadoras.

“El  cobalto es un color divino y no hay nada tan bello para representar la atmósfera”. En estos términos se refería Vincent van Gogh, en una carta a su hermano Theo, al pigmento creado por el químico francés Louis Jacques Thénard en torno a 1802.

Thénard había sido comisionado por el ministro francés Chaptal para obtener un nuevo pigmento azul, ante la escasez y el alto coste del lapislázuli, y para que asimismo mejorase al azul de Prusia. El químico centró su investigación en los compuestos de cobalto — pues desde 1777 se sabía que eran responsables del color azul de algunos minerales— y en concreto en el arseniato de cobalto, utilizado para colorear la porcelana de Sevres.

De este modo, comprobó que si calentaba una mezcla de alúmina (óxido de aluminio) y arseniato de cobalto, obtenía un pigmento de un vibrante y profundo azul. Y que, además,  resultaba estable frente a la acción de la luz solar y la exposición a ácidos y bases (al contrario que el azul de Prusia que se oxida con relativa facilidad con la luz y el aire y requiere la aplicación de un barniz protector).

El nuevo color, bautizado como bleu Thénard comenzó a producirse en Francia en 1807.

Para crear un nuevo tono o pigmento es necesario obtener —ya sea de forma natural o por síntesis— un compuesto que tenga un espectro de absorción de la luz único, de modo que la luz que refleje (es decir, su color) también sea única. Y esto fue lo que aconteció en los laboratorios de la Universidad de Oregon State en 2009. Tras  dos siglos sin novedades en el catálogo de los azules (desde el azul cobalto de Thénard), un profesor de ciencias de los materiales y sus alumnos descubrían por casualidad un nuevo pigmento azul.

Mientras experimentaban con materiales que pudiesen ser aplicados a la electrónica, descubrieron que al calentar una mezcla de óxidos de itrio, indio y manganeso ésta adquiría un intenso color azul. El responsable es un nuevo compuesto cuyas moléculas presentan una estructura que hace que absorba por completo las regiones verde y roja del espectro, dando como resultado un azul particularmente limpio o puro.

Su poco sugerente nombre no es más que la sucesión de los elementos químicos que lo componen: Itrio (Y), Indio (In) y Manganeso (Mn).

Miguel Barral

@migbarral

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