Ecolocalización, ¿el sexto sentido de los humanos?

Diferentes especies del mundo animal, como murciélagos, delfines o ballenas emiten sonidos para situarse en su entorno y localizar presas. Esta habilidad, la ecolocalización, no es tan excepcional como parece, también la tenemos los humanos.

Con chasquidos producidos con la boca y cierta práctica, cualquier persona puede desarrollarla. Sin embargo, son los invidentes quienes mejor la manejan y la explicación podría estar en sus cerebros. Los científicos están investigando cómo funciona y de qué forma puede ayudarnos a mejorar la sensibilidad sensorial. ¿Estamos ante el ansiado sexto sentido?

Igual que aprender un idioma

Como si fuera el sónar de un submarino, los murciélagos, las ballenas y los delfines emiten sonidos y analizan cerebralmente su eco. Ese rebote acústico les da la información que necesitan para ubicarse y rastrear su alimento y es lo que se denomina ecolocalización. Su visión limitada, sumada a los entornos oscuros en los que se mueven, dificultan que puedan ver como los humanos.

Ilustración del patrón acústico de los clics bucales en la ecolocalización humana. Crédito: Thaler et al.

Ilustración del patrón acústico de los clics bucales en la ecolocalización humana. Crédito: Thaler et al.

Pero esta cualidad no es exclusiva de estas especies animales. El ser humano también puede desarrollarla con práctica y entrenamiento frecuente. “En mi laboratorio entrenamos a personas, por ejemplo, pidiéndoles que realicen una tarea concreta de ecolocalización, como detectar si un objeto está delante de ellos o no y diciéndoles después si la respuesta era correcta”, señala a OpenMind Lore Thaler, investigadora del departamento de Psicología de la Universidad de Durham (Reino Unido).

Cuando los participantes repiten la prueba varias veces, van mejorando. La experta en ecolocalización humana compara esta habilidad con el aprendizaje de un segundo idioma: la manera de mejorar es usándolo.

En su caso, ella misma trata de practicar, incluso fuera del laboratorio. “Cuando lo hago, normalmente cierro los ojos o uso una venda y también llevo un bastón largo porque me ayuda a detectar obstáculos en el suelo”, comenta.

Suple la falta de visión

Cualquier persona es capaz de escuchar el eco de su voz y saber, con las reverberaciones del entorno, si está ante un espacio grande o pequeño o si está en una habitación vacía. Pero para obtener más información, como detectar objetos u obstáculos, hacen falta señales activas.

“Con un poco de práctica y con señales activas, como chasquidos de la lengua u otros sonidos, las personas con la visión tapada con una venda pueden aprender a distinguir el tamaño, la distancia e incluso la forma de los objetos a través de la ecolocalización”, asegura a OpenMind Santani Teng, investigador del departamento de Psicología de la Universidad de California Berkeley (EEUU).

Aunque cualquiera sea capaz de desarrollar esta habilidad, son las personas invidentes las que la dominan. Según Teng, perder la visión a una edad más temprana se asocia con una mayor agudeza ecolocalizadora.

Aunque cualquiera sea capaz de desarrollar esta habilidad, son las personas invidentes las que la dominan. Crédito: Freaktography

Aunque cualquiera sea capaz de desarrollar esta habilidad, son las personas invidentes las que la dominan. Crédito: Freaktography

“Estos expertos [las personas invidentes] suelen usar señales de eco de determinadas maneras que la mayoría de las personas sin entrenamiento no pueden igualar”, destaca el científico. A su juicio, puede haber algo en la ceguera a largo plazo que facilite el aprendizaje de la ecolocalización en un nivel superior, pero los investigadores todavía lo desconocen.

Lo que sí saben es que, además de la boca, en esta habilidad intervienen dos regiones fundamentales del organismo: los oídos, que captan los sonidos y sus ecos, y el cerebro, que procesa esta información. En el caso de las personas con ceguera, imágenes cerebrales han mostrado que se les activan áreas relacionadas con la visión, lo que podría sugerir que la ecolocalización activa procesos cerebrales determinados en personas que pierden este sentido.

Los murciélagos son más rápidos

La principal diferencia entre los sonidos que emiten los murciélagos y los humanos para ecolocalizarse es su velocidad y el rango de frecuencias. Los murciélagos emplean ultrasonidos que nuestro oído no puede captar –solo escuchamos entre los 20 hercios y los 20 kilohercios y los ultrasonidos se mueven en ondas de frecuencias superiores–.

Además, son mucho más rápidos. “Los murciélagos producen sonido de la misma manera que los humanos, con sus cuerdas vocales, pero una diferencia importante es que tienen músculos superrápidos para poder producir ritmos de llamadas muy rápidas”, compara a OpenMind Stefan Greif, investigador del grupo de Ecología Sensorial del Instituto Max Planck para la Ornitología (Alemania).

Los murciélagos emiten sonidos y analizan cerebralmente su eco.Crédito: Stefan Greif

Los murciélagos emiten sonidos y analizan cerebralmente su eco.Crédito: Stefan Greif

Este ritmo entre infrasonidos es aún más veloz cuando el animal quiere aterrizar en algún sitio o atrapar un insecto: puede llegar a emitir 160 sonidos por segundo. Cuanta más información quiera conocer de un entorno, mayor será el ritmo de sonidos que emita. Según Greif, el tiempo entre un infrasonido y otro puede llegar a ser de solo 5 milisegundos.

A pesar de las diferencias con otras especies animales, ¿podríamos concluir que la ecolocalización es algo así como el sexto sentido de los humanos? “No estoy segura si lo llamaría un sexto sentido, ya que hay demasiadas connotaciones sobre ese término que invocan creencias en poderes misteriosos que uno no puede explicar”, matiza Thaler.

Teniendo en cuenta que la ecolocalización utiliza el sentido auditivo y áreas cerebrales relacionadas con la visión en el caso de las personas ciegas, sería una especie de sentido mixto, una habilidad extra de la que aún tenemos mucho por descubrir.

Laura Chaparro

@laura_chaparro