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20 junio 2024

La guerra también tiene un coste ambiental

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Cuando en una guerra mueren miles de seres humanos, incluyendo civiles y muchos de ellos niños, el impacto ambiental podría parecer la última de las preocupaciones. Pero ocurre que, una vez acabado el conflicto, la huella de destrucción que deja no solo afecta a ecosistemas que de por sí son valiosos y necesarios, extendiendo estos daños al entorno; sino que además daña la salud de las personas y puede dificultar enormemente la vuelta a la vida normal de la población, incluso convirtiendo zonas antes pobladas en inhabitables o improductivas. El coste ambiental de la guerra es hoy una preocupación en alza.

Según el CEOBS, las fuerzas armadas del mundo son responsables del 5,5% de las emisiones globales de CO2. Crédito: Anadolu / Getty Images.

Hace más de un siglo se libró la Primera Guerra Mundial, a menudo considerada el primer conflicto moderno por las nuevas tecnologías de armamento, incluyendo el despliegue masivo de explosivos y las nuevas armas químicas como fosgeno, gas mostaza y cloro. Algunas de las más cruentas batallas se libraron en el norte de Francia, donde más de cien años después todavía persiste la huella ambiental. Tras la guerra, en las antaño tierras fértiles de Verdún se declaró una Zona Roja imposible de limpiar y de habitar que se abandonó a la repoblación natural. 

De la radiación a las dioxinas

Hoy sigue habiendo restricciones en ciertas áreas, no solo por las bombas sin explotar —hasta 300 por hectárea, incluyendo bombas de gas—, sino también por la contaminación del suelo por plomo, cloro, mercurio, cobre, cinc y arsénico; este último elemento, tóxico y carcinogénico, aún perdura a niveles de hasta 176 miligramos por kilo de suelo, causando la muerte del 99% de la vida vegetal. Incluso en lugares menos afectados, como en una zona de la batalla del Somme donde los combates fueron menos intensos, un estudio de la Universidad Christ Church de Canterbury encontró niveles de cobre y plomo que probablemente, escribían los autores, “han causado efectos perjudiciales ecotoxicológicos y en la salud humana”.

BBVA-OpenMind-Yanes-La guerra tambien tiene un coste ambiental_2 Hoy sigue habiendo restricciones en ciertas áreas donde se libró la Primera Guerra Mundial, no solo por las bombas sin explotar, sino también por la contaminación del suelo por plomo, cloro, mercurio, cobre, cinc y arsénico. Crédito: Bettmann / Getty Images.
Hoy sigue habiendo restricciones en ciertas áreas donde se libró la Primera Guerra Mundial, no solo por las bombas sin explotar, sino también por la contaminación del suelo por plomo, cloro, mercurio, cobre, cinc y arsénico. Crédito: Bettmann / Getty Images.

Después de aquella guerra, otros innumerables conflictos han dejado también su impronta ambiental, tanto en aspectos comunes como en otros particulares. Los efectos de la radiación nuclear en los años posteriores al lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki son conocidos. En la guerra de Vietnam, el herbicida y defoliante agente naranja empleado por EEUU para arrasar las selvas “contenía dioxinas peligrosas que siguen dañando a la gente y al medio ambiente hoy”, según Stacey Pizzino, Michael Waller (ambos de la Universidad de Queensland) y Jo Durham (de la Universidad de Tecnología de Queensland), que estudian el coste ambiental de las guerras. 

Las dioxinas son contaminantes orgánicos persistentes, por lo que sus niveles continúan siendo extremadamente elevados en ciertas regiones de Vietnam, detectándose también en la sangre y la leche materna de la población. Esta contaminación se ha vinculado con defectos congénitos e inestabilidad del genoma, un factor implicado en el cáncer y en enfermedades neurodegenerativas y otras.

La baja silenciosa del medio ambiente

Según estos autores, y aunque las noticias raramente nos lo muestren, “el número de conflictos armados que actualmente azotan el mundo es el mayor desde el fin de la Segunda Guerra Mundial”; 2.000 millones de personas, la cuarta parte de la población mundial, vive en países en guerra, y las muertes están en su máximo en 28 años. Los investigadores subrayan el inmenso coste en vidas humanas, pero añaden: “no debemos perder de vista lo que la guerra deja tras de sí, la baja silenciosa del medio ambiente”.

BBVA-OpenMind-Yanes-La guerra tambien tiene un coste ambiental_3 En la guerra del Golfo de 1991, los fuegos de los pozos de petróleo en Kuwait causaron una contaminación extendida, y los altos niveles de titanio y magnesio encontrados en los niños iraquíes por los residuos de la guerra se han asociado a un aumento en los trastornos neurológicos. Crédito: Per-Anders Pettersson / Getty Images.
En la guerra del Golfo de 1991, los fuegos de los pozos de petróleo en Kuwait causaron una contaminación extendida, y los altos niveles de titanio y magnesio encontrados en los niños iraquíes por los residuos de la guerra se han asociado a un aumento en los trastornos neurológicos. Crédito: Per-Anders Pettersson / Getty Images.

Este problema apenas recibió atención durante el siglo XX, pero desde comienzos del XXI se ha disparado el número de publicaciones, según el geocientífico ambiental Jonathan Bridge, de la Universidad de Sheffield Hallam. Además del trabajo científico, este crecimiento del interés se manifiesta en la creación de organizaciones como la británica Conflict and Environment Observatory (CEObs). En 2022 Naciones Unidas aprobó una resolución sobre “Protección del medio ambiente en relación con los conflictos armados” que deberá aplicarse a acciones concretas. En la cumbre del clima COP28 celebrada en 2023 en Emiratos Árabes Unidos también se abordó por primera vez esta cuestión.

Una región especialmente castigada ha sido Oriente Próximo y Medio. En la guerra del Golfo de 1991, los fuegos de los pozos de petróleo en Kuwait causaron una contaminación extendida, y los altos niveles de titanio y magnesio encontrados en los niños iraquíes por los residuos de la guerra se han asociado a un aumento en los trastornos neurológicos. En 2006 el bombardeo israelí de una central de energía en Líbano vertió 110.000 barriles de petróleo al Mediterráneo, causando un desastre ambiental. En Siria, Bridge y sus colaboradores han documentado la contaminación de los suelos y de las aguas que irrigan los cultivos. 

Los conflictos actuales y el cambio climático

Las guerras actuales de mayor relevancia global ya se están cobrando su factura ambiental. En Gaza se han detectado altos niveles de metales pesados en madres y recién nacidos, junto con defectos congénitos por exposición al fósforo blanco y otros contaminantes, todo ello antes del conflicto presente, en el que la ONU ya ha alertado de que cada día se vierten al suelo y al Mediterráneo más de 100.000 metros cúbicos de aguas residuales. La extensiva destrucción de núcleos urbanos está dispersando enormes cantidades de amianto cancerígeno. En cuanto a Ucrania, según un estudio de 2022, la destrucción de infraestructuras y el transporte de contaminantes a las reservas de agua ya ha afectado enormemente la fertilidad de los suelos de un país que se consideraba el granero de Europa, a lo que se unen los daños a la salud humana y la amenaza nuclear.

En Gaza se han detectado altos niveles de metales pesados en madres y recién nacidos, junto con defectos congénitos por exposición al fósforo blanco y otros contaminantes. Crédito: Anadolu / Getty Images.

El cambio climático aumenta el riesgo: a medida que se funde el hielo de Groenlandia, los residuos de antiguas bases secretas estadounidenses de tiempos de la Guerra Fría amenazan con envenenar el agua que abastece a la población local. En Irak y Jordania, el calentamiento ha hecho explotar depósitos de armas. Y las propias guerras alimentan el cambio climático: según el CEObs, las fuerzas armadas del mundo son responsables del 5,5% de las emisiones globales de CO2, y la Universidad Brown sitúa al Departamento de Defensa de EEUU como el mayor consumidor institucional de petróleo del mundo.

En resumen y según Bridge, la guerra es una “catástrofe sistémica” que afecta a todos los sistemas humanos y ecológicos. “Los conflictos armados dejan un duradero rastro de daños ambientales, imponiendo retos a la restauración una vez que las hostilidades han terminado”, y estos impactos son “persistentes, generalizados e igualmente letales”.

Javier Yanes

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