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24 enero 2019

Restaurar mundos perdidos para combatir el cambio climático

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Gabriel García Márquez tituló una de sus columnas: “El campo, ese horrible lugar donde los pollos se pasean crudos”. Aludía el escritor a la creciente distancia entre lo urbano (la ciudad) y lo rural (el campo) para los europeos de los años 80. Eran las primeras generaciones de niños que desconocían todo sobre la naturaleza de los pollos, excepto aquella que sale asada del horno, y las primeras generaciones de pollos ajenos al terror de ser perseguidos por las incansables crías humanas.

El campo se convertía en un mundo perdido; aunque lo cierto es que el planeta vive en una espiral de cambio constante donde la mayor certeza es, precisamente, el cambio. En el caso del entorno natural, antes de haberse convertido en lo rural, había sido otro mundo perdido con un nombre mucho más emocionante: lo salvaje. Hoy, algunos científicos sugieren que recuperar aquel mundo salvaje perdido podría ayudarnos a luchar contra el cambio más preocupante de nuestra era, el climático.

Renos en Finlandia. Crédito: Carl-Johan Utsi / © Rewilding Europe

En el Pleistoceno tardío, hace unos 14.000 años, los humanos modernos (Homo sapiens), ya habían llegado a Europa. En aquella época, hacia el final del último período glacial, leones, renos, caballos salvajes y bisontes paseaban por Europa y legendarios mastodontes por América del Norte. La evidencia científica indica que lo salvaje se asomaba entonces al precipicio, debido en parte a la intensa actividad de caza practicada por los humanos.

Tras miles de años de agricultura y ganadería, y de deterioro masivo de los ecosistemas, las poblaciones de anfibios, peces, reptiles, mamíferos y aves han disminuido de forma global casi un 60% entre 1970 y 2014. Esta pérdida no solo implica la casi total desaparición de especies carismáticas como el rinoceronte blanco, el oso panda, el tigre de Bengala o el elefante de Sumatra, sino también de sus funciones en los ecosistemas.

La vuelta de animales desaparecidos

Para restaurar estos mundos perdidos, la ciencia de la conservación utiliza cada vez más el llamado trophic rewilding: la reintroducción de animales desaparecidos o con poblaciones muy pequeñas, desde elefantes a tortugas gigantes, de rinocerontes a bisontes, para restaurar las cadenas tróficas —el famoso quién se come a quién en la naturaleza— y que los ecosistemas se regulen por sí mismos.

El caso más famoso es la reintroducción del lobo en el Parque Nacional de Yellowstone (EEUU) en los 90, y casi el único del que se puede asegurar que el ecosistema cambió: disminuyó la densidad de ciervos y se recuperaron grandes zonas de bosque. El rewilding se refiere ahora no tanto a una forma de conservación de especies al borde del desvanecimiento absoluto, como el lince ibérico en España, sino a “resilvestrar” grandes extensiones de territorio especialmente con grandes herbívoros.

Lobos rodean a un bisonte en el Parque Nacional de Yellowstone. Crédito: National Park Service

Los biólogos más intrépidos se preguntan, incluso, si el rewilding podría afectar al clima. En el Ártico, por ejemplo, la situación es tan extrema que en pocos años el hielo en verano puede que solo exista como recuerdo. Las plantas termófilas invaden la tundra por el aumento de temperatura global, mientras el hielo se derrite inexorablemente y disminuye el albedo, la radiación solar que refleja la Tierra y que es mayor en el hielo y la nieve, lo que a su vez aumenta el calentamiento. Algunos climatólogos lo llaman la “espiral ártica de la muerte”.

En este delicado mundo, los renos salvajes y el buey almizclero son los únicos grandes herbívoros. Los renos, sin embargo, han disminuido en torno a un 56% en menos de 20 años. Al tratarse de los únicos consumidores del exceso de plantas, una investigación reciente propone reforzar sus poblaciones para controlar la vegetación y aumentar el albedo.

Conservar frente a recuperar

El estudio sugiere también llenar de grandes herbívoros las selvas tropicales, que están sustituyéndose por campos de palma y soja, argumentando que la pérdida de fauna limita la dispersión de semillas y con ello la capacidad de regeneración de los bosques que absorben CO2. Por último, los autores proponen sustituir el ganado tradicional —vacas, cabras u ovejas— por grandes herbívoros no rumiantes; por ejemplo caballos, que producen menos metano (un gas de efecto invernadero) en sus sistemas digestivos.

Caballos salvajes. Crédito: Pxhere

A pesar de lo cautivador que puede ser volver a ver bisontes repoblando las tierras de Europa —ya existen en algunas granjas—, el rewilding no está exento de críticas. Al biólogo Miguel Delibes de Castro, exdirector de la Estación Biológica de Doñana (España) y uno de los mayores expertos en la conservación del lince ibérico, la idea no le convence: “El mundo cambia muy deprisa y es un poco utópico pensar que podemos reconstruir un ecosistema de hace tiempo”, dice. “Como idea es algo bonito, atractivo y genera entusiasmo, pero es dudoso que esa sea una forma razonable de conservar la naturaleza a escala global, de invertir la tendencia de destrucción”.

Según Delibes de Castro, se está perdiendo naturaleza a un ritmo mucho más rápido de lo que el rewilding puede aspirar a contrarrestar, por lo que sería preferible dedicar los grandes esfuerzos a conservar lo que se está deteriorando ahora, antes que a recuperar lo que ya se ha deteriorado. “El cambio climático va muy deprisa”, advierte. “No podemos decir: a ver si dentro de 100 años bebemos leche de yegua y comemos carne de caballo… Puede ser, pero para entonces ¿dónde estará el nivel del mar, el CO2…? Es más urgente intentar parar las emisiones de CO2.”

Eugenia Angulo

@eugenia_angulo

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