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12 febrero 2013

La huella urbana – parte II

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Las urbes respiran aire puro y exhalan aire viciado. Beben, devoran y expulsan detritos. Necesitan energía para latir, para desplazar personas y suministros, para protegernos de los rigores del clima, o para iluminar la noche.

Su metabolismo demanda unos insumos que cada vez cuesta más esfuerzo obtener: energía, agua, materiales… y crece su dependencia de lugares cada vez más lejanos porque el medio rural inmediato suele ser insuficiente para generar los suministros necesarios. Nuestros alimentos son producidos a cientos o miles de kilómetros de donde son consumidos, nuestras herramientas de trabajo y nuestros bienes de consumo habrán viajado desde Asia, igual que viajarán hasta su destino los productos creados por nuestra industria, y, aunque los flujos paralelos de riqueza inmaterial cobren cada vez más importancia (información, conocimiento, servicios intangibles), el trasiego de bienes materiales seguirá siempre siendo vital.

Así, las ciudades son los nodos extremos de la tupida malla de transporte y logística que hemos configurado, y al mismo tiempo los nodos centrales del proceso más genérico que lleva a cabo nuestro sistema socioeconómico en el plano físico:

 

En la primera parte de La huella urbana me centré en cuantificar el crecimiento urbano previsto para las próximas décadas, y en visualizar qué suponía todo ello en términos de ocupación de suelo, según cuál sea el modelo de ciudad que se tome como paradigma atendiendo al parámetro de densidad urbana.

En cualquier caso, el impacto de las ciudades no se limita a la mera ocupación de suelo, ¿qué ocurre cuando una persona emigra del campo a la ciudad?

En primer lugar, pasa generalmente de tener cierta autosuficiencia alimentaria a ser un ciudadano dependiente, cuyos bienes más básicos: agua, alimentos, energía, han de ser generados lejos y transportados hasta él.

En segundo lugar, sus estándares de consumo se incrementan, pues además de ver crecer normalmente su prosperidad económica, pasa a ser usuario de unas infraestructuras comunes que de por sí precisan elevados insumos. Vemos así como hay una desproporción desfavorable entre el peso demográfico de las ciudades, y su participación en los consumos globales.

BBVA-OpenMind-Juan Murillo-huella urbana ii

 

Cabe en este punto recordar que nuestro sistema se mantiene porque, una vez consumidos los recursos que el planeta regenera cada año, recurrimos al stock acumulado en los millones de años pasados: la energía no renovable, la disminución de biodiversidad, la creciente escasez de ciertos minerales, o el “agua fósil” extraída de acuíferos a grandes profundidades, sobreexplotados más allá de su nivel de reposición, son buenos ejemplos de cómo año a año reducimos paulatinamente nuestros capital de materias primas, pues en realidad necesitaríamos 1,6 planetas para que nuestra demanda global estuviese en equilibrio con la capacidad regenerativa de la Tierra.

De cómo mitigar el impacto de nuestras ciudades sobre el medio mejorando el metabolismo urbano tratan el conjunto de medidas que han venido a englobarse bajo el amplio concepto de nuevas ciudades inteligentes que mantienen como objetivo lograr más con menos, optimizar los ciclos urbanos y eliminar los consumos superfluos al tiempo que se mantiene o incrementa la calidad de vida a los ciudadanos.

Para ello se proponen nuevas directrices de diseño y de gestión, y se emplean herramientas que hibridan ingeniería y urbanismo.

No se trata de tecnificar la ciudad haciendo un mero alarde de capacidades tecnológicas injustificadas, sino de atender a unos objetivos medioambientales claros, aprovechando oportunidades que tenemos al alcance de la mano.

Tengamos en cuenta que, de cumplirse, los escenarios futuros de escasez energética y la necesidad de disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero no nos van a dejar lugar a elección: la eficiencia pasará de ser optativa a ser obligatoria, y con ella el conjunto de medidas que transforman una ciudad actual en una “ciudad inteligente”.

Por otro lado, Lagos, Nairobi, Manila o Yakarta… ¿smart cities? Comprendo bastante bien y hasta comparto el escepticismo de algunos. Es evidente que los parámetros de bajísimo impacto con los que se ha diseñado por ejemplo la ciudad ex novo de Masdar no son generalizables por su elevado coste económico, esto nos señala que la tecnología no está aún madura, pero lo estará.

Indudablemente en los lugares más desfavorecidos la prioridad seguirá siendo ordenar la expansión urbana para que no se sobrepase la capacidad de reacción y de acogida, y el mayor reto allí será durante largo tiempo mantener un nivel mínimo de servicio en los suministros básicos y en la gestión de los desechos (recordemos los objetivos del milenio aún por alcanzar: esos mil millones de personas todavía sin acceso a agua potable, o los 2.000 millones que no hacen uso de redes de saneamiento, por ejemplo). En estos países, antes de pensar en elementos ultrasofisticados, habrá que conseguir las metas mínimas de salubridad basándonos en la ingeniería urbana clásica.

En cualquier caso todo lo aprendido en el mundo desarrollado puede servir para conformar nuevos paradigmas, una vez que sean seleccionadas las mejores herramientas en cada campo. El propio alza de precios de los recursos básicos contribuirá a que los costes de inversión requeridos se consideren asumibles si se consiguen unos ahorros significativos en el uso de materias primas, agua y energía, lográndose de este modo un abaratamiento relativo y que estas soluciones sean replicables en el mundo en desarrollo.

En definitiva, a lo largo de estos dos artículos me gustaría haber logrado  transmitir cuatro ideas:

1)    Una población creciente frente a unos recursos finitos debe dirigir todos sus esfuerzos a incrementar su eficiencia para ser viable a largo plazo.

2)    Una ciudad compacta es mucho más sostenible que una dispersa, y además esta densidad elevada contribuye a que las medidas de eficiencia sean aplicables con mayor facilidad.

3)    El crecimiento urbano en el tercer mundo ha de llevarse a cabo de manera ordenada, para lo que son precisos unos gobiernos locales eficaces, que planifiquen y conduzcan la expansión urbana.

4)    Es responsabilidad del mundo desarrollado invertir en investigación, innovación y desarrollo para que las herramientas de mejora de los ciclos urbanos estén disponibles a un costo razonable en todos los países.

Juan Murillo

Urbanista y manager de Big Data, BBVA Innovation Center, Madrid (España)

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