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17 junio 2019

Geoingeniería solar: ¿una sombrilla sobre la Tierra contra el cambio climático?

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Recientemente, un documento del Breakthrough – National Centre for Climate Restoration de Australia alertaba de que los modelos del cambio climático están manejando estimaciones demasiado conservadoras, y que para 2050 “la escala de destrucción supera nuestra capacidad de modelización, con una alta probabilidad de que la civilización humana llegue a su fin”. Ante predicciones tan escalofriantes, ciertos medios están empezando a adoptar la expresión “crisis climática” con el fin de subrayar que estamos inmersos en una carrera contra reloj por evitar la catástrofe. Y en esta carrera, toda idea es digna de estudio, incluso si se trata de la más audaz: enfriar la Tierra reduciendo la radiación solar que atraviesa la atmósfera a escala planetaria.

La geoingeniería contra el cambio climático está presente ya desde hace décadas en las pizarras de los expertos. En su forma más básica busca eliminar gases de efecto invernadero de la atmósfera terrestre, por ejemplo secuestrando CO2 en el interior de la Tierra. Sin embargo, una segunda variante persigue un objetivo más ambicioso, apantallar la radiación solar para compensar así el calentamiento global; algo así como colocar una sombrilla sobre el planeta.

Evidentemente, una propuesta tan radical requiere extensos y profundos estudios para garantizar que la modificación artificial del clima no engendre de por sí consecuencias desastrosas. Por ello, la ingeniería climática ha sido una disciplina controvertida desde su nacimiento. Aunque en las conferencias celebradas a lo largo de esta década los científicos han coincidido en defender la investigación en geoingeniería, aún existen serias dudas respecto a los enfoques que merecen un estudio más detallado.

La idea más concreta que hoy se maneja consiste en dispersar aerosoles de partículas en la atmósfera para disminuir la insolación de la superficie terrestre. Respecto a la naturaleza de tales partículas, se han apuntado diversas propuestas, como microgotas de agua marina, cristales de hielo o incluso alúmina y polvo de diamante.

Columna de la erupción del Monte Pinatubo (Filipinas), el 12 de junio de 1991. Crédito: Dave Harlow, USGS

La solución que ha atraído mayor interés en los últimos años es la dispersión de aerosoles de sulfato, un proceso que pretende mimetizar el efecto de las grandes erupciones volcánicas. En el pasado, estos fenómenos naturales han alterado el clima global de forma transitoria; el caso más celebre es el “año sin verano” de 1816, debido principalmente a la erupción del volcán Tambora en Indonesia.

Efectos secundarios

Sin embargo, la propuesta suscita graves recelos. Los expertos sugieren que el procedimiento podría alterar peligrosamente los patrones globales de lluvias y dañar la capa de ozono debido al ácido sulfúrico formado. En 2018, un estudio publicado en Nature analizó los experimentos naturales de pasadas erupciones volcánicas para determinar cuáles fueron sus efectos sobre la agricultura. Y si bien una reducción del calentamiento alivia el estrés térmico en las cosechas, los resultados mostraban que la disminución de la luz del Sol afecta negativamente al crecimiento.

Así, en 1991 la erupción del Pinatubo en Filipinas inyectó en la atmósfera unos 20 millones de toneladas de dióxido de azufre, lo que redujo la luz solar en un 2,5% y disminuyó la temperatura global en medio grado centígrado. Estudiando la producción global de trigo, arroz, maíz y soja en 105 países entre 1979 y 2009, junto con la observación por satélite de los aerosoles dispersados por la erupción y en el contexto de los modelos climáticos globales, los investigadores encontraron que el enfriamiento no redunda en un aumento de las cosechas.

“Nuestro estudio encontró que, para la productividad agrícola, los beneficios potenciales de la geoingeniería solar debidos a la reducción de las temperaturas serían anulados por los daños causados por la reducción de la luz solar”, explica a OpenMind el autor principal del estudio, Jonathan Proctor, de la Universidad de California en Berkeley. “Así que no habría un beneficio neto para la agricultura”. Proctor añade asimismo que otros sectores de la economía podrían verse afectados; el problema es que aún se ignora en qué sentido: “Podrían beneficiarse sustancialmente o dañarse sustancialmente, no lo sabemos”.

Con todo, Proctor considera que sus resultados no invitan a descartar por completo la geoingeniería solar, sino a valorar con extrema prudencia las opciones disponibles. “Optimizar las propiedades radiativas de las partículas utilizadas podría mitigar los daños debidos a la luz del Sol”, dice. Esta optimización es el propósito de científicos como el físico de la Universidad de Harvard David Keith, uno de los más visibles proponentes de la gestión de la radiación solar. Según Keith, “algunos de los problemas identificados en estudios previos, donde la geoingeniería solar anula el calentamiento por completo, son ejemplos del viejo adagio de que la dosis hace el veneno”.

Diagrama del experimento SCoPEx, llevado a cabo por un globo científico. Crédito: Harvard University

La propuesta de Keith no busca compensar el calentamiento global en su totalidad, sino solo reducir a la mitad el aumento de temperatura debido a los gases de efecto invernadero. Los cálculos de Keith y sus colaboradores muestran que esta fórmula evitaría cambios drásticos en las temperaturas y las precipitaciones, moderando en un 85% la intensidad de los ciclones tropicales y limitando los posibles efectos negativos a menos del 0,4% de la superficie terrestre, precisamente en lugares que han sufrido menos el azote del cambio climático. Según el autor principal de este estudio, Peter Irvine, el resultado es “una gran reducción general en el riesgo climático sin aumentar significativamente el riesgo en ninguna región”.

De los modelos informáticos al mundo real

Pronto estas predicciones tal vez puedan empezar a confirmarse. Keith es uno de los responsables del Experimento de Perturbación Estratosférica Controlada (SCoPEx), previsto para este año pero aún sin fecha definida. El SCoPEx utilizará un globo equipado con hélices para dispersar aerosoles en un sector de cielo de 1 kilómetro de largo por 100 metros de diámetro, a 20 kilómetros de altura y durante al menos 24 horas. Se emplearán partículas de un material que no daña la capa de ozono: carbonato cálcico, el mismo que forma la roca caliza, las conchas y cáscaras de huevos, y que se emplea también como antiácido digestivo. Los instrumentos situados en el globo permitirán medir los cambios en la química atmosférica y la dispersión de la luz solar.

Si el SCoPEx procede según lo previsto, tal vez este año veamos cómo la geoingeniería solar comienza a trasladarse desde los modelos informáticos y los ensayos de laboratorio al mundo real, si bien a una escala prudentemente minúscula. Y aunque la controversia sobre estas propuestas seguirá muy presente, son muchos los expertos para quienes ya no es posible no hablar de geoingeniería solar. En palabras del director de SCoPEx, el científico atmosférico Frank Keutsch, “nunca deberíamos elegir la ignorancia sobre el conocimiento”.

Javier Yanes
@yanes68

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