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09 abril 2019

En busca de las huellas del Antropoceno, la era del ser humano

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En geología convivían una serie de principios que se daban por descontados. Uno de ellos asumía que la acción humana sobre el planeta es insignificante y fugaz al lado de fuerzas tan profundas como las que levantan montañas y dan forma a los océanos. Otro, que estos procesos geológicos ocurrían con férrea determinación en el transcurso de millones o incluso miles de millones de años. Pero en geología, sobre todo, se pensaba exclusivamente en el pasado. Entonces llegó el Antropoceno.

El término no es nuevo, llevaba tiempo dando vueltas a la espera de conseguir rango científico. En el año 2000, el biólogo Eugene Stoermer y el premio Nobel de Química Paul Crutzen lo utilizaron para definir una posible nueva época geológica dominada por el impacto humano sobre el planeta: anthropos. Humano. La Edad Humana.

Un bloque colapsado de permafrost en Drew Point, Alaska. Crédito: Benjamin Jones, USGS

Argumentaban Crutzen y Stoermer que la extensión y magnitud del efecto de nuestra industrializada especie sobre el planeta había adquirido tal envergadura que, en escasas décadas, habíamos dejado de ser meros habitantes para convertirnos en auténticas fuerzas geológicas. Los buenos tiempos del Holoceno, la época geológica en la que oficialmente aún vivimos, habrían quedado atrás: 12.000 años de clima estable en los que pudimos colgar el abrigo tras la última era glacial, y las civilizaciones humanas se desarrollaron y prosperaron.

El honor de nuestro nuevo papel terrestre es ciertamente dudoso. La cantidad de materiales que transportan camiones y medios mecánicos triplica hoy la cantidad que mueven todos los ríos a los océanos del planeta. La producción de plásticos ha alcanzado 300 millones de toneladas anuales: aproximadamente, la masa del conjunto de los cuerpos humanos vivos. Los niveles de CO2 y metano en la atmósfera son los más altos de los últimos 10.000 años.

Y la lista sigue. En cualquier punto de Europa se puede encontrar cemento o asfalto a menos de un kilómetro y medio de distancia. Cenizas de la quema de combustibles fósiles —partículas carbonáceas esferoidales- pintan de gris la totalidad del mundo. Las rocas, que hasta ahora contenían nuestro pasado geológico —el hueso de un antepasado milenario, un insecto petrificado—, contienen hoy los restos de nuestro voraz presente: la desnudez plástica de una muñeca, el móvil que todavía joven ya es basura… Tecnofósiles para el asombro de los geólogos del futuro.

La gente local de Watamu (Kenia) recogiendo plástico en la playa.Credit: Cyril Villemain/UNEP

La cuestión que se plantea, y que está provocando encendidos debates en la comunidad geológica, parece sencilla: ¿son estos cambios suficientes para definir un nuevo tiempo geológico, o no son más que una anécdota que el tiempo engullirá con el suceder de los siglos?

A la caza del presente

La Comisión Internacional de Estratigrafía realiza una labor que la imaginación suele encargar a los dioses de las tragedias griegas: velar por el tiempo geológico, cuya forma conceptual es la Escala del Tiempo Geológico. En 2009, esta comisión creó el Grupo de Trabajo sobre el Antropoceno (GTA) formado por 38 geocientíficos de todo el mundo con un mandato muy preciso: analizar si los humanos hemos cambiado el planeta lo suficiente como para producir una firma estratigráfica única y distinta al Holoceno que haya quedado grabada en los sedimentos y las rocas del planeta. En caso afirmativo, encontrar su ubicación más característica que en geología recibe el hermoso nombre de clavo dorado, técnicamente, sección estratotipo y punto del límite global.

Playa de Tunelboca, en Bizkaia, una zona donde puede verse el Antropoceno geológico. Crédito: Roberto Martínez.

Convencido sobre la primera cuestión, en 2016 el GTA propuso una fecha de inicio del Antropoceno: 1950. “La magnitud de lo que estamos viendo en los sedimentos es tan, o incluso más grande, que la que vemos para definir otros tiempos geológicos del pasado. A partir de la segunda mitad del siglo XX el impacto humano se ha convertido en un fenómeno global, sincrónico y acelerado en todo el mundo”, explica Alejandro Cearreta, profesor de la Universidad del País Vasco y miembro del GTA. “A pesar de que somos una única especie dentro de los millones de especies del planeta, en solo unas pocas décadas hemos generado una transformación inaudita en términos de intensidad y extensión. Eso es una anomalía, pero es que somos una especie muy anómala”.

La fecha elegida tiene que ver con parte de esa anomalía: desde 1945 hasta 1963 se detonaron unas 400 bombas nucleares liberando isótopos radiactivos, como el plutonio 238 y 239, que cayeron como una lluvia sobre cada rincón de la Tierra. “Todos los materiales del planeta que se han depositado con posterioridad a 1952 estemos en el fondo oceánico, en una marisma o en cualquier montaña, tienen un contenido más o menos abundante en isótopos artificiales”, dice el científico.

Para formar la anomalía completa, el GTA tiene más indicadores: ascensión del nivel de mar, alteración de los ciclos de nitrógeno y fósforo por el uso de fertilizantes, incremento de los niveles de dióxido de carbono y metano atmosféricos, extinción masiva de especies…

Un área quemada por el incendio del Parque Nacional de Jasper, en Canadá. Crédito: Joyce Williamson, USGS.

Resuelta la primera cuestión, los científicos del GTA buscan ahora el clavo dorado. En total hay localizados siete lugares candidatos: la bahía de San Francisco, el Mar Báltico, el lago Crawford en Canadá, el lago Huguangyan en China, el Etang de la Gruère en Suiza, la gruta de Ernesto en Italia, un sondeo de hielo antártico…

Si la Comisión Internacional de Estratigrafía confirma la palabra final del GTA, la Unión Internacional de Ciencias Geológicas decidirá si declara el fin del Holoceno y el inicio del Antropoceno.

“La geología antes miraba el pasado, era como si la vieras desde una barrera, como si hablásemos de otro planeta”, continúa el geólogo, “pero el Antropoceno es distinto. Nos da una perspectiva de nuestro impacto en el futuro que no teníamos antes. Y podemos cambiar de rumbo”.

Lo que ya no tenemos es el lujo de la ignorancia.

Eugenia Angulo

@eugenia_angulo

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