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18 diciembre 2014

Cómo celebrar unas Navidades verdes

Globalización | Medio ambiente | Sostenibilidad y ecología
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¿Árbol real o árbol artificial? A esta pregunta se enfrentan cada diciembre muchos ciudadanos que no quieren dejar de decorar su hogar con los adornos típicos de las fiestas que se avecinan, pero que tampoco quieren renunciar a hacerlo de una forma responsable con el medio ambiente. Se diría que un árbol de Navidad artificial evita que los abetos naturales sean arrancados del lugar al que pertenecen. De hecho, la deforestación provocada por los fastos navideños impulsó a finales del siglo XIX la creación de los primeros árboles artificiales, hechos en Alemania con plumas de ganso teñidas de verde y adosadas a ramas de alambre que se disponían alrededor de un poste de madera.

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Árbol de navidad artificial hecho con plumas de ganso

Es evidente que la tala de un abeto conlleva un coste medioambiental, ya que los árboles vivos secuestran dióxido de carbono (CO2) y liberan oxígeno. Pero el impacto es también innegable en el caso de los árboles artificiales, que hoy se fabrican mayoritariamente en China con policloruro de vinilo (PVC). Aunque se trata de un plástico reciclable, el uso tradicional de plomo como estabilizador convierte a este material en una fuente contaminante, sobre todo a medida que el PVC envejece y en especial a partir de los nueve años de su fabricación, según un estudio elaborado en 2004. La industria del PVC tiende a reemplazar el plomo por otros estabilizantes más ecológicos.

Los árboles artificiales tienen sus principales adalides en la Asociación Estadounidense de Árboles de Navidad (ACTA, por sus siglas en inglés), que agrupa a los productores. Un estudio encargado en 2010 por esta entidad a la consultora especializada en sostenibilidad PE International llegó a la conclusión de que el impacto medioambiental es mínimo en ambos tipos de árbol, y que son los factores de su ciclo los que aumentan la huella ecológica, como su transporte, duración y gestión al final de su vida útil. ACTA aconseja minimizar el transporte, prolongar el uso de los árboles artificiales durante un mínimo de seis años, y seguir las directrices de las autoridades locales a la hora de descartarlos. La Asociación defiende que el uso de un árbol artificial durante más de ocho años es medioambientalmente más respetuoso que talar ocho ejemplares naturales. El director ejecutivo de ACTA, Jami Warner, concluye que “ambos tipos de árboles tienen virtudes y la decisión se basa en opciones personales; no es blanco ni negro”.

Sin embargo, no todas las opiniones coinciden con la de ACTA, ni todos los estudios con el de PE International. Otra investigación elaborada por la consultora canadiense Ellipsos (hoy Ellio) en 2009 daba como vencedor al árbol natural. Según este estudio, el impacto de un árbol artificial sobre el cambio climático y los recursos triplica el del abeto natural para un uso medio de seis años, y solo se invierten los términos si el de plástico se reutiliza durante más de dos decenios. El mismo veredicto lo comparte la consultora global Carbon Trust. “Un árbol artificial debe reutilizarse durante al menos 10 Navidades para mantener su impacto ambiental por debajo del de uno natural”, concluye esta entidad, que atribuye dos terceras partes de la huella de carbono del árbol artificial al PVC y un cuarto de la misma a las emisiones debidas a su fabricación. El Carbon Trust estima en 40 kilos de CO2 la huella de carbono de un árbol artificial de dos metros.

Según esta entidad, el destino de un árbol al final de su vida útil es más relevante de cara a su impacto ambiental que su origen y transporte. Un ejemplar natural en un vertedero se descompone y produce metano, “25 veces más potente como gas de efecto invernadero que el CO2, lo que equivale a una huella de carbono de 16 kilos de CO2. En cambio, si el mismo árbol se quema, se planta o se tritura, el impacto se reduce a 3,5 kilos de CO2, un 80% menos. Para el Carbon Trust hay una recomendación clara: “Sin duda la mejor opción es un árbol en maceta que, con cuidados, puede replantarse después de la estación festiva y reutilizarse año tras año”, señala el director de certificación del Carbon Trust, Darran Messem.

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Iluminación navideña con luces LED

No obstante, la huella ecológica de la Navidad no se limita al árbol. El consumo, las comidas copiosas, la iluminación y los desplazamientos aumentan nuestro impacto medioambiental en estas fiestas. Para minimizar el efecto de nuestras celebraciones, el Carbon Trust publica una serie de recomendaciones que en su mayor parte son obvias: sustituir la iluminación tradicional por luces LED, reciclar, consumir solo lo necesario y no preparar kilos de comida que acabarán en la basura. Pero algunas de las pistas facilitadas resultan menos inmediatas. Por ejemplo, comprar los regalos por internet evita las emisiones asociadas al viaje al centro comercial y ayuda a focalizar el consumo. Por otra parte, un horno encendido y una nutrida reunión familiar permiten moderar el uso de la calefacción. Tampoco todos los alimentos que pueden prepararse en estas fechas implican el mismo coste medioambiental: los de origen vegetal son los más ecológicos, y el pavo produce una huella menor que las carnes rojas. Todo sea por contribuir a que podamos seguir celebrando estas fiestas durante muchos años más.

Por Javier Yanes para Ventana al Conocimiento

@yanes68

 

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