Wade Hampton Frost y el reto casi imposible de contar los muertos de una pandemia

Crédito: National Museum of Health and Medicine

La dimensión de la actual pandemia empezó a quedar más patente cuando a finales del pasado mayo la primera potencia mundial, EEUU, superó los 100.000 muertos por la COVID-19. Esa cifra oficial, aún no alcanzada por ningún otro país del mundo, podría ser considerablemente inferior a las muertes reales, según estudios que estiman un 50% más de víctimas mortales en las zonas más afectadas. Mientras en países como España la oposición política acusa al Gobierno de ocultar las verdaderas cifras de muertos, lo cierto es que ese recuento es casi imposible de hacer con precisión.

A factores incontrolables, como los pacientes que mueren sin llegar a ser diagnosticados, se une la propia complejidad de la recogida y el procesamiento de esos datos. Estas dificultades, inherentes a cualquier epidemia, se multiplican en el caso de una pandemia. Y todavía era mucho más complicado hace un siglo, cuando en medio de la pandemia de gripe de 1918 un desconocido funcionario estadounidense encontró un método científico para acercarse a la cifra real de muertos. Por ello ahora empieza a reconocerse a Wade Hampton Frost como uno de los padres de la epidemiología.

Retrato de Wade Hampton Frost conservado en la Universidad Johns Hopkins, en la que fue profesor y decano de su Escuela de Salud Pública. Autor: Walmsley Lenhard

Poco se sabe de la vida de Wade Hampton Frost (3 marzo 1880 – 1 mayo 1938) hasta ese momento crucial, salvo que fue el hijo de un médico rural del Interior del estado de Virginia y fue educado en casa por su madre. Tras seguir la vocación paterna y terminar la carrera de Medicina —destacando por sus habilidades matemáticas y de análisis clínico—, ingresó en el Servicio de Salud Pública de EEUU en 1906 y fue enviado a Nueva Orleáns a combatir un brote de fiebre amarilla. Su equipo logró controlar aquel brote, el último de esa enfermedad registrado en EEUU. Tras ese éxito, Frost fue ascendido para trabajar en el Laboratorio Nacional de Salud Pública. Allí se centró en la investigación de los terribles brotes de polio, que repentinamente paralizaban y mataban a niños en una zona concreta, y descubrió que una de las claves de esos brotes aparentemente imprevisibles era que muchos niños podían ser infectados por el virus pero seguir siendo asintomáticos, transmitiendo la epidemia de manera silenciosa.

Un extraño patrón en la gripe más virulenta

En ese trabajo seguía Wade Hampton Frost cuando en otoño de 1918 el brutal incremento de las muertes por gripe llevó al cierre de escuelas en la costa este de EEUU, a la saturación de hospitales y a un recuento diario de víctimas que copaba los titulares de los periódicos. El elevado número de muertes desbordaba la capacidad de los funcionarios de salud para contarlos, especialmente en las áreas urbanas más pobladas, mientras que la atención médica en las zonas rurales era precaria. Además, el microscópio electrónico aún no había sido inventado: no había manera de detectar algo tan pequeño como un virus, y sin ningún tipo de test diagnóstico, muchos casos de esa gripe especialmente agresiva fueron confundidos con casos de neumonía.

Para registrar el avance de la pandemia en su país Frost y su colega Edgar Sydenstricker diseñaron una gran encuesta nacional de salud. Casa por casa, y siguiendo una muestra estadísticamente representativa, los entrevistadores lograron rellenar unos 113.000 cuestionarios, en los que se recogía la edad y el sexo de todos los inquilinos de cada casa, así como la fecha y duración de cualquier posible caso de neumonía o gripe, ya fuese leve, grave o mortal.

Gracias a esta macroencuesta, Wade Hampton Frost descubrió un extraño patrón de mortalidad en la gripe de 1918. Al contrario que las gripes estacionales, no afectaba más a niños y ancianos, sino que su mortalidad era mucho más elevada en adultos jóvenes (menores de 40 años). Frost fue más allá e inventó un método para analizar los datos de la encuesta, con el empeño de poder saber con más exactitud cuánta gente había fallecido por la pandemia. Podía haber considerado que sus datos de 1918 eran suficientemente precisos, pero decidió compararlos con la mortalidad por gripe y por neumonía de años anteriores, que le sirvieron como base para fijar un patrón de mortalidad “normal” a lo largo del año: 1,5 muertes por cada mil habitantes en una temporada de gripe habitual, frente a las 5,5 registradas en el pandémico otoño de 1918.

El problema de las muertes indirectas

Por primera vez se utilizó el método del exceso de mortalidad, ahora clásico en epidemiología. Según los cálculos de Frost, la diferencia en esa ola de la pandemia fue de 4 muertes más por cada mil habitantes en todo EEUU, un dato que sirvió para evaluar mejor el impacto de la segunda ola de la gripe de 1918 que la cifras oficiales de muertos, dada la diferente fiabilidad de esos datos según las áreas geográficas.

Gráfica que muestra la evolución de muertes en Europa en 2019 y lo que va de 2020. La línea punteada gris muestra la línea base y la roja el límite de un incremento sustancial. Fuente: EUROMOMO

El método de Frost es usado hoy en día, tanto por los centros de Control y Prevención de la Enfermedad de EEUU (CDC) como por su homólogo europeo (el ECDC). La primeras estimaciones del exceso de mortalidad en el inicio de la actual pandemia en EEUU detectaron un 57% más de muertes adicionales que los fallecimientos por COVID-19 confirmados oficialmente. Sin embargo, hay que tener en cuenta que estas estimaciones generales incluyen también muertes indirectamente causadas por la pandemia, como las de personas que sufrieron un infarto y no solicitaron suficientemente rápido asistencia sanitaria por estar confinados; o los pacientes con diferentes dolencias que no pudieron ser bien atendidas en unos hospitales saturados por la pandemia; o quienes fallecieron debido a consecuencias físicas y mentales del distanciamiento social y el confinamiento.

El método del exceso de mortalidad de Frost nos da una medida más precisa del impacto general de una pandemia, frente a los imperfectos sistemas para recontar los fallecidos por la enfermedad. “No vamos a saber el verdadero número de muertes por COVID-19 hasta que se asiente la polvareda”, explicó recientemente a National Geographic el epidemiólogo Daniel Weinberg, de la Universidad de Yale. Combinar estadísticamente los datos ambos métodos (número de muertes confirmadas y exceso de mortalidad) durante los próximos años nos llevará a estimar una cifra total de muertos por Covid-19, que será la que finalmente figure en los libros de historia.

Francisco Doménech
@fucolin