El mundo después de la COVID-19: ¿cómo cambiará nuestra lucha contra los virus?

Las pandemias han sido los desastres que más vidas humanas han borrado, llegando a cambiar el curso de la historia. Incluso los virus de tiempos recientes con un impacto global inmediato menos drástico que el SARS-CoV-2 de la COVID-19 —como el VIH, el ébola, las gripes epidémicas, el SARS o el MERS— deberían habernos preparado ya para responder contra nuevas amenazas futuras. Sin embargo, y a pesar del gran desarrollo de la ciencia, es curioso que nuestras mejores armas para responder a la actual pandemia hayan sido hasta ahora tan primitivas que algunas existen incluso desde tiempos bíblicos: cuarentena, aislamiento, distancia social, higiene, mascarillas… Pero así como los antibióticos transformaron nuestra lucha contra las bacterias, ¿encontraremos un breakthrough que nos confiera la ventaja definitiva en nuestra guerra contra los virus?

Una pregunta frecuente es por qué no tenemos el equivalente a los antibióticos contra los virus; es decir, fármacos capaces de dominarlos a todos. Pero bacterias y virus son entes muy distintos. Las primeras son generalmente organismos de vida libre cuyo camino evolutivo se separó del nuestro en tiempos muy antiguos; como resultado, sus células son notablemente diferentes de las nuestras, lo que permite encontrar compuestos que puedan interferir con sus mecanismos metabólicos sin afectar a los humanos. Esto se conoce como toxicidad selectiva.

El descubrimiento de antivirales

El caso de los virus es otro. En primer lugar, todos ellos son parásitos intracelulares que necesitan utilizar la maquinaria de las células que colonizan. Un virus fuera de su hospedador es un agregado de materia orgánica inerte que no tiene metabolismo con el que interferir. Y cuando nos infecta, ya forma parte de nosotros mismos, por lo que resulta más complicado atacarlo sin agredir a nuestro propio organismo. Como escribían en The Conversation las investigadoras Christine Carson y Rachel Roper, “esto hace difícil matar a los virus sin matar a nuestras propias células en el proceso”. “Matar a los virus es fácil. La parte difícil es mantener a las células hospedadoras vivas cuando lo haces”, escribían las dos expertas. 

Los antibióticos disponibles se cuentan por cientos, mientras que el número de antivirales ha comenzado a progresar en las últimas década. Fuente: Pixnio

Una dificultad adicional es que los virus son enormemente diversos: emplean una gran variedad de receptores celulares para invadir tipos de células muy diferentes, y por tanto no existe un mecanismo de infección común a todos ellos sobre el que se pueda actuar. Es por ello que los antibióticos disponibles hoy se cuentan por cientos, con posiblemente más de 150 en desarrollo preclínico, mientras que el número de antivirales solo ha comenzado a progresar en las últimas décadas: en 1990 se reducían a cinco; hoy rondan los 90.

Las estrategias para el descubrimiento de antivirales son múltiples, como lo son las dianas a las que van dirigidas: desde inhibir la unión del virus a la célula a impedir la formación de las nuevas partículas virales, pasando por bloquear el procesamiento de su material genético o de sus proteínas. En algunos casos estos fármacos se diseñan específicamente dirigidos contra componentes de virus concretos, lo que no solamente es un proceso largo y laborioso, sino que además restringe su utilidad a un solo patógeno o a varios estrechamente relacionados.

Pero incluso cuando los antivirales pretenden atacar a un grupo más amplio de virus con mecanismos similares, su utilidad suele ser limitada. El remdesivir, un fármaco experimental de gran actualidad por su capacidad demostrada de reducir el tiempo de recuperación de la COVID-19, se anuncia como un antiviral de amplio espectro porque su estructura molecular como análogo de un componente del ARN lo postulaba como un inhibidor de los virus que utilizan esta clase de material genético. Sin embargo, fracasó contra la hepatitis C, el virus para el que fue creado, y también se ha mostrado ineficaz contra el ébola y el marburgo. La mayoría de los medicamentos disponibles hoy solo sirven contra unos pocos virus, principalmente VIH, hepatitis, gripe, herpes, varicela-zóster y citomegalovirus, y no parece existir una perspectiva clara de que surja una inminente revolución en la obtención de antivirales.

Las vacunas

Más optimismo, aunque todavía con cautela, existe en el campo de las vacunas. Los métodos tradicionales se basan en la atenuación o inactivación del virus, técnicas de probada eficacia pero que requieren partir de cero para cada patógeno emergente. Frente a esto, un enfoque novedoso se centra en la construcción de plataformas estandarizadas que puedan adaptarse rápida y fácilmente a cualquier nuevo virus, solo sustituyendo unas pocas piezas. Es el caso de las vacunas de ARN o ADN, en las que basta conocer la secuencia genética del virus para sintetizarla e introducirla en la plataforma. La compañía Inovio Pharmaceuticals declaró que, tras la secuenciación del genoma del SARS-CoV-2, tardó solo tres horas en tener diseñado sobre el papel un prototipo de vacuna. Aunque la afirmación ha sido cuestionada, lo cierto es que estas tecnologías tienen el potencial de acelerar el desarrollo de vacunas; siempre que demuestren su eficacia, ya que aún no existe ninguna de ellas aprobada y en el mercado.

Las vacunas tradicionales se basan en la atenuación o inactivación del virus, esto requiere partir de cero para cada patógeno emergente. Crédito: Military Health System Communications Office

Sin embargo, el futuro de la lucha contra los virus no tiene por qué concentrarse exclusivamente en atacar al patógeno. Toda infección viral se compone de dos partes, el ataque del virus y la defensa del organismo. Y si el primer componente es siempre una incógnita, sujeta a infinidad de variables con cada nuevo virus que surge en la naturaleza, en cambio el repertorio de respuestas del organismo es más limitado; y hasta cierto punto, más conocido, por lo que actuar sobre él para regularlo a voluntad podría ofrecer una verdadera estrategia de amplio espectro contra cualquier amenaza viral.

¿Cómo sobrevivimos a las infecciones?

Esto es lo que explicaba la inmunóloga Janelle Ayres, del Instituto Salk, en un editorial publicado en Science el pasado abril: “En lugar de preguntar ¿cómo luchamos contra las infecciones?, podríamos empezar a preguntar ¿cómo sobrevivimos a las infecciones?”, escribía. La propuesta consiste en aplicar estrategias para tolerar la infección y permitir que el cuerpo sobreviva hasta que la enfermedad remita: salvar al paciente, no combatir el virus. Para la inmunóloga, “no hay razones, ni científicas ni de salud pública, para que no hayamos desarrollado tales terapias”. Y pese a ello, y a que este enfoque podría proporcionar armas incluso contra patógenos futuros aún no conocidos, este ha sido un campo tradicionalmente infraexplotado en la guerra contra los virus, debido, según Ayres, a que “la perspectiva compartida por los científicos para combatir las enfermedades infecciosas es incompleta”.

Los investigadores Tian Xia y Zijie Lin prueban un prototipo de plasma para prevenir la transmisión en el aire del virus del síndrome respiratorio y reproductivo porcino en una granja de cerdos de Michigan. Crédito de la imagen: Robert Coelius / Michigan Engineering

En esta línea, durante la pandemia de COVID-19 se ha puesto de manifiesto que al menos una proporción de los fallecimientos se relacionan con una sobreactuación nociva del propio sistema inmunitario del paciente, algo que ya se había observado en otras infecciones virales. Aún no existen datos concluyentes sobre qué porcentaje de enfermos de COVID-19 desarrollan esta respuesta hiperinflamatoria, conocida como Síndrome de Liberación de Citoquinas o, más popularmente, tormenta de citoquinas. Pero estudios recientes han identificado diferencias entre las perturbaciones de la respuesta inmunitaria en pacientes leves y graves, así como cambios relacionados con el progreso de la enfermedad, lo que podría ayudar a encontrar mecanismos para potenciar la defensa contra el virus evitando sobrerreacciones dañinas para el propio organismo. Por ejemplo, ciertos estudios apuntan a una posible intervención a través de los interferones, los antivirales naturales que fabrica nuestro cuerpo para combatir las infecciones virales. Ya hay ensayos clínicos en marcha que apuntan resultados prometedores de esta estrategia contra la COVID-19.

En definitiva, no parece que estemos cerca de encontrar una bala mágica contra los virus. Pero si algo aprovechable surgirá de la actual pandemia es que ha espoleado a infinidad de científicos de las más diversas disciplinas para proponer soluciones desde campos incluso muy alejados de las ciencias biomédicas: en la Universidad de Michigan, el ingeniero Herek Clack ha desarrollado un reactor de plasma capaz de inactivar los virus en el aire, que según sus creadores reduce en más de un 99% la cantidad de virus infecciosos y que podría instalarse en los aviones comerciales. El ingenio humano aún tiene mucho que aportar más allá de las cuarentenas y las mascarillas.

Javier Yanes

@yanes68