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07 junio 2019

Animales más raros que un perro verde

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Estos seres de inconcebible apariencia no protagonizan leyendas ni tampoco surgen de una filmoteca, como aliens y otros monstruos de ciencia ficción. Pese a su imagen de pesadilla —o de psicodélico sueño—, son animales reales como la vida misma y habitan en nuestro mundo.

Eláfodo (Elaphodus cephalophus)

Imaginemos por un momento que Bambi, el inolvidable cervatillo de Disney, se topase con un sediento Drácula. El resultado de dicho encuentro seguramente se parecería mucho al eláfodo o ciervo de copete. Un pequeño cérvido que resultaría adorable de no ser por unos enormes caninos superiores o colmillos, más propios de algún superdepredador que de este elusivo habitante de los bosques de montaña vietnamitas. Pero el eláfodo no los emplea para cazar ni alimentarse: se cree que recurre a ellos como arma en las violentas disputas que libran los machos por el territorio. Y en casos extremos, también para defenderse de sus enemigos.

Este pequeño cérvido tiene unos enormes caninos superiores o colmillos, propios de un superdepredador. Crédito: Heush

Son unos atributos tan ineludibles, que el penacho que corona su frente, y al que deben su nombre común, tiende a pasar desapercibido. Como también las pequeñas cuernas que lucen los machos adultos y que permanecen ocultas bajo esa mata de pelo. La contrapartida a estos vampíricos colmillos es la ausencia de incisivos superiores, de tal forma que el eláfodo tritura las hojas, raíces, bayas, frutos y hierbas que constituyen su dieta aplastándolas entre los incisivos inferiores y una almohadilla callosa que ocupa el lugar de aquellos. Como no podía ser de otra forma, los eláfodos constituyen por sí mismos un género aparte dentro de la familia de los cérvidos.

Picozapato (Balaeniceps rex)

Una especie de pelícano llegado directamente de Parque Jurásico. Esa sería una acertada descripción para el picozapato, cuyo nombre alude al desmesurado y aterrador pico con forma de suela que ostenta. Es el tercero más largo entre las aves, el de mayor circunferencia y está rematado con unos afilados bordes que le sirven para decapitar a sus presas antes de tragárselas enteras. Usualmente son peces, pero también roedores, serpientes y hasta crías de cocodrilo.

El picozapato tiene un desmesurado pico con forma de suela. Crédito: Olaf Oliviero Riemer

Pero además del pico, este integrante del orden de los pelecaniformes —que puede medir hasta metro y medio y pesar casi 10 kilogramos— también cuenta con unos pies anormalmente grandes, que le permiten mantenerse erguido y haciendo la estatua sobre la vegetación acuática de las marismas africanas en las que mora. Así escruta las inmediaciones para detectar a sus presas. Y una vez detectadas, se abalanza sobre ellas sumergiendo la cabeza entera bajo el agua y atrapando con su pico todo lo que encuentra a su paso. Al emerger, sacude la cabeza violentamente a ambos lados para expulsar todo aquello que no le interesa (algas, lodo, etc) y quedarse con su trofeo, que engulle de un golpe tras degollarlo.

Por si fuera poco, y aunque no suele hacerlo, es muy capaz de volar grandes distancias gracias a la envergadura de sus alas, que le permiten planear durante muchos momentos… ¿ y también salir de su jurásica isla de ficción?

Ajolote mexicano (Ambystoma mexicanum)

El ajolote mexicano se ha ganado un sitio en el universo Pokemon gracias a su peculiar aspecto de renacuajo gigante. Y en esencia, eso es lo que es. El ajolote es una especie de anfibio que al alcanzar la edad adulta no pasa por un proceso de metamorfosis, sino que conserva todos los rasgos de su fase alevín, agigantados en un cuerpo grueso y fusiforme de hasta 30 cm de longitud. En él destacan su gran cabeza (aplanada con un par de diminutos ojos sin párpados), una voluminosa cola y unas patas ridículamente pequeñas y delgadas rematadas con unos dedos finos y puntiagudos.

El ajolote es una especie de anfibio que al alcanzar la edad adulta conserva sus rasgos de la fase alevín. Crédito: Ruben Undheim

Endémico del sistema lacustre del valle de Mexico, pasa casi todo el tiempo bajo el agua gracias a tres juegos de branquias a cada lado de la cabeza. Aunque tiene unos sacos pulmonares apenas desarrollados, que le brindan pequeños momentos de respiro fuera de la misma. Visto lo visto, resulta hasta lógico que los antiguos aztecas lo bautizasen como axolotl o “monstruo del agua”. Más aún cuando se descubre que cuenta con una boca armada de más de un centenar de diminutos dientes, dispuestos en hileras, y una lengua retráctil que le sirve para cazar pequeños peces, alevines e incluso congéneres a los que primero atrapa entre los dientes y luego succiona de golpe.

Más allá de por su apariencia, el ajolote suscita gran interés entre los científicos, que lo estudian por su increíble capacidad de regeneración, que no solo se limita a apéndices y extremidades (como en las lagartijas) sino que también le permite recuperar estructuras y órganos vitales, e incluso partes del cerebro. Las investigaciones realizadas con ajolotes muestran su capacidad para restaurar la funcionalidad total de extremidades y órganos de otros individuos trasplantadas y/o implantadas.

Cerdo marino (Scotoplanes globosa)

Pese a que su apariencia invite a pensar en un ente alienígena, el cerdo marino es en realidad un pepino de mar, es decir, un tipo de equinodermo. Abunda en los suelos marinos de las regiones más profundas y frías de los océanos de todo el planeta, por los que se pasea en “piaras” de cientos de individuos que avanzan apaciblemente apoyados en los apéndices tubulares que les sirven como patas hidráulicas. Tiene de 5 a 7 pares y los hinchan y deshinchan para impulsarse.

Pese a su apariencia alienígena, el cerdo marino es un pepino de mar. Crédito: NOAA/MBARI

Las largas antenas que lucen en ambos extremos de su dorso son también patas modificadas para ejercer como órganos sensoriales, con los que detectar las señales químicas que desprenden sus fuentes de alimento: los detritos (restos y deshechos de otros organismos) depositados en el fondo marino, que los cerdos marinos ingieren valiéndose del anillo de tentáculos que rodea cada una de sus múltiples bocas tubulares.

Pez murciélago de labios rojos (Ogcocephalus darwini)

Aunque su morfología remite a la de un murciélago, es un pez. Crédito: Rein Ketelaars

Su morfología remite a la de un murciélago, de hasta 40 cm de longitud. Pero es un pez, cuyas aletas natatorias actúan como patas y que en lugar de aleta dorsal una especie de caña con la que atrae a sus presas. Y, además, posee unos labios de un intenso rojo fluorescente que amenazan con estampar un beso indeleble. Esta extraña visión sólo se puede contemplar en los arrecifes de las Islas Galápagos, donde se le suele encontrar sentado tranquilamente sobre el fondo arenoso, apoyado sobre sus aletas dorsales anales y pélvicas, profundamente modificadas hasta convertirse en pseudopatas, que los mismo le permiten caminar que adoptar esa pose; pero al precio de nadar con extrema dificultad. Se cree que sus vistosos labios le sirven para reconocer a miembros de la misma especie y como reclamo para atraer congéneres del sexo opuesto.

Miguel Barral

@migbarral

 

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