Jonas Salk y la vacuna que venció a la polio

Crédito: The U.S. National Archives

En algunos relieves y frescos del antiguo Egipto pueden verse niños caminando con bastones, o adultos con una pierna demacrada. Los expertos han identificado en estas representaciones los primeros casos históricos registrados de poliomielitis, una enfermedad infecciosa cuyos brotes epidémicos en las postrimerías del siglo XIX y a lo largo del XX, sin posibilidad de tratamiento, causaban un pánico que ni siquiera encuentra parangón en la actual pandemia de COVID-19. Si hoy el terrible fantasma de la polio ha sido conjurado en la inmensa mayoría del mundo es gracias a las vacunas desarrolladas en los años 50 por Jonas Salk y Albert Sabin, un brillante ejemplo del triunfo de la ciencia y del empeño humano.

Algunos objetos egipcios, como la tablilla de la izquierda, de 3.400 años de antigüedad, ya se representan presuntamente enfermos de polio. A la derecha, una pintura de Joaquín Sorolla de 1899 representa la realidad de cientos niños a finales del siglo XIX. Fuente: Wikimedia

Hasta finales del siglo XIX la polio no tuvo un nombre definitivo, y no solo por el desconocimiento de su causa: hoy se piensa que antiguamente era una enfermedad endémica de carácter esporádico, y que curiosamente fue la mejora de las condiciones higiénicas en las sociedades industriales lo que la convirtió en epidémica, al reducir la inmunidad de la población que antes se veía expuesta a ella desde edad muy temprana. 

Los grandes brotes de polio de finales del siglo XIX

Tras su primera descripción clínica en 1789 por el médico británico Michael Underwood, quien hablaba de una “debilidad de las extremidades inferiores”, los primeros pequeños brotes se notificaron en 1868 en Noruega y en 1881 en Suecia. Durante un tiempo se la conoció como enfermedad de Heine-Medin, por los primeros estudios médicos detallados a cargo del alemán Jakob Heine y el sueco Oskar Medin. Pero antes de que el alemán Adolf Kussmaul introdujera su nombre definitivo en 1874, en general solía conocerse como parálisis infantil.

Por entonces ya se sabía que la enfermedad se cebaba sobre todo en los niños, a quienes dejaba afectados de parálisis de por vida, cuando no les causaba la muerte. Con el desarrollo de la teoría microbiana de la enfermedad en el siglo XIX, en 1905 el sueco Ivar Wickman propuso que se trataba de una infección contagiosa. Por entonces la polio comenzaba a causar alarma en la comunidad médica, sobre todo a raíz de un brote en Vermont (EEUU) en 1894 con 132 casos, el mayor registrado hasta entonces, y en el que el médico Charles Caverly pudo reconocer los efectos sobre el sistema nervioso de los niños. Después los brotes comenzaron a multiplicarse, con millares de casos.

El reconocimiento de los virus como partículas infecciosas más pequeñas que las bacterias, capaces de atravesar un filtro, permitió que en 1908 los austríacos Karl Landsteiner —el descubridor de los grupos sanguíneos AB0— y Erwin Popper demostraran la naturaleza vírica de la enfermedad, al transmitirla a un mono inyectándole fluido de la médula espinal de un paciente humano. Así se cerró el principal misterio de la polio, su causa, y comenzó su investigación en profundidad.

Pero por la misma época comenzó algo más: el terror; los veranos de la polio, veranos en los que se desataban grandes epidemias entre los niños sin que aún se conociera con exactitud la transmisión oral del virus, y que llevaban a las autoridades a cerrar piscinas, playas, cines, parques de atracciones y cualquier otro lugar de reuniones infantiles, mientras los padres encerraban a sus hijos en casa durante los meses de más calor, cuando la enfermedad se expandía a mayor escala. Entre las epidemias tempranas más alarmantes se recuerda la que azotó Nueva York en el verano de 1916, pero en las décadas posteriores se sucedieron los grandes brotes por todo el mundo sin que las medidas de prevención lograran atajarlos.

Los brotes de polio a finales del siglo XIX y principios del XX causaron estragos en hospicios y familias, que desconocían el origen y medios de transmisión de la enfermedad. Fuente: Popular Science

Jonas Salk y el mayor experimento médico de la historia

En los años 30 tomó forma la carrera hacia la vacuna, si bien fue un largo camino. En 1935 Maurice Brodie produjo la primera, inactivando el virus presente en médulas de monos, pero no funcionó, como tampoco otros intentos simultáneos. Solo el cultivo del virus, logrado en los años 40 y 50, permitió a Jonas Salk obtener en 1953 una vacuna de virus inactivado cuyas primeras pruebas en humanos incluyeron al propio investigador y a su familia. Después del que fue calificado como el mayor experimento médico de la historia, con ensayos clínicos que en 1954 reunieron a 1,6 millones de niños, el 12 de abril de 1955 Salk anunciaba al mundo que la vacuna era un éxito. Ese mismo año se registraron 50.000 casos de polio en EEUU. Solo dos años después, gracias a la vacuna el número de casos había descendido a la décima parte.

En 1962 se aprobaba una segunda vacuna creada por Albert Sabin en 1956, en este caso de virus atenuado y de uso oral, lo que facilitaba su administración masiva. El despliegue de las campañas de vacunación continuó reduciendo drásticamente el número de afectados, y en 1979 se registraron los últimos casos de transmisión en EEUU. Sin embargo, en 1988 la polio todavía paralizaba a más de mil niños al día en todo el mundo, lo que impulsó grandes iniciativas internacionales para acabar con una lacra que llevaba un siglo aterrorizando a la humanidad. En las últimas décadas la polio ha ido desapareciendo sucesivamente de las distintas regiones del mundo. Solo en Afganistán y Paquistán persisten todavía algunas bolsas de la enfermedad, pero se confía en su pronta erradicación.

El doctor Jonas Salk inoculando su vacuna contra la polio en 1956. Fuente: Wisdom Magazine

Hoy la polio aún no tiene cura, pero su mención ya no inspira el pánico de otros tiempos gracias a las vacunas; uno de los mayores descubrimientos de la humanidad, cuyo inmenso poder para salvar el mundo ha vuelto a demostrarse en esta era de la COVID-19.

Javier Yanes

@yanes68