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24 julio 2019

Cuatro destinos para turistas científicos

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Las que para muchos son las vacaciones más largas del año ofrecen la ocasión de desconectar de todo aquello que nos mantiene ocupados el resto del tiempo. Pero el descanso y el relax no implican que sea preciso también desconectar el cerebro: para las mentes más inquietas, he aquí una breve lista de algunos destinos turísticos que harán las delicias de quienes también quieren llevarse la ciencia de vacaciones.

Ciencia en la ciudad del arte

Como uno de los centros neurálgicos del arte mundial, la capital de la Toscana recibe cada año a millones de visitantes que abarrotan sus iglesias y museos. Sin embargo, la mayoría de ellos abandonan la ciudad sin llegar a conocer una de sus mayores joyas, que no está precisamente oculta a la vista: justo a la vuelta de la Galería Uffizi, bordeando el río Arno, se encuentra el Museo Galileo, una institución que da cuenta de cómo las poderosas dinastías toscanas, Medici y Lorena, fueron también grandes mecenas del desarrollo científico.

Los dos telescopios de Galileo y, enmarcada, la lente con la que descubrió las cuatro lunas mayores de Júpiter. Crédito: Javier Yanes

El museo alberga una de las mayores colecciones del mundo de instrumentos científicos antiguos, que repasan las contribuciones fundamentales de la Toscana a la química, la medicina, la electricidad o el electromagnetismo. Pero sin duda las estrellas de la colección son los artefactos construidos por el astrónomo toscano Galileo Galilei, y muy especialmente los dos telescopios fabricados por él que hoy se conservan, junto con la lente a través de la cual en 1610 descubrió las cuatro mayores lunas de Júpiter.

De Hawái al cielo

El archipiélago de Hawái es un destino turístico de primer orden mundial, gracias a las playas, el surf, sus exuberantes paisajes tropicales e incluso su propio estilo de camisas. Todo ello podría transmitir la sensación de que el estado insular es un lugar turísticamente hiperdesarrollado. Nada más lejos de la realidad: en la isla propiamente llamada Hawái, o simplemente Big Island, una pequeña aventura espera a quienes deseen ascender a la cima del volcán Mauna Kea, donde se sitúa la mayor concentración de observatorios astronómicos del mundo.

La ruta de acceso al Mauna Kea parte de la Saddle Road, la única carretera que cruza el interior de la isla uniendo las localidades costeras de Hilo y Kona. Durante la subida, es imprescindible parar en la estación para visitantes, a 2.790 metros de altitud; no solo por su valor informativo, sino por la necesidad de aclimatación: dado que en dos horas se puede ascender desde el nivel del mar a los 4.200 metros de la cumbre, el mal de altura es un riesgo real, y por ello se desaconseja el ascenso a la cima a mujeres embarazadas, niños pequeños y personas con problemas de salud.

Observatorios astronómicos en la cima del Mauna Kea. Crédito: Javier Yanes

El ascenso a la cumbre es libre, pero debe hacerse en un 4×4 y solo si la compañía de alquiler del vehículo lo autoriza. Tanto el centro de información como varias agencias organizan visitas a la cumbre, donde el cielo es excepcionalmente claro y seco. Arriba, sobre las nubes, el desolado paisaje volcánico de aspecto marciano contrasta con la estampa futurista de los 13 telescopios que exploran el cielo en el espectro visible, infrarrojo, submilimétrico y de radio. Los observatorios generalmente no pueden visitarse por cuenta propia, pero el Keck dispone de una galería abierta al público. La cima debe abandonarse a la caída de la noche, pero el centro de visitantes continúa abierto para la observación del cielo nocturno.

La foto geológica de la extinción de los dinosaurios

Hace 66 millones de años, un asteroide colisionó con la Tierra en la actual península mexicana de Yucatán. Según la hipótesis más generalmente aceptada, aquella catástrofe fue clave en la extinción de la mayoría de los dinosaurios y otra multitud de especies. Del mundo como era antes de aquel cataclismo hoy nos queda una miríada de fósiles que nos han abierto una ventana a la era de los grandes reptiles. Pero en distintos lugares del mundo es posible descubrir el rastro que aquel suceso dejó en las páginas de roca de la historia de la Tierra.

Los acantilados de Stevns Klint. Crédito: Ragnar1904

El llamado Límite K-Pg (Cretácico-Paleógeno, antes llamado K-T, por Cretácico-Terciario), un estrato rico en iridio, fue descubierto originalmente por los investigadores Luis y Walter Alvarez en la localidad italiana de Gubbio, donde puede verse como una fina banda de sedimento oscuro en el corte de la carretera a las afueras del pueblo. En Europa, otros lugares propicios para ver esta transición en la roca son el flysch de Zumaia (España) o los acantilados de caliza de Stevns Klint (Dinamarca), entre otros, mientras que en EEUU puede observarse en lugares como Raton Basin (Nuevo México y Colorado) o Hell Creek (Montana). La referencia global del Límite K-Pg se encuentra en El Kef (Túnez).

La huella en la Tierra del gran salto a la Luna

En el verano del 50º aniversario del Apolo 11, la primera de las seis misiones tripuladas que llevaron al ser humano a la Luna, no hay institución relacionada con esta gesta que no haya sacado sus mejores galas para conmemorar aquel histórico momento. Pero es sin duda la ocasión perfecta para acercarse al lugar donde comenzó todo ello, el Centro Espacial Kennedy, en Cabo Cañaveral (Florida).

Traje lunar de Eugene Cernan y vehículo lunar en el Kennedy Space Center. Crédito: Daderot

A solo una hora de los parques temáticos de Orlando, la base desde la que despegaron todas las misiones Apolo y los ya míticos shuttles ofrece suficientes alicientes como para planificar un día entero de visita. Las exposiciones, presentaciones y el cine IMAX son el aperitivo —que incluye el transbordador Atlantis—, pero sin duda el plato fuerte es el tour en autobús que muestra las plataformas históricas de lanzamiento, el edificio de ensamblaje de cohetes y el Apollo/Saturn V Center, donde se exhiben un cohete real y rocas traídas del satélite terrestre, entre otros artefactos de la era Apolo. Como no podía ser de otra manera en la tierra de los parques de atracciones, se puede también experimentar la sensación de un lanzamiento al espacio, así como el entrenamiento de los astronautas y la simulación de una base marciana.

Javier Yanes

@yanes68

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