La reforma de la democracia y el futuro de la historia

por Nayef Al-Rodhan

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En 1975, un informe elaborado por la Comisión Trilateral, La crisis de la democracia, destacaba el pesimismo y derrotismo que imperaba en las democracias occidentales en aquel momento respecto al futuro y la sostenibilidad de la democracia.

El informe reflejaba una profunda desaceleración económica, así como agitación social y política. Esta crisis de la democracia estaba estrechamente vinculada a las preocupaciones acerca del «capitalismo monopolista», el materialismo desenfrenado y la corrupción.

Cuatro décadas después, la democracia está de nuevo en crisis. Esto resulta en cierto modo sorprendente, dadas las sucesivas olas de democratización que han alcanzado a todas las regiones del mundo a lo largo de los últimos 40 años. Lo que parece evidente en estos momentos es que ha surgido una corriente opuesta.

De hecho, la democracia se ha batido en retirada durante años, a medida que gobiernos represivos se han vuelto aún más represivos, se han reducido las libertades civiles y las fuerzas armadas se han fortalecido en muchos países.

El estado de la democracia en la actualidad

A principios de la década de 1990, el fin de la guerra fría trajo la renovación de la democracia con gran vigor como la forma de gobierno más representativa. Con todo, esta euforia se ha visto contrarrestada por críticas sobre sus defectos y limitaciones.

Las democracias garantizan la libertad política, el Estado de derecho, los derechos humanos y una plataforma para que los ciudadanos participen en el proceso político. Sin embargo, en la práctica, las democracias presentan muchas deficiencias.

Injusticia, desigualdad económica, reducción de derechos, falta de oportunidades, violaciones de derechos civiles, discriminación étnica, social y cultural, corrupción y sistemas de títulos honoríficos opacos están presentes y parece ser que no se oponen a las democracias.

Globalmente, las democracias también han actuado de maneras que parecen indicar una renuncia absoluta a sus principios en casa.

Conducta irresponsable, incluidas invasiones injustificadas, tolerancia de la brutalidad, genocidio, abuso del sistema de veto en las Naciones Unidas a costa de la armonía y la paz mundiales, así como intrigas geopolíticas o intromisiones en los asuntos de estados más débiles, son rasgos que han caracterizado la conducta extranjera de grandes estados democráticos en algún momento.

La desigualdad produce distanciamiento

Las democracias occidentales como las de los Estados Unidos, el Reino Unido o Francia, consideradas tradicionalmente como «democracias avanzadas», presentan graves desigualdades e incluso casos de pobreza extrema.

En 2009, un informe del gobierno estadounidense destacó el impresionante aumento del hambre y la inseguridad alimentaria. Se constató que alrededor de 50 millones de personas habían sufrido inseguridad alimentaria en algún momento durante el año anterior.

En el Reino Unido, una de cada cinco personas también se encuentra por debajo del umbral de pobreza. La creciente desigualdad se ve reforzada por y, en ocasiones, contribuye a la reducción de oportunidades. Esta situación provoca el desencanto y la baja participación política.

Como ha señalado Joseph Stiglitz, «los ricos no necesitan a los gobiernos para tener parques, educación, asistencia médica o seguridad personal, pueden comprar todo eso ellos mismos. En el proceso, se distancian de la gente ordinaria, perdiendo cualquier empatía que alguna vez hubieran podido tener».

La financiación de las campañas políticas por parte de las empresas ha reafirmado esta situación, secuestrando al proceso democrático. Aleja más aún a los votantes, que se sienten excluidos de un proceso que está fuera de su control.

Cabe destacar el papel del dinero en la política como un grave problema del gobierno democrático. Sus efectos son realmente preocupantes, en particular cuando hay poca transparencia y pocos mecanismos de regulación para limitar el papel distorsionador del dinero en la política.

Un cheque vale mil palabras

La sentencia de 2010 del Tribunal Supremo estadounidense en el caso «Citizens United» consagra abiertamente el derecho al gasto ilimitado en campañas, confiriendo a empresas, asociaciones y contribuyentes multimillonarios la libertad de influir considerable y poco democráticamente en el gobierno, de forma perversa, como una manifestación de su libertad de expresión.

Los «super Comités de Acción Política» han desdibujado la línea entre lo personal y lo político. Refuerzan y perpetúan la rotación de legisladores en el Congreso y el poder ejecutivo de los EE. UU., muchos de cuyos miembros ya son parte del 1 % de los más ricos (y, bajo cualquier circunstancia, siguen en sus cargos por el dinero de los más ricos de ese 1 %).

Las limitaciones que pudieran existir frente a esta práctica fueron eliminadas a principios de 2014 cuando el Tribunal Supremo abrió la puerta a incluso más dinero en política al derogar los límites de aportación total a las campañas.

Esta sentencia implica, en términos prácticos, que un único contribuyente puede aportar millones de dólares a candidatos o campañas políticas y, de este modo, reducir la posibilidad de acceso de nuevos participantes, ideas o contrincantes en el ámbito político.

Por último, el sentido de desilusión respecto a la democracia en su forma actual se ha visto reforzado por la revelación de la vigilancia y las violaciones de la privacidad y las libertades civiles del gobierno a gran escala.

La defensa de la autoridad absoluta sobre el derecho a recopilar datos de carácter personal resulta perjudicial para las libertades fundamentales. Supervisar a los supervisores y mantener el equilibrio entre la necesidad de los estados de saber y la protección de la privacidad y las libertades civiles sigue suponiendo reto.

Reformar la democracia

Los sondeos de opinión de muchos continentes reflejan esta insatisfacción actual con la democracia. Estas formas de desencanto indican la necesidad de adoptar un paradigma que vaya más allá de la libertad política y que aborde la necesidad humana básica de la dignidad.

La democracia garantiza la libertad y los derechos políticos. Aunque no es incompatible con la marginación, exclusión, pobreza, pérdida de derechos o la falta de respeto. El triunfo de un orden democrático liberal como destino final de la historia y de las ideas históricas, que una vez se presentó como el «final de la historia», debe ser revisado a fondo.

Un mayor énfasis en la dignidad humana y en el modelo de gobierno que sitúe a la dignidad en el centro puede detener el actual desencanto respecto a la democracia. Un paradigma más viable es un enfoque que yo denomino la historia sostenible. Se centra en la dignidad en lugar de simplemente en la libertad. Y permite conciliar el gobierno responsable con diversas culturas políticas.

La dignidad significa mucho más que la ausencia de la humillación. Como base del gobierno, exige a las instituciones y políticas que cumplan nueve necesidades de dignidad: razón, seguridad, derechos humanos, responsabilidad, transparencia, justicia, oportunidad, innovación e inclusión.

La creación de instituciones que defiendan estas necesidades abordaría mejor los tres atributos y motivadores esenciales de la naturaleza humana: emocionalidad, amoralidad y egoísmo.

Para que esto funcione en la práctica son necesarias recomendaciones para modificar los sistemas democráticos actuales. Para que sean más sostenibles son necesarios la aplicación y un enfoque más sólido en ocho criterios de buen gobierno nacional:

  • participación
  • igualdad e inclusión
  • Estado de derecho
  • separación de poderes
  • medios libres, independientes y responsables
  • legitimidad del gobierno
  • responsabilidad y transparencia
  • la limitación del efecto distorsionador del dinero en la política

Como no ha llegado, ni mucho menos, el final de la historia, la sostenibilidad de la democracia depende de una reforma sustancial de su forma actual. Esto puede parecerse al modelo de «historia sostenible» que satisface la necesidad humana fundamental de dignidad en su sentido holístico, y garantizaría la responsabilidad, igualdad, autenticidad y sostenibilidad.

Nayef Al-Rodhan

Este artículo se ha publicado originalmente en the Global Policy Journal.