La política de la posverdad, el quinto estado y la segurización de noticias falsas

por Nayef Al-Rodhan

Autor del artículo destacado

En 2016, el diccionario Oxford escogió “posverdad” como la “palabra del año”, si bien la expresión resulta sintomática de una “era” antes que de un año: una era de comunicación virtual ilimitada, donde la política prospera rechazando los hechos y el sentido común. La “posverdad” atraviesa nuevas líneas de división: las divisiones políticas parecen centrarse menos en cuestiones ideológicas y más en una batalla entre hechos y mentiras.

Si bien el término “posverdad” existe desde hace más de dos décadas, 2016 fue un momento apropiado para que su popularidad aumentara considerablemente. El diccionario Oxford define “posverdad” como algo que “está relacionado con o denota circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes a la hora de conformar la opinión pública que las apelaciones a la emoción y a las creencias personales”. The Economist ha dedicado varios artículos a la política de la posverdad, que define como la “confianza en afirmaciones que “parecen verdaderas” pero que de hecho carecen de base”. A menudo, dichas afirmaciones no se verifican y tienen escasas repercusiones para los responsables; incluso cuando quedan expuestas como mentiras claras, apenas deslegitimizan a quien las perpetró.

La política de la posverdad  tiene un denominador común en todas partes: apela a las emociones y a la intuición antes que a los hechos y a las pruebas. Las noticias falsas y las teorías de la conspiración pueden convertirse en fenómenos virales en cuestión de horas, creando realidades alternativas y sirviendo a los propósitos de la propaganda. La posverdad constituye una amenaza para la democracia liberal y sus instituciones, al tiempo que pone de manifiesto la vulnerabilidad del orden liberal. Asimismo, es un síntoma de un problema mayor: la responsabilidad en el seno de la comunidad online.

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La expresión “noticias falsas o fake news” se ha convertido en un concepto ubicuo / Imagen: pixabay 

La negación de los hechos, el engaño y las alegaciones basadas en rumores no son nada nuevo en política. En 1986, Ronald Reagan admitió públicamente en la televisión nacional que había intercambiado armas por rehenes con Irán, tras haber insistido durante meses en que no lo había hecho. Concluyó que: “mi corazón y mis mejores intenciones siguen diciéndome que es verdad, pero los hechos y las pruebas me indican que no es así”.

Actualmente, la expresión “noticias falsas” se ha convertido en un elemento ubicuo hasta el punto de que se utiliza de forma acusatoria para denunciar o menospreciar cualquier hecho incómodo o inconveniente. Frecuentemente, el presidente Trump ha etiquetado noticias reales y verificadas procedentes de los principales medios de comunicación como “noticias falsas”, yendo un paso más allá que el resto de los políticos en el pasado, a pesar del hecho de que muchos presidentes estadounidenses mantuvieron una compleja y conflictiva relación con la prensa. En 1962, Nixon culpó parcialmente a la prensa de su derrota en las elecciones a gobernador de California. Posteriormente, siendo ya presidente, creó la Oficina de Comunicaciones de la Casa Blanca para garantizar que sus interacciones con los medios resultasen predecibles y estuvieran orquestadas en la mayor medida posible.

Imagen del perfil público de Donald Trump en Twitter (20/06/2017) / Fuente: twitter

Imagen del perfil público de Donald Trump en Twitter (20/06/2017) / Fuente: twitter

Aun así, lo que estamos contemplando a día de hoy en la era de la “posverdad” resulta más amenazador debido a la multiplicación de los canales de comunicación. Ahora la información puede circular en Internet libremente y sin ser verificada, lo cual fomenta la desinformación y la propaganda en una escala que anteriormente resultaba virtualmente imposible. En efecto, ahora resulta posible compartir noticias falsas con mayor frecuencia que las noticias verificadas, también debido al hecho de que las redes sociales han posibilitado la proliferación de cuentas falsas que parecen auténticas o resultan engañosas y que ayudan a propagar mentiras, a menudo dirigidas contra el público de carácter liberal.

¿Qué es la verdad?

El diccionario Oxford data el primer uso del término en un ensayo escrito en 1992 por Steve Tesich, un dramaturgo serbio-americano, y publicado en  The Nation tras el escándalo Iran/Contra. Tesich señaló que tras las revelaciones del caso Watergate y la publicación de las atrocidades que se cometieron en Vietnam, los estadounidenses asumieron una postura despectiva en lo que respecta a las verdades incómodas. Observó que: “llegamos a equiparar la verdad con las malas noticias (…). Pedimos a nuestro gobierno para que nos proteja de la verdad”.

El periodista David Roberts también utilizó el término “posverdad” hace más de dos décadas para referirse a la respuesta de algunos políticos estadounidenses en lo que respecta a las alegaciones científicas acerca del cambio climático.

En 2004, Ralph Keyes proclamó que nos encontrábamos en la era de la “posverdad”. En su libro de 2004 , “La era de la posverdad: Deshonestidad y decepción en la vida contemporánea”, Keyes expresó la inquietud de que estamos perdiendo el sentido del estigma vinculado a la mentira, lo cual significa que las mentiras pueden decirse con total impunidad. Para Keyes, estos tiempos de “posveracidad” representan una zona crepuscular en términos éticos.

El tema común que se extiende a lo largo de la historia del término es que la posverdad es definida por las mentiras que propagan los políticos de forma rutinaria, con escasas o nulas consecuencias en lo que respecta a su legitimidad y reputación. Pero hay una serie de consecuencias inevitables para el futuro de la democracia y el futuro de la humanidad: un futuro en el que los hechos científicos son repudiados solo puede resultar inseguro. Veritas, o la verdad, y los hechos resultan cruciales para la humanidad y son indispensables para tomar decisiones de manera efectiva y, en último término, para el progreso humano. Por otro lado, las políticas basadas en hechos también resultan importantes en un sentido existencial y son indispensables para nuestra propia supervivencia (el caso del debate sobre el cambio climático constituye un ejemplo de primer orden).

Geopolítica y noticias falsas

 The pro-EU march from Hyde Park to Westminster in London on March 25, 2017, to mark 60 years since the EU's founding agreement, the Treaty of Rome.

Manifestación pro-UE del 25 de marzo de 2017 en Londres, conmemorando el 60 aniversario del acuerdo fundador de la UE, el Tratado de Roma / Ilovetheeu

 

La geopolítica en la era de las noticias falsas también se complica porque la posverdad trastorna un elemento fundamental de la diplomacia y de la política internacional, a saber, la comunicación. Las acusaciones sin fundamento y las reivindicaciones injustificadas distorsionarán las relaciones diplomáticas y conducirán los procesos militares y políticos por el mal camino. Las falsas afirmaciones acerca del dinero despojado al Reino Unido por parte de la Unión Europea ayudaron a otorgar carta de naturaleza al Brexit con sus consiguientes repercusiones para la estabilidad de Europa y del resto del mundo. El Estado ruso utilizó las redes sociales para propagar acusaciones indicando que el gobierno ucraniano había crucificado a un niño. Afirmación que luego quedó desacreditada pero que, sin embargo, pone de manifiesto hasta qué punto las noticias falsas pueden ayudar a avivar las guerras. De manera similar, la retórica populista acerca de la insuficiencia de la OTAN y la desinformación sobre su financiación enmascara la ignorancia acerca de los beneficios reales de la alianza en lo que respecta a la seguridad común de sus miembros. Aunque no tienen fundamento alguno, dichos comentarios bastan para crear ansiedad en los centros políticos e instan a algunas naciones de Europa del Este a contemplar la cuestión de su seguridad estatal con un punto de vista geopolítico totalmente distinto. En la era de la posverdad, una completa falta de comprensión de la estrategia militar y de las complejidades del combate tendrá menos relevancia en lo que respecta a la elaboración de políticas, y esto supone el riesgo de desmantelar las comunidades en torno a la seguridad y los fundamentos del orden liberal.

La posibilidad de secuestrar las elecciones nacionales también tiene una serie de profundas repercusiones geopolíticas y de seguridad. Tras las elecciones en los Estados Unidos este ha sido un tema particularmente importante. Los desafíos resultan particularmente relevantes en Francia, que es un miembro clave de la Unión Europea y de la OTAN y donde el candidato ganador puede tener un impacto bastante rotundo en lo que respecta al futuro del orden liberal.

La tradición de la Ilustración y las noticias falsas

El conflicto entre hechos objetivos y subjetividad tiene un largo historial en los debates filosóficos. Ciertamente, la filosofía ha reflexionado sobre el relativismo durante siglos. Después de todo, el relativismo epistémico se centra en atribuir validez a distintas visiones del mundo, aceptando que dichas visiones se interpretan en un contexto particular y que “la verdad” de alguien depende de su contexto.

Sin embargo, aunque podemos aceptar que hay muchas verdades que experimentan los individuos, la era de la posverdad repudia el conocimiento científico y la experiencia académica con un vigor que solo puede preocuparnos. Si todo puede ser interpretado, entonces nada puede considerarse cierto. ¿Cuál es el lugar que corresponde a la comunidad de científicos en la era de la posverdad? En una época en la que reina la posverdad, los hechos, las estadísticas y las pruebas se distorsionan o se rechazan sin más. La tradición de la Ilustración nos enseñó a apreciar la libertad de pensamiento y la razón humana como indicadores de nuestra humanidad compartida, afirmando que, a pesar de las distintas opiniones, podríamos hallar un terreno común perteneciente a nuestra capacidad racional. Los seres humanos, en tanto que entidades soberanas e independientes, estaban obligados a desbloquear las fuerzas que los mantenían en la oscuridad. El proyecto de la Ilustración no solo se centraba en la razón, sino también en una serie de objetivos políticos más amplios: tenía un espíritu internacionalista, era marcadamente anticlerical y destacaba la libertad individual y los derechos humanos.

Berlin maneja el concepto de contrailustración en Three Critics of the Enlightenment: Vico, Hamann, Herder ("Tres críticos de la Ilustración: Vico, Hamann, Herder").este concepto porque contribuyeron a defender propuestas alternativas al pensamiento ilustrado

Isaiah Berlin maneja el concepto de contrailustración en su obra “Tres críticos de la Ilustración: Vico, Hamann, Herder” en la que explica por qué estos autores contribuyeron a defender propuestas alternativas al pensamiento ilustrado / The Isaiah Berlin Virtual library

Edmund Burke, que se opuso vigorosamente a los ideales de la Revolución Francesa, deploró el giro hacia la razón que la Ilustración defendió con fervor: para Burke, la historia, la tradición y la sabiduría colectiva constituían fuentes de legitimidad más significativas y duraderas para las instituciones creadas por los seres humanos. Nietzsche fue un feroz crítico de la Ilustración, considerando que sus ideales eran ilusiones arrogantes. Otros pensadores, como es el caso de Isaiah Berlin, por ejemplo, pusieron en tela de juicio las afirmaciones de la Ilustración y las consideraron bastante utópicas. La racionalidad y la noción de que la humanidad puede tallar su propio destino, resultaban peligrosas y materialistas. Las ideas incluidas en el movimiento anti-Ilustración ganaron fuerza y esencialmente sentaron las bases del anti-intelectualismo. La era de la posverdad constituye una reminiscencia de este ataque a la razón.

Los políticos antiglobalización, xenófobos y nacionalistas se sentirán aliviados ante el hecho de que el legado de la Ilustración sea puesto en tela de juicio, pero su alternativa no resulta sostenible a largo plazo. El hecho de que los individuos se vean inundados por falsas noticias que cuestionan las predicciones científicas difícilmente constituye un hecho que pueda celebrarse.

Por otro lado, como se detalla más abajo, ahora estamos obligados a poner en cuestión la premisa hondamente arraigada sobre la capacidad humana para buscar la libertad intelectual y la razón desde otro ángulo. Las ciencias cognitivas y, particularmente, la lingüística cognitiva, plantean una advertencia similar, demostrando que las personas están más dispuestas a validar mensajes que utilizan determinadas estructuras mentales tales como las metáforas y los marcos antes que la pura razón.

Neurociencia y noticias falsas

La neurociencia sugiere sesgos similares respecto a la interpretación del mundo: nuestros cerebros adquieren conocimiento y logran la comprensión del mundo mediante una combinación de experiencia sensorial y razón. El conocimiento siempre tiene un carácter situacional. Asimismo, siempre se basa en el fisicalismo, ya que todo en el cerebro es físico: cada proceso de pensamiento está mediatizado por la neuroquímica y las respuestas neuroanatómicas. Esto significa que el conocimiento se desarrolla como una experiencia única para cada individuo. Tomando ciertas ideas de la neurociencia, he denominado a este paradigma de formación del conocimiento fisicalismo  neurorracional. La idea del conocimiento no solo como algo de carácter personal (y por tanto no universal), pero también como un proceso físico no resultaba particularmente popular para la filosofía antes de la aparición de la neurociencia y de las herramientas de neuroimagen, que permitieron lograr un acceso visual al cerebro sin precedentes.

Asimismo, la investigación neurocientífica aporta una visión acerca de por qué las noticias falsas pueden resultar tan atractivas y fáciles de extender. La clave parece estar en el rol que juegan las emociones en nuestro pensamiento, siendo mucho más importantes que la parte “racional” de nuestro proceso de toma de decisiones. Otros descubrimientos recientes refuerzan esta premisa: la corteza prefrontal, que alberga la parte lógica del cerebro, actúa en segundo término en el proceso que tiene lugar cuando se leen las noticias. Existe una mayor probabilidad de que una noticia se comparta si activa la parte social del cerebro y si dicha noticia tiene mayor valor social para el lector.

Sin embargo, el problema con la posverdad va más allá de la responsabilidad individual, ya que una vasta panoplia de entidades políticas y comerciales contribuyen a complicar el acceso a la información.

Capitalismo digital y noticias falsas

La búsqueda de la “verdad” en la era de la tecnología se complica por los retos de carácter único que plantea el propio medio de comunicación.

El contenido ya no se distribuye fundamentalmente en paquetes, como es el caso de los periódicos, sino en las redes sociales. Una encuesta realizada por el Centro Pew puso de manifiesto que la mayor parte de los adultos estadounidenses (el 62 %) leía noticias en sus respectivas plataformas de redes sociales. Internet ha modificado la forma en que la gente se comunica, no solo en términos de velocidad sino también permitiendo que las personas localicen y se unan a otros grupos con tendencias similares a las suyas, lo cual contribuye a reforzar sus creencias.

A comienzos del siglo XXI, la llegada de Internet fue aclamada como algo que inauguraba una nueva era en lo que respecta a la libertad individual y política, permitiendo una mayor participación democrática. El poder transformador de la comunicación mediante Internet parecía comprobarse y confirmarse mediante las denominadas “revoluciones de colores” en todo el mundo. En este contexto, los blogs personifican la democratización de los medios, otorgando poder a los ciudadanos privados para exponer los abusos del poder, convocar movilizaciones de base o plantear preocupaciones (a menudo gozando de la protección del anonimato). Estas nuevas oportunidades de expresión otorgan a los canales online un rol muy importante en la vida pública. Anteriormente, denominé a los blogs como “el quinto estado”, por su potencial capacidad para convertirse en avatares del poder, yendo más allá del poder de la prensa tradicional, a la que Edward Burke bautizó con la famosa expresión “el cuarto poder”.

Pero la aparición de una realidad posverdadera muestra otra cara, más oscura, de este desarrollo. Ahora, Internet y sus numerosas plataformas emergen como fuerzas aterradoras, planteando la mayor crisis moral de nuestros tiempos.

La abundancia de noticias falsas en la era de la posverdad puede suponer un daño irreparable a los fundamentos del orden liberal.Las noticias falsas solo servirán para agudizar las polarizaciones, corromper la integridad intelectual y dañar el tejido de la democracia. La posverdad prospera en un entorno muy polarizado o partidista, donde la idea de verdad ya se divide en nociones de “mi verdad contra su verdad”. Entonces, las noticias falsas refuerzan las polarizaciones políticas y sociales existentes, conduciendo a una espiral descendente que genera más divisiones e incertidumbre.

Pero centrarse exclusivamente en los resultados finales de la falsedad mediática y en los “hechos alternativos” supone el riesgo de otorgar equivocadamente toda la culpa a los políticos deshonestos. Ciertamente, el medio en sí mismo en el que se ha desarrollado la era de la posverdad no tiene un carácter neutral. Antes bien, la mayor parte de este medio está en manos de “gigantes digitales” que obtienen grandes beneficios a partir de los ciberanzuelos. Dado el poder de empresas tales como Google y Facebook, el capitalismo digital tiene su cuota de responsabilidad en la historia general de la posverdad.

¿Cuál es el camino a seguir?

Abordar el serio desafío que suponen las noticias falsas requiere una acción más enérgica por parte de los gobiernos y de los actores privados. La comprobación global de los hechos en Internet puede suponer una utopía pero hay muchas formas de contrarrestar la epidemia de noticias falsas o de “hechos alternativos”.

  1. Herramientas tecnológicas mejoradas para comprobar los hechos

Los estados y las empresas digitales deben implementar de manera inmediata mejores sistemas para efectuar la comprobación de los hechos. En cierta medida, esto ya se está haciendo y es preciso continuar por este camino con más vigor.

Ya en 2014, la Unión Europea comenzó a financiar un proyecto denominado PHEME, una tecnología para verificar la precisión de la información online. Antes de las elecciones de 2017, Alemania está llevando a cabo una acción unilateral para evitar que la desinformación distorsione la opinión pública. Atendiendo a historias falsas tales como la que afirma que su iglesia más antigua fue incendiada por una multitud, el gobierno alemán pidió a Facebook que introdujese una herramienta de filtrado de noticias falsas. Además de las iniciativas estatales, otra clase de actores, como es el caso de entidades no estatales y sin ánimo de lucro, también han expresado su interés por el uso de herramientas de verificación tales como Check, que es una plataforma para la verificación colaborativa de contenido en medios digitales.

  1. Mayor presencia pública para los científicos y más diálogo con la comunidad científica

Otra forma de garantizar que los hechos se impongan a la retórica sin fundamento es mantener un diálogo directo entre el conocimiento científico y los responsables de elaborar las políticas. El Reino Unido está implementando este enfoque trayendo la investigación científica directamente al Parlamento: la Oficina Parlamentaria para la Ciencia y la Tecnología (POST) informa a los miembros del Parlamento y a los miembros de la Cámara de los Lores sobre distintos temas, en formatos accesibles y concisos. Asimismo, un reciente informe elaborado por el Comité de Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Comunes del Reino Unido destacó que los científicos necesitan ayuda para convertirse en comunicadores mejores y más eficientes de cara al público. Esto también incluyó recomendaciones más concretas destinadas a periodistas científicos.

  1. Una mayor acción gubernamental (siendo conscientes de la necesidad de no infringir las libertades civiles)

Por ejemplo,la República Checa recientemente puso en marcha una unidad dentro del Ministerio del Interior para ayudar a combatir la difusión de noticias falsas, particularmente en lo que respecta a la preparación de las próximas elecciones y la esperada oleada de propaganda rusa. La dimensión de seguridad de esta iniciativa es explícita: el nombre de la unidad que se encargará de combatir las noticias falsas es “Centro contra el Terrorismo y las Amenazas Híbridas”.

Mientras que el control y el filtrado de noticias sancionado por el Estado siempre se asoció a regímenes autoritarios, estos recientes desarrollos constituyen, en cambio, esfuerzos para ayudar a salvar los procesos democráticos liberales y garantizar que las elecciones sean limpias. Sin embargo, las iniciativas dirigidas por el Estado presentan tanto riesgos como deficiencias. En principio, la alegación de “noticias falsas” puede utilizarse como una excusa para introducir la censura y, de esta manera, erosionar la confianza en el Estado. Otro problema que surge es que en aquellos estados que disponen de menos recursos y capacidades institucionales para responder a la amenaza de las noticias falsas, son los ciudadanos quienes deben tener cuidado y permanecer alerta acerca de la información que reciben. Se trata de una propuesta basada en las buenas intenciones pero que resulta impráctica por muchas razones, entre otras porque supone que todos los ciudadanos tienen los conocimientos y las habilidades requeridas para valorar la autenticidad de las noticias.

Cada vez más, las peticiones de verificación de los hechos están haciendo que las empresas digitales privadas reaccionen pero hay un largo camino por delante para implementar de forma plena un sistema de monitorización de la información en disputa.

  1. Segurizar las noticias falsas

La posverdad representa un peligroso aumento del populismo que glorifica la vulgaridad y las mentiras, con repercusiones que no solo son “éticas” sino que desestabilizan la política local y la geopolítica.

Para enfrentar los peligros de la posverdad, la comunidad internacional debe considerarla como un reto emergente en lo que respecta a la seguridad, requiriendo respuestas firmes y esfuerzos colectivos.

Hasta el momento, numerosos países han intentado abordar este reto de forma independiente. Recientemente, los Estados Unidos han cooperado con las autoridades españolas para arrestar a un importante hacker ruso implicado en el desarrollo de las elecciones estadounidenses de 2016. Actuando con el alias de “Severa”, su software antivirus falso funcionó como un motor de spam durante varios años, infectando entre 70.000 y 90.000 ordenadores y enviando hasta 1.500 millones de mensajes spam por día. Estas cifras muestran las alarmantes dimensiones que alcanza esta clase de propaganda.

Afrontar estas complicaciones en relación con las noticias falsas e identificar a los trolls puede ser una tarea difícil incluso para aquellos países que disponen de servicios de inteligencia robustos y competentes. Los países que disponen de menos recursos se encuentran en una posición aún más vulnerable.

La comunidad internacional debe establecer una serie de procesos colaborativos y medios de intercambio para ayudar a contrarrestar los nocivos efectos de las noticias falsas. Por ejemplo, la comunidad internacional necesita intensificar sus esfuerzos para apoyar iniciativas tales como el proyecto PHEME de la Unión Europea. La comprobación de los hechos online puede tener un impacto crítico en las elecciones y debe considerarse como parte integral de la asistencia electoral, junto con otros esfuerzos financieros o el envío de observadores electorales.

Simultáneamente, la comunidad internacional debe garantizar que los estados no utilizan sus esfuerzos para purgar el dominio digital de trolls y noticias falsas como una excusa para implementar controles de la información más severos.

En marzo de 2017, una “Declaración conjunta sobre la libertad de expresión y las noticias falsas, la desinformación y la propaganda”, efectuada por la Relatora Especial de las Naciones Unidas sobre libertad de opinión y expresión, la OSCE y la Organización de Estados Americanos, advirtió contra los efectos de las “noticias falsas” y la propaganda pero hizo hincapié en condenar los intentos de establecer la censura por iniciativa estatal y el bloqueo de páginas web. Se trata de un delicado equilibrio, pero los estados deben comprometerse a mantenerlo.

Leer el artículo completo aquí.

Prof. Nayef Al-Rodhan

Centro de Políticas de Seguridad de Ginebra

@SustainHistory

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