La neurofilosofía de las relaciones internacionales

por Nayef Al-Rodhan

Autor del artículo destacado

Los orígenes del debate    

El vínculo disciplinar entre neurociencia y relaciones internacionales y política es limitado. Tradicionalmente, se entendía que las relaciones internacionales versaban sobre la interconexión entre estados, competencias, poder y recursos. Consiguientemente, los hallazgos de la neurociencia comportan aparentemente poca relevancia para los estudiosos de las relaciones internacionales.

Pero, a la vez, el interés filosófico sobre la naturaleza del ser humano ha resultado ser un catalizador crucial para el desarrollo de los estudios de las relaciones internacionales desde su nacimiento.

En sus orígenes, la teoría realista de las relaciones internaciones surge por una analogía entre la naturaleza humana y los estados, y la naturaleza humana y la anarquía internacional. En su renombrada obra Leviatán, publicada por vez primera en 1651, Thomas Hobbes profundiza en el estado de naturaleza y la existencia falible del ser humano sin orden y control soberano. En los cimientos del estado o cuerpo político se encontraba una concepción específica del hombre. Según Hobbes, la pasión e instintos del hombre son similares a los de los animales: buscar el placer y evitar todo aquellos que provoque desagrado. En la naturaleza de estado previa a Leviatán, el derecho de naturaleza es la norma, según la cual el hombre dispone de libertad ilimitada para actuar como desee con el fin de preservar su supervivencia. Pese a todo, el hombre es diferente a los animales en diversos aspectos importantes. El hombre está asimismo dotado de curiosidad, razón y el deseo de conocer el porqué, el cómo y los motivos de su propia muerte. El hombre es, por tanto, consciente de la precariedad de su entorno en el estado de naturaleza, un estado en el que las personas son egoístas, individualistas y solo se preocupan por su propia supervivencia. Este estado de naturaleza hipotético es una condición insoportable en la que el individuo sufre ansiedad e incertidumbre constantes. El Leviatán nace cuando el hombre busca escapar del estado de naturaleza (un estado de constante conflicto en potencia) y acepta un poder común que controla a todos.

La parte central de la filosofía de Hobbes es la comprensión del hombre en tanto que elemento ontológicamente anterior al estado. El estado/Leviatán es un instrumento al servicio de los intereses del hombre. Partiendo de esta interpretación, pasamos a la esfera de la política internacional, donde las relaciones entre Leviatanes adoptan la misma lógica que el estado de naturaleza. La analogía entre individuos y estados es central en la teoría realista. Los estados, en tanto que individuos, son intrínsecamente egoístas y buscan maximizar su poder y sus recursos. Sin embargo, en el ámbito global, no hay Leviatán. Esto hace entrar a los estados en un modo perpetuo de equilibro de poderes y hacen lo que sea necesario a favor sus respectivos “intereses nacionales”.

Naturaleza humana y el dogma de las relaciones internacionales

Con la evolución de los estudios de relaciones internacionales en el siglo XX, los teóricos del realismo presentaron una comprensión de los estados y los conflictos fundamentalmente arraigada en la naturaleza humana. Además, sus perspectivas no divergían exageradamente de la de Hobbes: la causa de todos los conflictos humanos se hallaría en las características esenciales de la naturaleza huma, que fundamentalmente es imperfecta, individualista y con tendencia al conflicto. Los realistas mostraban un pesimismo general respecto a la naturaleza humana que, según su opinión, no tenía muchas posibilidades de cambio. Esta visión se veía complementada por un entendimiento de las leyes del poder eternas que se había tomado prestado de la antigua Grecia y según el cual los fuertes actúan según su conveniencia y los débiles están abocados a aguantarlo. Los académicos de la teoría realista, como Hans Morgenthau, argumentaban que la naturaleza humana era la fuerza catalizadora subyacente tras el comportamiento del estado. Sin embargo, Morgenthau concluyó que probablemente el ser humano no era pura e inalterablemente perverso, pero que sus imperfecciones se pueden explicar generalmente a través del pecado original.

Por lo general, el realismo de los años 50 y 60 se basaba en reduccionismos muy crudos sobre la naturaleza humana. Incluso, pese a que otras disciplinas iban ganando terreno, los argumentos de los realistas obviaban hallazgos drásticamente relevantes en la teoría social, como las nociones de identidad de grupo y la sociología o la fisiología del cerebro.

En el otro extremo, las escuelas liberal e idealista también hacían sus cábalas sobre la naturaleza humana. Su visión era más optimista y con más matices que la de los realistas. La noción de estos últimos del “animus dominandi” o deseo de dominar, no se daba por asumida; mientras liberales e idealistas intentaban contextualizar la debilidad humana. Inspirado en la filosofía de Kant, el paradigma liberal/idealista consideraba que la tendencia violenta y bélica del hombre se debía mayormente al resultado de unas circunstancias y no a su malicia innata. Por tanto, se considera que el progreso moral verdadero era posible. El argumento de estas tendencias era que el hombre también estaba movido por la razón y esta capacidad racional le indicaba que la colaboración es en comparación más ventajosa que el conflicto. Además del cálculo de costes, se consideraba que el hombre poseía un sentido intrínseco de altruismo, que se ponía de manifiesto en situaciones sociales.

La justificación de esta última perspectiva dejó una profunda huella en la filosofía moral de Kant, quien, particularmente en La paz perpetua, explicaba que este progreso moral llevaría, en última instancia, a que la humanidad se manifestara en un “reino de los fines” donde la valía de cada persona individual quedaría plenamente reconocida. A través de la razón la humanidad puede realizar análisis de costes y beneficios y, consiguientemente (por lo general), se aconsejaba una colaboración social. Una forma de describir el imperativo categórico kantiano es resaltar que los agentes humanos, en tanto que hacedores de fines, no se pueden interpretar meramente como un medio para los fines de otro, sino que se debe respetar su dignidad.

Estas explicaciones de la naturaleza humana presentan esencialmente un reto al entendimiento abstracto de los estados y la anarquía. Por encima del estadocentrimso que profesan los realistas, están los seres humanos que deben colaborar, negociar o crear normas. Esta analogía quedó en cierta medida reflejada en el paradigma institucionalista neoliberal, según el cual los estados aprenden a colaborar (con la ayuda de las normas, las instituciones y los regímenes internacionales), lo cual mitiga las inseguridades y la desconfianza. Sin embargo, los argumentos de los liberales no se fundamentaban en hallazgos científicos. Esta carencia la puede suplir la neurociencia.

Mientras que la naturaleza humana desempeña un papel fundamental en la teoría de las relaciones internacionales, la neurociencia se viene a sumar con retraso al estudio de este campo. Tradicionalmente, los estudiosos de las relaciones internacionales son proclives a contemplar el comportamiento y cualquier otra cosa bajo el paraguas de la “naturaleza humana” y se alejan de la neuroquímica. Los realistas racionales, como Morgenthau, sí que hacían alguna concesión al papel que juegan las emociones en política internacional, pero se contemplaban mayormente en un contexto de búsqueda de apoyos para la política exterior. En ámbitos más allá de las fronteras nacionales, se estimaba que las emociones no aportaban demasiado en la interpretación de las acciones internacionales. Sin embargo, un estudiante de doctorado en la Alemania de finales de los años 20, Morgenthau se percató de las fuertes emociones de traición y humillación tanto en líderes como en ciudadanos que desató el Tratado de Versalles. La ascensión de Hitler al poder vino de la mano de esta ola de frustración emocional respecto a la posición alemana en el mundo. Con el advenimiento de la neurociencia, se fueron desvelando lentamente nuevos caminos posibles para entender y descifrar los misterios de la mente humana, donde yacen nuestras emociones y moralidad.

Maurizio Meloni ofrece una explicación plausible del resurgir del interés en los argumentos biológicos de mediados de los años 70. El periodo que transcurre entre mitad del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial estuvo dominado por un “abuso catastrófico de la biologización” (racismo, eugenesia, etc.). Por consiguiente, tras la Segunda Guerra Mundial, los argumentos con arraigo biológico se rechazaban contundentemente y predominaba el pensamiento “antinaturalista”. Esto comenzó a cambiar a mediados de los años 70 con el renacimiento de los argumentos biológicos. El cambio se hizo particularmente aparente con el crecimiento y la popularización de disciplinas como la biología molecular, la genética biológica del compartimiento y las ciencias neurocognitivas.

La motivación de estas apelaciones a la ciencia se vio asimismo reforzada en parte por la búsqueda de cierta objetividad con el despertar de una pseudociencia descontrolada al servicio de efectos nocivos. El resurgir del naturalismo, entendido como una valoración mejorada de los argumentos de la ciencia natural, no debe considerarse sorprendente, pese a que sí es positivo. Según proliferaban los estudios neurocientíficos y ganaban más credibilidad, otras disciplinas comenzaron a intentar integrar sus hallazgos. Uno de estos estudios interdisciplinarios es la neurociencia política. Pese a que presenta numerosas limitaciones, ofrece un punto de partida magnífico para reflexionar sobre la importancia de la neurociencia en general, y la neuroquímica y neurobiología en particular, en el comportamiento de los individuos, así como en los sistemas de creencias colectivas.

La neurociencia ha ejercido particularmente gran influencia en el campo más amplio de los estudios cognitivos y en el examen de las emociones y el razonamiento moral. Al mismo tiempo, la creciente legitimidad obtenida de la neurociencia para la comprensión y explicación de los fenómenos políticos ha servido para abordar las grandes deficiencias de los argumentos dominantes del siglo XX (el marxismo, el psicoanálisis, el racionalismo kantiano y la teoría política).

Nuevas aportaciones de la neurociencia

La neurociencia ha aportado algunos hallazgos fascinantes sobre el cerebro y comportamiento humanos. Para el limitado ámbito del presente estudio, que es conectar la neurociencia con la teoría política y la creación de políticas, me centraré particularmente en aquellos hallazgos que hacen tambalearse las suposiciones más arraigadas sobre la naturaleza humana. Una de las lecciones fundamentales de la investigación neurocientífica trata sobre las emociones humanas, que tienen mucha más influencia de lo que se creía inicialmente. Por otra parte, las emociones son físicas porque cada uno de los acontecimientos neuroquímicos es físico. Los procesos de toma de decisiones o las elecciones morales de los seres humanos se corresponden todos con procesos neuroquímicos en el cerebro y, por tanto, tienen una dimensión física.

Este conjunto de investigaciones ha inspirado a analistas políticos que se vuelven hacia la neurociencia para buscar una explicación a las motivaciones que subyacen bajo los comportamientos políticos en acontecimientos recientes. Uno de los estudios contempla la neurociencia de las negociaciones con Irán sobre su programa nuclear. En otro estudio, la neurociencia se utilizó para explicar la lealtad de algunos votantes en las campañas electorales de 2016 de los Estados Unidos de América, y se estableció un inventario de hallazgos que podría servir de inspiración a los candidatos a la presidencia en el diseño de estrategias para cambiar la opinión de los votantes. Este último estudio muestra que el proceso de formación y cambio de las opiniones está estrechamente ligado al hardware neuronal del cerebro, donde intervienen las diversas partes de este para dar forma a las opiniones y cuantas más creencias haya ligadas a los valores de la comunidad, más trabajo costará cambiarlas.

Por otra parte, según queda resumido por una nueva generación de filósofos de la moral que muestra gran interés en la neurociencia e incluye a estudiosos como Jesse Prinz, Jonathan Haidt y Jonathan Greene, entre otros, la dimensión emocional domina en la conciencia del ser humano.

Antonio Damasio estudió en profundidad el papel de las emociones en el razonamiento moral. Sus estudios que datan de comienzos de los años 90 le llevaron a concluir que la conciencia humana requiere memoria autobiográfica, que surge de las emociones y los sentimientos. Estas revelaciones se basaron en investigaciones en pacientes con lesiones cerebrales que no podían tomar decisiones adecuadas, pese que la parte del cerebro responsable de la “razón” no presentaba alteración alguna.

Por el contrario, la venerable tradición occidental que se remonta al menos a Platón y más tarde a Kant, mantenía que las emociones eran un obstáculo para el pensamiento racional diáfano y, por tanto, para la comprensión ética real. Tales reflexiones, sin embargo, se ven menoscabadas por la evidencia científica que demuestra que las emociones dominan la toma de decisiones moral y que, consecuentemente, la racionalidad intenta validar y hacer coherente aquello que en gran medida son juicios emocionales. A partir de estos hallazgos, se determina que la moralidad se puede explicar en términos físicos por la complicada interactuación de estructuras neuronales y de química neuronal en el cerebro.

Otro debate reciente ha explorado la correlación entre la estructura cerebral y las afinidades políticas. Algunos de los hallazgos de los neurocientíficos cognitivos tras estudiar escáneres cerebrales de personas de diferentes partidos políticos parecen sugerir diversos patrones que revisten gran interés. Estos parecen querer indicar que existe una correlación neurológica posible entre personas que comparten ciertas ideologías políticas. Uno de los estudios se centró en la amígdala del córtex cingulado anterior. Los resultados indicaron que existe una mayor tendencia hacia el liberalismo en personas que presentan más cantidad de materia gris en el córtex cingulado anterior, mientras que las ideas conservadoras se corresponden con un mayor volumen de la amígdala derecha. Las pruebas se repitieron en múltiples ocasiones y se obtuvieron resultados similares. El tema de la causalidad, sin embargo, no está muy claro. Existen numerosos factores que intervienen en las preferencias políticas y no funcionamos exclusivamente según la estructura cerebral heredada. En su lugar, debemos recordar en todo momento que en la neurociencia hay una cuestión clave, que es que el cerebro es plástico y maleable. Esto quiere decir que las actividades en las que participemos, independientemente de lo nimias que puedan resultar, conllevan cambios en el cerebro.

Nuestra comprensión de lo que implica ser humano se ha visto influenciada por la creciente investigación del cerebro a través de las técnicas de imagen o imagen por resonancia magnética funcional (IRMf). Pese a que la investigación del cerebro no se puede calificar de exhaustiva, los estudios realizados han aportado atisbos sobre las bases de nuestra moralidad, que están arraigadas en nuestra neuroquímica innata y hemos heredado tras miles de años de evolución. Aunque aún queda mucho por hacer, las normas y el entorno (como se explicará en la sección siguiente), existen otros elementos que son también cruciales en el desarrollo moral y se encuentran en un conjunto de preferencias universales. La neuroanatomía, así como la neuroquímica, podrían despejar ciertas dudas sobre la potencial preferencia humana de actuar con moralidad. Por ejemplo, las personas que sufren lesiones cerebrales a una edad temprana, en concreto en ciertas regiones del córtex prefrontal (CPF), experimentan importantes dificultades a la hora de comprender las convenciones sociales o emociones como la compasión, la empatía, la culpa o la lástima. La evidencia parece confirmar que existe una posible correlación entre la neurobiología y la ética. Según la visión de Damasio, esto no solamente se da en el reino del ser humano: otras especies muestran rasgos de comportamiento moral, como la compasión o la lástima.

La neurociencia de la moralidad es una vasta disciplina que tan solo se encuentra en sus primeras etapas. Pese a que desde hace algunas décadas hemos aprendido más sobre el cerebro humano que en siglos, aún estamos lejos de tener una comprensión completa del cerebro y su función potencial en las tendencias o emociones morales. Según vayamos ampliando nuestro conocimiento sobre el cerebro, se irán descubriendo muchas más cosas. Es decir, que aunque sea posible que muchos de los datos actuales sobre la neurociencia de la moralidad no sean exhaustivos, presentan un valor incalculable para comprender cómo se moldea nuestra naturaleza y moralidad.

La neurofilosofía tiene por objeto englobar todos estos temas con el propósito de servir en la toma de decisiones políticas. Los hallazgos en la neurociencia y la neuroquímica, por ejemplo, también nos pueden ayudar a entender mejor los principios fundamentales biológicos de la dignidad y la justica para proporcionarnos datos sobre cómo se producen las decisiones y compromisos morales.

En sentido abstracto, la toma de decisiones hace referencia a la selección de opciones entre una variedad de posibles alternativas. A menudo estas opciones implican una negociación entre nuestro propio interés y el interés de otros; en otras ocasiones, se trata de nuestro bienestar presente e intereses futuros (concretos o previstos). A nivel celular, el proceso de la toma de decisiones se puede traducir de forma neuroquímica. Distintos químicos en nuestros cerebros (neuromoduladores) dan forma al proceso de la toma de decisiones. Los eventos de nuestro entorno activan estos sistemas neuromodulares y se extienden por diferentes regiones del cerebro, de forma que influyen en el procesamiento de la información. Un importante descubrimiento de la neurociencia de la moralidad, por ejemplo, tiene que ver con la influencia de la serotonina en nuestro comportamiento y los hallazgos apuntan a que un nivel bajo de serotonina aumenta el deseo de venganza y castigo. Desde hace mucho la serotonina se asocia con el comportamiento prosocial: un aumento de este químico comporta una mayor propensión a la prosocialidad. Asimismo, otros químicos, como la testosterona o la oxitocina, pueden influir en la toma de decisiones. De nuevo, mientras que para los pensadores realistas, la toma de decisiones siempre se basaba en cálculos de costes racionales, la neurociencia presenta un cuadro con más matices por los diversos factores y, por supuesto, los neuroquímicos desempeñan su papel.

La neuroquímica del poder

La neurociencia ofrece otros tipos de aportación a la teoría política y al análisis político. El cerebro humano dispone de una programación previa neuroquímica para buscar satisfacción y sentirse bien, y los catalizadores subyacentes que son cinco (poder, beneficio, placer, orgullo y permanencia) van a articular nuestras acciones para lograr o maximizar estos motivadores del bienestar. Buscamos de forma inevitable estos catalizadores que nos hacen sentir bien, pero la sociedad, la cultura, la religión y otras instituciones desempeñan un papel fundamental en evitar las consecuencias perjudiciales de estos. En este debate, el poder (un punto central de los estudiosos políticos y de las relaciones internacionales) se merece mayor atención y la neurociencia tiene algunos argumentos importantes de los que podemos aprender.

La forma en que el poder y, en particular, el poder absoluto se articula en los líderes puede explicarse en términos celulares y neuroquímicos. He comentado anteriormente que el poder absoluto resulta tóxico. Es adictivo y funciona a través de circuitos de recompensas existentes en el cerebro que producen un placer extremo. Al igual que los adictos a cualquier droga, las personas en posiciones de poder absoluto querrán conservar ese poder a cualquier precio para satisfacer el deseo de este estado de embriaguez adictivo.

Por lo que sabemos hoy en día, el químico principal que participa en la recompensa del poder es la dopamina, que es también el “químico del placer” en el cerebro. De forma más general, la dopamina se libera en el cerebro cada vez que obtenemos una recompensa; esto sucede cuando participamos en actividades que asociamos con la emoción. El cerebro tiene centros de recompensa que se activan con la dopamina y estas regiones incrementan nuestra motivación; cuando más motivados nos encontramos, más dopamina se libera. La dopamina también recibe el nombre de “botón de la salvación” porque nos ayuda a retener información, poder centrarnos y nos hace desear repetir ciertas actividades que activen los centros de placer del cerebro que reciben la recompensa. Hasta cierto punto, por tanto, somos adictos en la medida en que tendemos a buscar actividades que nos garanticen un flujo continuado de dopamina y el consiguiente placer.

Este circuito de recompensas funciona de forma similar con el poder. Cuanto más poder ostente un individuo, más adictiva será su presencia. La neuroquímica del poder también nos dice que la repentina carencia del mismo nos crea un ansia incontrolable de volver a poseerlo. Mientras que en cantidades moderadas la dopamina potencia las funciones cognitivas, a niveles muy altos puede producir un comportamiento irresponsable, paranoias, narcisismo extremo y crueldad. De esta forma aunque la máxima de Lord Acton sobre que el poder genera corrupción y el poder absoluto corrupción absoluta, en su momento era meramente anecdótica y se basaba en lecturas de historia selectivas, se ha topado con una explicación causal más sólida de lo que podía haber imaginado. Hitler, Stalin y Napoleón son tan solo algunos de los ejemplos más conocidos que ilustran los efectos devastadores de la adicción al poder. Estos ejemplos muestran la relevancia e implicaciones políticas de la neuroquímica del poder. Nos indica que las transiciones políticas (y, por tanto, la retirada del poder) en regímenes dictatoriales debe ser gradual y que las instituciones y sistemas responsables de los controles y contramedidas son fundamentales en la instauración de restricciones y supervisión del poder personal.

Dada la maleable composición neuroquímica del ser humano, una buena gobernanza e instituciones responsables son esenciales para que la moral prospere. De forma similar, un sistemas de controles y contramedidas resulta indispensable para evitar el exceso de poder, algo que la mayoría de los líderes buscaría si tuvieran esta oportunidad.

 Una neurofilosofía basada en la teoría de la naturaleza humana

La evidencia señala que los seres humanas nacen con lo que anteriormente denominé una predisposición a la tabula rasa: aunque no tengamos una idea innata del bien o el mal, los seres humanos disponen de un conjunto predeterminado de predilecciones con base neurológica para buscar la supervivencia, que está codificado genéticamente. En cierto sentido, el concepto de John Locke de los seres humanos como pizarras en blanco con el potencial de razonar se acercaba más a la realidad que las teorías de su heredero, Kant, con su deseo bien intencionado pero problemático de construir un edificio de moralidad positiva en la naturaleza del ser humano. De hecho, las hipótesis limitadas que planteó Locke sobre los atributos humanos confirieron a su trabajo una longevidad e influencia importantes en el terreno político. Lo que Locke no pudo determinar suficientemente, por sus carencias neurocientíficas, fue la forma en la que el cerebro humano ha ido evolucionando y terminó por poseer predisposiciones específicas como resultado de este proceso evolutivo.

Locke compartía nuestra tendencia a pensar que la razón es innata y con la educación adecuada, por lo general, sería suficiente para garantizar la colaboración social. Pese a no ser ajeno a la influencia social, Locke también menospreció su poder determinante. Por otra parte, aunque su concepción más optimista de la naturaleza humana ayudó considerablemente al establecimiento del liberalismo, dado que Locke infravaloraba la importancia del contexto en el que los seres humanos se encuentran, no abordó correctamente el reto central de Hobbes, es decir, cómo garantizar la armonía social en circunstancias anárquicas ante la falta de un control estricto (por lo general, monárquico). Pese a otras críticas que puedan hacerse a Hobbes, este vio claramente, sin la ayuda de la neurociencia, que nuestros valores morales pueden desarrollarse mejor en circunstancias en las que no se ponga a prueba nuestra supervivencia.

Mi teoría sobre la naturaleza humana, “egoísmo amoral emocional”, se deriva fundamentalmente de un entendimiento de la naturaleza humana basado en hallazgos de la neurociencia. Las emociones son básicas en la existencia del ser humano y se manifiestan con mucha más frecuencia que las muestras de racionalidad fría e intencionada. Los descubrimientos más recientes sobre el cerebro y la neuroquímica señalan la importancia de las emociones en la existencia del ser humano. Las investigaciones demuestran que incluso cuando describimos con toda nuestra lógica, son las emociones las que juegan el papel más importante en la toma de decisiones.

La amoralidad se refiere a nuestra carencia de valores morales o inmorales inherentes. Somos amorales y nuestra brújula de moralidad está fuertemente influenciada por nuestros propio interés emocional percibido y alimentada por la información recabada en experiencias, educación y entornos.

Contamos con un número limitado de predisposiciones codificadas en nuestra genética y la más básica de estas predisposiciones innatas es la supervivencia propia. Es una forma básica de egoísmo. Evidentemente, también son posibles otro tipo de emociones positivas, como el altruismo, pero seguramente se verán desplazadas por la fuerza impulsora de la supervivencia.

Repercusiones en política

Los argumentos basados en la neurociencia pueden resultar incómodos porque nos fuerzan a encararnos a la realidad de que nuestra moralidad no es estática. A muchos de nosotros nos gusta creer que nuestros valores morales están irreversiblemente enraizados con lo que somos y resultan fundamentales. Sin embargo, es más exacto pensar que los neuromoduladores cambian constantemente en respuesta a los eventos de nuestro entorno. De hecho, las circunstancias externas desempeñan un papel fundamental en la modelación de nuestra brújula de moralidad. Somos maleables y, en función de las circunstancias, la mayoría de nosotros, la mayoría del tiempo, va a elegir el tipo de acción que mejor se correspondan con el propio interés emocional percibido. Nunca debemos, por tanto, dar por sentadas las virtudes morales: la suposición persistente de que el hombre disfruta de moralidad innata va completamente en contra con los registros históricos de brutalidad, alienación e injusticia. Esta es la razón por la que las instituciones responsables y la buena gobernanza son centrales, tanto en el ámbito nacional como en el internacional.

En la teoría política, la neurociencia conquista nuevos territorios porque explica la naturaleza humana con una precisión sin precedentes. Pese a que gran parte de las funciones celulares y subcelulares del cerebro humano siguen sin conocerse, la información de la que disponemos actualmente ofrece una comprensión más matizada de la naturaleza humana, que a su vez nos ayuda a entender la política, la teoría de las relaciones internacionales y el orden global.

  1. Emotividad del estado

A la hora de entender la política internacional, la neurofilosofía nos muestra que los estados, al igual que los individuos, pueden actuar de forma emocional de muchas formas sorprendentes. Verdaderamente, la neurociencia tiene su mérito al habernos alertado del impacto crucial de las emociones en la toma de decisiones. Al examinar la historia, se rebate el dogma de las relaciones internacionales que establece que los estados, al igual que los individuos, actúan de forma racional y calculan sus opciones con la perspectiva de maximizar el poder. Muy al contrario, la emotividad juega un importante papel en el comportamiento del estado, al igual que lo hace con las personas. El realismo, la teoría central en relaciones internacionales, ha salido muy perjudicado por esta interpretación errónea de la naturaleza humana que adoptaron los pensadores clásicos pero que está desconectada de las consideraciones más recientes.

La neurociencia resulta también relevante para la política y la teoría cuando se contemplan los estudios en neurociencia cognitiva, que ayudan a explicar algunas de las razones que motivaron patrones de colaboración y enemistad en las relaciones internacionales. El hábito y el comportamiento habitual son dos de las piezas clave de la existencia humana. Los humanos actúan más por costumbre que a través de la reflexión. Se han analizado deducciones similares en el contexto de las relaciones entre estados, donde los patrones de alianzas, colaboración y conflicto han probado a menudo prevalecer en el tiempo.

  1. Amoralidad del estado

Al igual que con las personas, las normas de los estados y las perspectivas morales fluctúan enormemente, en función de las circunstancias e intereses. Mientras que ha quedado demostrado con hechos que algunos estados quebrantan la ley internacional con más frecuencia que otros, es virtualmente imposible clasificar a los estados en “morales” o “amorales”. Ningún estado en el sistema internacional se encuentra permanentemente en un lado del espectro. Los estados son amorales en tanto que su conducta va a variar y actuarán moralmente en circunstancias en las que su supervivencia u otros intereses estratégicos inmediatos no estén en peligro y de forma inmoral cuando las previsiones geopolíticas o las necesidades de supervivencia lo requieran. Sin embargo, un hecho menos conocido es que los mismos países han ofrecido una generosa ayuda humanitaria a países con poca o no directa relevancia estratégica.

  1. Egoísmo del estado

Los estados, al igual que las personas, son actores egoístas en la medida en que siempre buscarán acciones que garanticen su supervivencia, que es una forma fundamental de egoísmo. Sin embargo, al contrario de lo que piensan los realistas, que creen que el egoísmo es una característica subyacente y permanente en el comportamiento de los estados, no es en sí mismo un fin, ni un objetivo que se persigue de forma irracional. Si definimos egoísmo en un sentido mínimo como la búsqueda de la supervivencia, será un rasgo perenne de la conducta del estado, pero en otros casos, las acciones de los estados estarán motivadas por muchos otros catalizadores neurocognitivos, que se basarán muy poco en el egoísmo. En el sistema internacional, los estados (al igual que las personas en las sociedades) están socializados con normas y comunidades de protección, donde la noción de egoísmo se cuestiona firmemente.

  1. Cultura estratégica: Neuronarrativas sesgadas y selectivas 

Las narraciones sobre orgullo, prestigio e historia ayudan a crear culturas estratégicas, que son fundamentalmente historias compartidas sobre una posición histórica determinada de un país y su situación geoestratégica. Las emociones, comportan de forma colectiva relatos históricos y las memorias marcan a fuego la conducta de un estado y repercuten sobre el pensamiento geopolítico. Estas historias están por lo general sesgadas y son altamente selectivas con respecto a la propia historia del estado y, lo que resulta más peligrosos, con respecto a la historia de otros estados. Asimismo, estas historias por lo general sientan las bases de los malentendidos y la desconfianza, que perdura durante generaciones. Tal como formuló Henry Kissinger en su tesis doctoral, no se pueden entender los problemas de seguridad de ningún estado “sin conocimiento del contexto histórico” y “la memoria de los estados es la garantía de la verdad de su política”. Afirmó que la racionalidad del estado no era sino una interpretación idiosincrática de las historias de los respectivos estados. Kissinger escribió: “no es el equilibrio como fin lo que les interesa… sino más bien como medio para conseguir sus aspiraciones históricas”.

  1. Realismo simbiótico: Una neurofilosofía basada en la teoría de las relaciones internacionales 

En el mundo interconectado e interdependiente de hoy en día, propuse anteriormente una teoría que captura este complejo conjunto de variables que definen e influyen a los estados y que denominé realismo simbiótico. Este concepto transciende los imperativos realistas tradicionales de la maximización del poder y la competencia, y contempla otros factores que limitan u obligan a los estados. Por ejemplo, muchos de los conflictos en el mundo actual se pueden comprender mejorar desde fuera del paradigma del pragmatismo y la racionalidad. Los conflictos entre China y Japón por las islas Senkakus tienen un propósito simbólico más que importancia estratégica. El conflicto entre Palestina e Israel comporta un carácter profundamente emocional por ambas partes. Los estados, al igual que los individuos, son emotivos, amorales y egoístas. Su conducta fluctuará en función de las circunstancias y harán gala de altos valores molares en ciertas circunstancias, mientras que en otras serán totalmente inmorales. La mochila emocional e histórica afectará en gran medida a su conducta y, en esencia, sus preocupaciones seguirán centrándose en la supervivencia y la integridad territorial por encima de todo lo demás.

  1. Teoría de la historia sostenible: Una neurofilosofía basada en la filosofía de la historia

La lección más significativa que ofrece la neurociencia a los responsables de formular políticas reside en los hallazgos sobre la emotividad subyacente de la naturaleza humana. Dado que los seres humanos se rigen por la racionalidad en una medida mucho menor que lo que antes se consideraba y que nuestra brújula moral cambia según las circunstancias, los responsables de formular políticas desempeñan un papel crucial a la hora de sacar partido a lo mejor o lo peor de la raza humana y la lección para estos responsables es muy valiosa: la comprensión de los atributos principales de nuestra naturaleza esboza las condiciones bajo las que los seres humanos pueden desarrollar valores morales y un interés en la colaboración social. En situaciones de miedo, o cuando está en riesgo la supervivencia, se perseguirán acciones que garanticen esta supervivencia sobre cualquier otra cosa. Las circunstancias son fundamentales a la hora de modelar nuestras tendencias morales y la maleabilidad de la neuroquímica humana representa otra prueba a favor de este argumento. Un contexto político y social en el que se respeta la dignidad humana propiciará un incremento de posibles acciones humanas morales. A la inversa, en sociedades donde las condiciones de injusticia, humillación y privación son endémicas, se presentan más probabilidades de promover un comportamiento egoísta y orientado a la supervivencia.

Dada la plasticidad del cerebro humano y la maleabilidad de nuestra naturaleza, tan solo las políticas orientadas a garantizar el paradigma de historia sostenible puede articular un camino incluyente para todos. El concepto de historia sostenible se había propuesto anteriormente como alternativa al discurso del fin de la historia de Francis Fukuyama, que preveía una rápida expansión de la democracia liberal como un momento en la historia en el que cesarían todas las luchas ideológicas. En su lugar, el paradigma de historia sostenible propone una comprensión diferente de aquello que motiva el avance en la historia, que no es la búsqueda de la libertad política, sino más bien la dignidad. La búsqueda humana de la dignidad es la base de la existencia humana y constituye un requisito previo para la buena gobernanza. En ese sentido, los modelos de gobernanza con más éxito y duraderos serán aquellos que encuentren el equilibro entre las tensiones de siempre que suscitan los tres atributos de la naturaleza humana (emotividad, amoralidad y egoísmo), por una parte, y las nueve necesidades de dignidad humana (razón, seguridad, derechos humanos, responsabilidad, transparencia, justicia, oportunidad, innovación e inclusión), por otra parte.

Las políticas basadas en los datos que arroja la neurociencia deberían, por tanto, orientarse a crear sistemas políticos que garanticen la dignidad (en la totalidad de las nueve métricas antes mencionadas), promuevan el orden social y reduzcan las consecuencias de nuestro egoísmo amoral emocional inherente. Las políticas que no consideren la naturaleza humana y las necesidades de la dignidad humana, no perdurarán. Los líderes deben recordar que el desmoronamiento de los regímenes y las ideologías es tan solo una cuestión de tiempo si no garantizan un equilibrio de sus tensiones fundamentales (entre los atributos de la naturaleza humana y las necesidades de la dignidad humana). Esta perspectiva neurofilosófica de la naturaleza humana, se revisará de forma continuada según vayamos realizando nuevos descubrimientos sobre el cerebro humano. Para tal cosa, se deben evitar tendencias reduccionistas o deterministas. Cuando se sabe lo que motiva y condiciona a las personas, los grupos étnicos y culturales (tanto en el ámbito subnacional como supranacional), los líderes podrán reflexionar mejor sobre los requisitos previos necesarios para una gobernanza sostenible que ofrezca a los responsables de la formulación de políticas una oportunidad única para crear sociedades más estables, equitativas y progresistas.

El profesor Nayef Al-Rodhan (@SustainHistory) es miembro honorario del Antonys College de la Universidad de Oxford e investigador superior y director del Programa de Geopolítica y Futuro Global del Centro de Ginebra para la Política de Seguridad. Autor de “Historia sostenible” y “Dignidad del hombre”. A Philosophy of History and Civilisational Triumph (Berlin: LIT, 2009).

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