El Modelo de civilización oceánico: la teoría de la historia sostenible y el entendimiento cultural global

por Nayef Al-Rodhan

Autor del artículo destacado

Muchas interpretaciones de los conflictos internacionales comparten supuestos comunes con respecto a la inherente naturaleza opuesta de estados o culturas. Según el realismo, la teoría predominante de las relaciones internaciones, el conflicto surge de forma inevitable y es el resultado natural de un entorno internacional altamente competitivo. También es reflejo y prolongación de la naturaleza competitiva y egoísta del hombre, impulsado por el poder. En un sentido más amplio, “hombre” hace referencia tanto a los individuos como a las comunidades más grandes (o tribus, en la antigüedad) a las que uno pertenece y con las que se siente protector en virtud de la identidad de grupo que comparte.

Para algunos pensadores, incluidos algunos realistas, el origen de este modo conflictivo perpetuo se puede atribuir a diferencias culturales irreconciliables. Aunque la conocidísima teoría del “choque de civilizaciones” de Samuel Huntington destaca por involucrar la cultura de forma más profunda en las relaciones de poder geopolíticas, mantiene, no obstante, las implicaciones del realismo tradicional. Los estados siguen siendo los principales actores en un sistema anárquico de escasos recursos donde la autoayuda es necesaria para sobrevivir, pero las fallas culturales que surgen de las diferencias entre las civilizaciones, más que los asuntos ideológicos o económicos, se plantean como la fuente principal de conflicto en la política global. Huntington, además, sostiene que las diferencias culturales son más constantes y, por tanto, menos susceptibles de admitir pactos y soluciones que las diferencias políticas y económicas.

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Los países reflejan en su pensamiento estratégico y en sus políticas de seguridad la influencia de las narrativas históricas de sus respectivas “culturas” nacionales / Imagen: Flickr, Ben Stephenson

El debate sobre la estrategia cultural en las relaciones internacionales ha destacado el divisionismo siguiendo líneas similares. Es difícil argumentar contra el hecho de que los países reflejan en su pensamiento estratégico y en sus políticas de seguridad la influencia de las narrativas históricas de sus respectivas “culturas” nacionales, cuyas fuentes son la historia, un sentido de identidad compartido, el folklore y la herencia cultural. Por ejemplo, es erróneo decir que China, Estados Unidos, Israel o Japón, piensan y actúan en sus políticas de seguridad basándose únicamente en cálculos “racionales”. La cultura estratégica de China está profundamente influida por su historia y cultura, entre otras cosas, por el legado de su “siglo de humillación”, la resistencia, las enseñanzas de Sun Tzu y el confucionismo. Estados Unidos también tiene un concepto inconfundible de su papel en el mundo, su sentido de excepcionalidad y el compromiso con los valores de la democracia y la libertad. Las políticas de Israel están profundamente influidas por una visión emocional e insegura de su historia. Los ejemplos podrían continuar. La cultura permea la estrategia nacional, pero el problema sigue siendo que la propia noción de lo que constituye la “cultura” a menudo se da por sentado; de hecho, se da por supuesto que es algo que se desarrolla intrínsecamente.

Este tipo de caracterización contenciosa de las relaciones entre estados, ya se enmarque en términos nacionales o en términos de civilización, malinterpreta culturas y civilizaciones como entidades insulares aisladas y monolíticas, subestima el intercambio cultural histórico y exagera la naturaleza conflictiva del sistema internacional. Como argumentó Edward Said a raíz de los atentados del 11 de septiembre en el prefacio de 2003 a su influyente obra Orientalismo, “los terribles conflictos que agrupan a la gente bajo categorías falsamente unificadoras como “América”, “Occidente” o “Islam” e inventan identidades colectivas para un gran número de individuos que son en realidad muy diversos, no pueden seguir siendo tan potentes como son y deben combatirse”. La comprensión transcultural, la fertilización intercultural y el fondo cultural común construido históricamente tienen una larga y rica historia que la memoria colectiva occidental ha olvidado o infravalorado, como lo demuestran retóricas como la que se abraza en el marco de la guerra mundial contra el terrorismo. La recuperación de esta historia común nos ayuda a ir más allá de los estereotipos culturales y de civilizaciones y a reconocer el conflicto como contingente y no como inevitable.

Civilización(es): ¿Muchas o una sola?

Es importante señalar que las formas en que se enmarcan las “civilizaciones” implican diferentes paradigmas teóricos. Los relatos esencialistas, como los de Huntington y Oswald Spengler, operan bajo el supuesto de unas propiedades relativamente fijas pertenecientes a grupos claramente delineados. Tales propiedades incluyen típicamente el idioma, la religión y los modos de vida. Sin embargo, tales enfoques dejan de lado no solo las similitudes que hay en las características superficiales de las diversas culturas, sino también una característica más fundamental de la historia. Porque las culturas no surgen de la nada, todas las culturas reciben el influjo y el color de los que las han precedido y de otras culturas contemporáneas con las que entran en contacto. Aunque históricamente infundado, el reconocimiento de la existencia de civilizaciones distintas provoca inevitablemente la problemática tendencia a entender las culturas jerárquicamente. La diferenciación entre pueblos “civilizados” y “no civilizados” sigue empañando, ya sea explícita o implícitamente, las discusiones sobre la civilización. El resultado es que los debates sobre las múltiples civilizaciones refuerzan las discrepancias de estatus, estableciendo un orden jerárquico que permite de forma directa o indirecta los prejuicios, la alienación, la humillación, la deshumanización y, lo que es más grave, fomenta una propensión a justificar la hegemonía, el abuso, la negación de justicia y la selectividad en la aplicación de las normas internacionales y los derechos humanos.

Ya he sugerido anteriormente una visión opuesta a esta narrativa tan divisoriaEl Modelo de civilización oceánico se basa en un relato más juicioso de la herencia histórica y cultural: la civilización humana se concibe como un océano en el que desembocan muchos ríos que le dan profundidad, ríos que a su vez se alimentan de afluentes. En otras palabras, existe solo una civilización humana colectiva que es una acumulación de contribuciones de una serie de dominios geoculturales distintos pero entrelazados, influidos ellos mismos por diferentes subculturas. El Modelo oceánico ve así la civilización humana como acumulativa, reconociendo que todas las interacciones culturales participan en la cultura colectiva. Esta concepción explica las influencias culturales de diversos grados en forma de ríos de mayor tamaño que representan las fuerzas culturales dominantes del momento, pero también la mezcla cultural más pronunciada que se produce hoy en día como resultado del mayor acceso a la comunicación instantánea a nivel mundial y la difusión instantánea de información. Es de crucial importancia que el Modelo oceánico atribuye valor a todas las culturas en la medida en que todas son constitutivas de una civilización humana que encapsula la historia humana común. Al hacerlo, proporciona una base teórica para comprender las relaciones internacionales en términos no tan estrictamente contradictorios.

Repercusiones geopolíticas del Modelo de civilización oceánico

La representación de la Historia como relato del conflicto entre múltiples civilizaciones es a la vez históricamente incorrecta y políticamente problemática, ofreciendo herramientas de manipulación y de alterización en el discurso público. Este discurso ha permitido la división simplista entre “Oriente” y “Occidente”, y se ha reproducido con facilidad en manos de aquellos que son propensos al nacionalismo excluyente o al aislacionismo. En su forma más cruda, este pensamiento se ha empleado para justificar la violencia. El paralelismo entre las afirmaciones del ISIS de estar actuando “en nombre de todos los musulmanes” y las reivindicaciones de los fundamentalistas cristianos como Anders Breivik de “salvar a Europa de la toma de poder de los musulmanes” es claramente instructivo. Cada uno depende de una concepción de la civilización independiente de la influencia y los intereses comunes compartidos, y por lo tanto se percibe perpetuamente en peligro de contaminación o de ser superado o invadido.

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Así como el mundo árabe-islámico se construyó sobre los cimientos de los avances anteriores y tomó prestado de otros dominios geoculturales, también lo hizo Europa. / Imagen: Pixabay

Como he argumentado extensamente en un libro sobre el tema de los préstamos culturales entre Oriente y Occidente, la civilización occidental está enormemente influida por la tradición intelectual árabe-islámica, y una representación más exacta de las llamadas relaciones históricas entre Oriente y Occidente saca a la luz una relación profundamente recíproca. La narrativa dominante del surgimiento de Occidente, que se centra en la importancia del resurgimiento del antiguo conocimiento griego tras la Edad Oscura para allanar el camino al Renacimiento, la Revolución Científica y la Ilustración, tiende a representar el ascenso de Europa en términos eurocéntricos y autosuficientes, con frecuencia sin reconocer las deudas con lugares más lejanos. Pero así como el mundo árabe-islámico se construyó sobre los cimientos de los avances anteriores y tomó prestado de otros dominios geoculturales, también lo hizo Europa. Este patrimonio cultural e intelectual colectivo abarca múltiples dominios, desde el arte y la religión hasta la matemática, la astronomía, la medicina, la ciencia, la arquitectura y la filosofía. Revitalizarlo podría constituir un primer paso hacia el alivio y la limitación de tensiones y conflictos que se basan en suposiciones de diferencias fundamentales e irreconciliables, trascendiendo así la representación del mundo árabe-islámico como periférico o subordinado, por no decir antagónico a Occidente, y proporcionando en su lugar una base sobre la cual Occidente y el mundo musulmán puedan interactuar de forma más positiva.

No obstante, aunque los esfuerzos educativos que buscan ir más allá de las ortodoxias nacionalistas y religiosas podrían fomentar una mayor apreciación de la miríada de diferentes contribuciones culturales a la civilización humana, estos pasos por sí solos no serán suficientes para alcanzar metas geopolíticas más amplias. El concepto de seguridad transcultural, una de las cinco dimensiones de la seguridad global que he identificado anteriormente, ha sido a menudo ignorado por los estudios de seguridad y por la política de seguridad tradicionales. Se centra en la importancia de las identidades colectivas dentro del sector de la seguridad de la sociedad, tal como lo define la Escuela de Copenhague y ayuda a matizar el paradigma de seguridad centrado en el estado. Reviste especial importancia para abordar tanto los desafíos de seguridad transnacionales con marcadas facetas culturales, en particular la movilidad humana, como para generar tolerancia y armonía en las sociedades contemporáneas, que cada vez son más multiétnicas, multiconfesionales y pluralistas. Destacar nuestra historia y cultura compartidas es un elemento indispensable para promover la seguridad transcultural y es, por tanto, decisivo para el progreso pacífico. El Modelo de civilización oceánico fomenta este tipo de comprensión, promoviendo así las condiciones necesarias para un mayor intercambio y una mayor conciencia transcultural.

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Destacar nuestra historia y cultura compartidas es un elemento indispensable para promover la seguridad transcultural / Imagen: Pixabay

Esto también requiere un paradigma teórico relevante para el siglo XXI, un paradigma en el que los distintos intereses de seguridad nacional y las posturas competitivas puedan acomodar los intercambios multiculturales y el continuo avance de la globalización. Cada vez es más evidente que el realismo en su forma clásica ya no puede ofrecer una hoja de ruta para los estados en el sistema internacional contemporáneo porque no puede ofrecer soluciones sostenibles a largo plazo. Aunque los cálculos de suma cero aparecieron como opciones políticas obvias durante mucho tiempo, simplemente ya no son prácticos. Un marco teórico más factible es el realismo simbiótico, que responde a las realidades de un mundo interdependiente, aunque todavía anárquico, donde el poder se distribuye entre los estados, los actores no estatales, los individuos y las organizaciones internacionales. Al igual que la simbiosis en la naturaleza, que conlleva la asociación prolongada, los estados y los dominios culturales prosperan a través de intereses mutuos e interdependencias.

Antes de la cultura

El Modelo de civilización oceánico coincide con la naturaleza humana en un sentido más global. Los conocimientos de la neurociencia en las últimas décadas han dilucidado algunos misterios y percepciones erróneos sobre la naturaleza humana que anteriormente eran imposibles de observar. Durante milenios, la naturaleza humana fue en gran medida un campo de gran controversia y especulación, y, de hecho, aún queda mucho por descubrir. Sin embargo, las herramientas de la neurociencia y la neuroimagen han revelado datos importantes y han arrojado luz sobre elementos fundamentales comunes que todos compartimos en términos de predisposiciones neuroquímicas básicas.

Ya me he referido a la amplia categorización de la naturaleza humana en términos de egoísmo amoral emocional. Nuestra herencia evolutiva nos proporciona una tabula rasa predispuesta, desprovista de ideas innatas pero dotada de un grado de programación fundamental en forma de un conjunto de instintos encaminados estrictamente a la supervivencia y transmitidos a través de nuestra herencia genética. Más allá de esta disposición fundamental para la supervivencia, carecemos de valores morales intrínsecamente establecidos, es decir, no nacemos ni morales ni inmorales, sino más bien amorales. Nuestra brújula moral es por consiguiente maleable, está enfocada al curso de nuestra existencia y moldeada en gran medida por circunstancias externas. De esta caracterización se derivan dos consecuencias significativas. En primer lugar, hay una afinidad fundamental entre los seres humanos en cuanto a que nuestra naturaleza se puede entender y describir en términos neurocientíficos y neuroquímicos. Así, de maneras muy complejas, nuestras similitudes culturales provienen de nuestras similitudes biológicas, aun cuando las primeras se manifiestan con expresiones diversas en el mundo. En segundo lugar, el carácter “inacabado” de nuestra naturaleza lo hace susceptible a las circunstancias externas. La emotividad también juega un papel importante; como han demostrado abundantes evidencias neurocientíficas, las emociones desempeñan un papel clave en nuestras vidas, desde la cognición hasta la identidad y la toma de decisiones, lo que nos lleva a la conclusión de que somos mucho menos “racionales” de lo que nos gustaría creer. El reconocimiento por parte de otros seres humanos ocupa una posición central entre nuestras necesidades de dignidad, y ser incluido o excluido de diversas formas de relaciones humanas tiene consecuencias significativas para nuestro bienestar. Este reconocimiento y el sentido de dignidad que conlleva se socavan cuando existe el concepto de personas, culturas o civilizaciones inferiores y superiores.

Civilización, la noción de refugiado y el futuro de las relaciones internacionales

Basándose en su experiencia, Hannah Arendt llegó a la conclusión de que los derechos humanos, entendidos como derechos que se adquieren con independencia de la ciudadanía, eran una idea noble, pero bastante escasa en la realidad. Al carecer de las protecciones asociadas con tener la ciudadanía de un estado en particular, los seres humanos se han encontrado demasiado a menudo a merced de los que ocupan espacios de poder. La reciente crisis de refugiados en Europa y las reacciones que ha provocado, junto con el surgimiento de fuerzas populistas, nativistas y nacionalistas en Occidente y el sentimiento antiislámico concomitante que alimentan, ilustran estos puntos y la distinción entre reconocer culturas diferentes y civilizaciones diferentes. En el primer caso, las personas pueden convertirse en “forasteros” como consecuencia de circunstancias políticas fuera de su control, pero siguen siendo miembros de una sola civilización humana. En este último caso, tales “forasteros” podrían concebirse además como miembros de otra civilización (muchas veces inferior). En este caso, la sempiterna crisis de refugiados suscita precisamente el tipo de choque de civilizaciones que Huntington previó: la alta probabilidad de que se compita violentamente por conseguir las tierras, los recursos y las lealtades de las personas cuando un grupo parece estar amenazado. En el peor de los casos, un grupo puede negar la plena humanidad de otro, y sacar la sombría conclusión de que los derechos humanos no son aplicables. En muchos casos la diferencia cultural experimentada será menos dramática, pero tales encuentros tendrán a menudo consecuencias políticas y geopolíticas significativas. Además, incluso antes de que se iniciara la crisis de refugiados actual, la tendencia a considerar o etiquetar a los inmigrantes en términos étnicos o religiosos ha llevado a la “culturalización” de los problemas sociales, por no hablar del hecho de que un sentimiento de discriminación y alienación puede empujar a los refugiados y a los musulmanes europeos de segunda y tercera generación a seguir el propio camino de radicalización que las sociedades occidentales están tratando de combatir. Y lo que es más peligroso, esto ha llevado a lo que podríamos llamar la “titulización de las diferencias culturales”, creando así las condiciones para la alienación reflexiva, la desconfianza, las acusaciones y las incriminaciones, que a su vez conducirán a inseguridades, ansiedades, falta de cooperación y posturas defensivas contraproducentes dentro de estas comunidades.

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La tendencia a considerar o etiquetar a los inmigrantes en términos étnicos o religiosos ha llevado a la “culturalización” de los problemas sociales / Imagen: pixabay

En un futuro que se caracterizará cada vez más por la migración masiva y el desplazamiento de las fronteras políticas, el Modelo de civilización oceánico puede servir de paradigma constructivo para una mayor seguridad global, especialmente en su dimensión transcultural, promoviendo un trato mejor y más digno de los seres humanos, tolerancia de la diversidad y respeto por las diferencias. Esta idea no está enraizada en el idealismo sino en el pragmatismo y defiende los intereses nacionales. No se debe pedir a comunidades de diferentes culturas que escojan entre sus marcos culturales y religiosos y su lealtad al estado de acogida y al imperio de la ley. Los dos paradigmas no son mutuamente excluyentes y pueden coexistir juntos en armonía. Estados Unidos lo ha hecho de manera muy eficaz en el pasado, aunque este gran equilibrio ha dado un paso atrás después del 11 de septiembre, como lo hizo durante la Segunda Guerra Mundial para diferentes grupos culturales.

Por encima de todo, entender la civilización humana como un océano en el que desembocan y al que contribuyen muchos ríos, protege contra la posibilidad conceptual de civilizaciones herméticas destinadas a entrar en conflicto entre sí.

El camino hacia delante:

Otra manera de pensar constructivamente sobre el camino a seguir es examinar de nuevo la neurociencia y lo que nos dice acerca de las necesidades humanas. La naturaleza humana no es en sí misma virtuosa, amable y “moral”. Pero lo contrario no es cierto tampoco: los humanos no son por su propia naturaleza viciosos, codiciosos y maliciosos. Como se ha mencionado antes, nuestros rasgos distintivos centrales son una combinación de predisposiciones heredadas y valores construidos y conformados por nuestros respectivos entornos. Las percepciones neurocientíficas apuntan a tres características clave de la naturaleza humana: la emotividad (somos mucho más emotivos de lo que creemos y la emotividad juega un papel central en la toma de decisiones), la amoralidad (nacemos amorales y nuestra brújula moral se desarrolla en el curso de nuestra existencia) y el egoísmo (nos motiva la supervivencia, que es una forma básica de egoísmo, es decir, la preservación del yo).

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Imagen: Max Pixel

Sin embargo, comprender con mayor precisión las características fundamentales de nuestra naturaleza no es suficiente para encontrar el camino correcto. Lo que se necesita es un modelo de gobernanza que garantice activamente que contamos con los marcos institucionales adecuados para evitar que nuestra brújula moral vire en la dirección equivocada. Una posible receta para avanzar individual y colectivamente es adoptar lo que he denominado el paradigma de la Historia Sostenible, que presupone la idea de un gobierno basado en la dignidad. Más específicamente, requiere equilibrar emotividad, amoralidad y egoísmo con un conjunto de necesidades de dignidad.

La dignidad es la más importante y esencial de todas las necesidades humanas, incluso más crítica que la necesidad de libertad. Como ha quedado demostrado en numerosos ejemplos incluso en democracias maduras, el mero reconocimiento de las libertades civiles no protege contra varias formas de marginación social y alienación cultural. Las necesidades de dignidad tienen, por tanto, mayor alcance. Lo que quiero decir con dignidad no es simplemente la ausencia de humillación, sino un conjunto más amplio de nueve necesidades, que corresponden a (y mitigan) la naturaleza emocional, amoral y egoísta del ser humano. Estas necesidades son: la razón, la seguridad y los derechos humanos, la rendición de cuentas, la transparencia, la justicia, la oportunidad, la innovación y la inclusión.

La comprensión cultural global y el respeto de la dignidad humana de todos, en todo momento y bajo cualquier circunstancia, no es solo un noble objetivo moral sino también un requisito previo esencial para perseguir de forma más sostenible el interés nacional. Esto es crucial para la armonía social y la cooperación y, en última instancia, para la seguridad global. De hecho, en un mundo globalizado y al mismo tiempo anárquico, solo podremos triunfar juntos como una sola civilización humana o fracasar en conjunto.

Prof. Nayef Al-Rodhan

Neurocientífico, filósofo y geoestratega