El déficit de dignidad alimenta las rebeliones de Oriente Medio

por Nayef Al-Rodhan

Autor del artículo destacado

Cuando Oriente Medio toca fondo en lo que a gobernabilidad se refiere, los líderes deben atender al grito que clama justicia y respeto

La forma en que ha evolucionado la situación política de los países que experimentaron la así llamada Primavera Árabe ha creado desánimo en algunos círculos. ¿Están las naciones árabes condenadas a la inestabilidad y al mal gobierno? La respuesta es negativa, pues hay razones para el optimismo si se analizan los motivos que desencadenaron las revueltas en primer lugar. Uno de los aspectos más destacados de las exigencias de cambio político que recorrieron la región de Oriente Medio y África del Norte es la ferviente exigencia de “karama”, que en árabe significa dignidad. Si abordaran conscientemente las razones del déficit de dignidad, los líderes políticos podrían sentar las bases para promover el progreso y la estabilidad.

La falta de dignidad colectiva que sienten tantas personas en el mundo árabe es el resultado de la combinación de regímenes internos autocráticos y corruptos con gobiernos previsiblemente ineficaces e irresponsables apoyados por agentes externos con intereses geopolíticos a corto plazo. A esto se une una sensación de asedio cultural colectivo y de desesperanza con respecto al futuro. En el mundo arabo-islámico también existe la percepción de que Occidente es irrespetuoso y siente un gran desdén por sus gentes, su cultura y sus significativas aportaciones históricas a la civilización mundial. Se dice que esto queda demostrado de forma patente por la persistencia de las condiciones inhumanas en que viven los palestinos sin estado, pese a las evidentes violaciones de los derechos humanos y del derecho internacional, a las interminables resoluciones de la ONU y a concretos planes de paz propuestos por los árabes. El conjunto de estos factores ha producido diversas percepciones fatalistas y de falta de dignidad.

Durante décadas, las poblaciones de Oriente Medio han manifestado la necesidad de más empleos, mejores condiciones de vivienda, una prensa más independiente y prácticas menos arbitrarias. En el contexto de las medidas de austeridad impuestas por los gobiernos en la década de 1980 con el objeto reducir los déficits, se produjeron numerosos disturbios urbanos que rompieron las frágiles relaciones entre las sociedades y sus gobernantes. La frustración se agravó en los años siguientes como consecuencia de la creciente percepción de abandono, la corrupción galopante, el gasto militar excesivo y la constante acumulación de poder y riqueza por la cleptócrata clase dominante. El método de algunos líderes que se dedicaron simplemente a distribuir recursos y subsidios para los productos básicos sin más obligaciones de rendición de cuentas no podía ser sostenible a largo plazo.

Ya en 2005, cuando surgió por primera vez el término Primavera Árabe, la inquietud de la región anunciaba una arrolladora sensación de descontento social. Otro factor que ha influido en las recientes revueltas ha sido la presión demográfica de una población predominantemente joven. Por último, la movilización se hizo posible gracias a Internet y a las redes sociales, ya que la juventud no solamente tuvo la posibilidad de comparar y evaluar mejor su situación, sino que además aprendió a organizarse para expresar sus demandas.

En el ámbito interno de estos países es posible sintetizar todas estas deficiencias de la gobernanza pública en una breve pero exhaustiva lista: un índice de dignidad.

Defino la dignidad en su sentido más sano, como algo mucho más complejo y global que la simple ausencia de humillación. Su ausencia se refleja en diversos déficits de dignidad colectiva: falta de razón, falta de seguridad, vulneraciones de los derechos humanos, falta de responsabilidad, falta de transparencia, ausencia de justicia, falta de oportunidades, falta de innovación y falta de integración. Juntos, estos déficits de dignidad colectiva han provocado una frustración creciente debido a los limitados canales institucionales a través de los cuales los ciudadanos podrían lograr cambios políticos significativos.

El ansia de dignidad es una fuerza motriz de la historia, y resulta fundamental no solamente para la sostenibilidad de cualquier orden político, sino también para la civilización humana en su conjunto. El ansia ha llevado al mundo árabe a una coyuntura tan crucial que los periodos de transición subsiguientes no podrán sino estar marcados por la inclusión de la dignidad en los modelos de gobierno.

El derrocamiento del presidente Mohamed Morsi en Egipto puede valorarse en este contexto. Su excluyente gobierno fue impugnado por millones de personas que sintieron que se traicionaban muchas promesas de la Primavera Árabe a medida que el presidente aumentaba sus prerrogativas y no evitaba que el país se sumiera aún más en la recesión y el desorden. La futura estabilidad del país dependerá en gran medida de la eficacia de esta nueva transición. La generosidad de los países del Golfo, que han ofrecido a Egipto 12.000 millones de dólares, posiblemente mejore la situación económica, pero es fundamental que esos recursos se canalicen hacia sectores que antes habían sido marginados, incluida la educación, la atención sanitaria y otros servicios básicos.

Aunque algunas potencias exteriores podrían tener la tentación de intentar influir en la dirección del cambio de la región, es fundamental que los pueblos sean artífices de sus propios futuros y desarrollen marcos económicos, políticos y culturales que les resulten auténticos. La juventud de estos países no adolece del derrotismo de las décadas de 1940, 1950 y 1960 que paralizó a las generaciones anteriores: están mejor conectados e informados que sus padres y abuelos. De hecho, el efecto contagio de la revolución tunecina apunta a un neopanarabismo. El Islam es parte fundamental de la identidad de los pueblos de la región y, a pesar de las dificultades iniciales, es probable que se institucionalice cada vez más un Islam políticamente moderado, responsable y no excluyente dentro de unos sistemas políticos más plurales. También existe una alta posibilidad de que gane más terreno un neopanislamismo moderado y reformado como respuesta a las nuevas iniciativas neoorientalistas y a la desilusión constante con el modo en que las potencias mundiales enfocan la región, con la imagen negativa de los árabes y musulmanes y con la sensación predominante de parcialidad y oportunismo de la comunidad internacional con respecto a la difícil situación de los palestinos.

La complejidad de la región y de cada uno de los respectivos países permite hacer un pronóstico seguro, y es que la región jamás volverá a ser la misma. Esta situación plantea retos no solamente a los regímenes recientemente establecidos a los que les incumbe directamente, sino también a los poderes externos que tienen que forjar nuevas relaciones y apoyar las iniciativas de reforma. Cualquier intento de imponer soluciones desde el exterior será rechazado en tres frentes. Las élites políticas verán tal imposición como un vehículo de control e influencia externa. Los intelectuales lo rechazarán sobre la base de la hegemonía cultural, en especial dada la percepción de que Occidente desdeña la cultura arabo-islámica y sus logros a lo largo de la historia. Y un gran sector del público general no lo aceptará porque lo identificará con un intento de Occidente de alentar la desislamización de la zona, lo que sigue siendo un reto acuciante, ya que aún se considera que Occidente es en parte responsable del difícil legado de la región.

Las reformas deben ir encaminadas hacia la consecución de un buen gobierno endógeno acorde con las culturas y las historias locales, evitando a la vez las reivindicaciones del relativismo cultural. Han de ser reformas auténticas, adecuadas, asequibles y aceptables para los propios pueblos, que tendrán que satisfacer a la vez unos criterios globales mínimos de buen gobierno, derechos humanos e integración con el fin de garantizar una cooperación política y moral sostenible tanto a nivel regional como a nivel mundial.

Occidente tiene que demostrar que está dispuesto a apoyar el desarrollo de gobiernos endógenos buenos sin inmiscuirse, compartiendo sus buenas prácticas, ayudando a crear instituciones sociales civiles eficaces y responsables, y contribuyendo a las innovaciones tecnológicas. Esta medida será esencial para fomentar la confianza. Sin embargo, el escepticismo sigue dominando la región, pues episodios tan antiguos como el Tratado de Sykes-Picot —que se firmó en secreto para instaurar el control francés y británico sobre las provincias árabes del Imperio Otomano mientras se fingía ayudar a los árabes a escapar de la hegemonía otomana— todavía evocan sentimientos de recelo y recuerdos de traición.

La creación de una alianza basada en el respeto mutuo, en la confianza, en intereses equitativos y sostenibles a largo plazo, así como la demostración de que se puede ser un mediador honesto en el conflicto árabe-israelí formarán parte de los grandes retos a los que se enfrenta Occidente. Las iniciativas diplomáticas actuales lideradas por Estados Unidos podrían ser un paso positivo en la dirección correcta. Hallar soluciones viables para la difícil situación de los palestinos puede tener repercusiones de largo alcance a la hora de abordar los aspectos externos de la falta de dignidad colectiva de toda la región.

Post publicado originalmente en inglés en  Yale Global Online