Amplitud de miras y flexibilidad, claves del progreso científico

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Las prioridades intelectuales han experimentado variaciones importantes en los últimos siglos. Lo que priva hoy es el culto a las verdades científicas y a la ciencia. Es natural que así sea porque los avances tecnológicos conseguidos por el hombre en los últimos dos siglos son apabullantes. Gracias a la ciencia disfrutamos de una calidad de vida con la que no hubieran podido soñar generaciones pasadas. Parece importante subrayar que, a pesar de todo, la ciencia no llega muchas veces al fondo de las cosas, a la comprensión y explicación de las últimas causas de los fenómenos que observamos. Sin embargo tenemos fe en la ciencia. Algunos ejemplos bastarán para aclarar este punto.

  • La materia nos parece la cosa más evidente y “real” de cuanto nos rodea. Todo el mundo sabe además que la materia se compone de átomos. Lo que ya es menos conocido por los profanos es que el átomo es una especie de micro-pelota de tenis, compuesta de un núcleo formado por protones y neutrones y de una periferia en la que “navegan” los electrones, que son casi puras cargas eléctricas negativas. La masa del átomo está concentrada principalmente en el núcleo. Ahora bien, este núcleo representa menos de la diezmilésima parte del volumen del átomo. Es del tamaño de un balón en medio de un gigantesco estadio. En otras palabras, la materia está prácticamente vacía. Para mayor sorpresa, los protones y neutrones (la masa del átomo) se pueden descomponer en partículas más elementales llamadas “quarks”, que se supone que provienen de las vibraciones de pequeñísimos filamentos energéticos llamados “cuerdas”. Esto último es una hipótesis nada más y no está demostrado. Es evidente que en este tema no llegamos al fondo de las cosas.
  • La energía es otro tema curioso. Sabemos que hay muchas clases de energía: hidráulica, térmica, química, nuclear, etc. Lo que todas tienen en común es su capacidad de realizar trabajo. Ahora bien, la energía se rige por los llamados principios fundamentales de la termodinámica. El primer principio nos dice que la energía total (hoy se diría, la materia / energía total) siempre permanece constante. El segundo principio afirma que la energía para realizar un trabajo tiene que desplazarse de un  punto caliente a uno frío o de un punto de mayor “concentración” energética a otro menos concentrado. Este proceso es irreversible y conlleva una especie de degradación progresiva de la energía que se llama entropía. Cuando la entropía sea máxima la energía no tendrá ya capacidad de realizar trabajo. ¿Cómo la definiremos entonces? ¿Qué es realmente la energía? La verdad es que no lo sabemos, porque tampoco en este caso llegamos al fondo de las cosas.
  • El tiempo ha sido desde siempre una cosa cuyo concepto parecía fuera de discusión. Es la dimensión que permite que no todos los acontecimientos sucedan a la vez y se tenía la impresión de que era algo absoluto e igual para cuantos vivimos sujetos a su tiranía. De forma un tanto pintoresca se podría decir que era el tic-tac del reloj. Pero Albert Einstein se encargó de acabar con esta ilusión. En su teoría de la relatividad especial y, más tarde, en su teoría de la relatividad general demostró que el tiempo es subjetivo para cada individuo y depende no sólo de la velocidad de desplazamiento sino también del campo gravitatorio. Dos hermanos gemelos que se desplacen a velocidades distintas o que vivan en campos gravitatorios diferentes envejecerán a distinto ritmo y uno terminará teniendo más años que el otro. La verdad es que esto es indudable para los científicos, pero va en contra del “instinto básico” de los profanos. Tampoco esto lo entendemos a fondo, pero no por eso dejamos de creer en la ciencia.
  • El planeta en que vivimos nos da la impresión de ser algo muy sólido y estable. Pues bien, hoy sabemos que nuestro mundo gira alrededor del Sol y que el Sol es una estrella de segunda división de entre los millones y millones de estrellas que forman nuestra galaxia, la Vía Láctea. Muchas de estas estrellas deben tener sus propios sistemas planetarios aunque no los sabemos con certeza. Nuestra galaxia es tan gigantesca que la luz tarda cien mil años en atravesarla de un extremo a otro. En nuestra Constelación de Andrómeda las principales estrellas se encuentran a unos setenta y cinco años-luz de distancia, pero en ella se puede ver con relativa facilidad un punto luminoso que durante mucho tiempo se pensó que era una nube de gas de dicha constelación. La verdad es que esa luminosidad ha tardado dos millones de años en llegar a nosotros, porque no forma parte de esa constelación ni siquiera de nuestra galaxia. Es la luz de otra galaxia enteramente similar a la nuestra, a la que podríamos considerar nuestra hermana gemela.  En el Universo hay miles de millones de galaxias y todas se están alejando de todas las demás a velocidades crecientes, como puntitos de bolígrafo pintados en la superficie de un globo de goma que se hincha rápidamente. ¿Adónde vamos? No lo sabemos. Lo que sí está claro es que la impresión de estabilidad de nuestro planeta es una pura ilusión o un espejismo. Somos una mota de polvo arrastrada vertiginosamente en un cosmos infinito.

La conclusión que podemos sacar de estos ejemplos es que al analizar cualquier situación, sobre todo si es novedosa, o al estudiar cualquier problema, debemos adoptar una gran amplitud de miras y mantener la mayor flexibilidad intelectual posible para no dejarnos llevar por las apariencias o por el primer golpe de vista. El primer impulso, a veces, nos puede llevar en la dirección equivocada.

 

Ramón Reis

Economista, Madrid (España)