Alterar el clima para frenar el calentamiento: ¿es una buena idea?

La geoingeniería o ingeniería climática se define como la intervención intencionada y a gran escala en los sistemas naturales del planeta a fin de contrarrestar el cambio climático y, más en concreto, el calentamiento global.

Hay dos tipos de intervención: las destinadas a regular la radiación solar que llega a la Tierra y las que tienen como objeto secuestrar el dióxido de carbono atmosférico (CO2), que es el principal agente del efecto invernadero. Pero cada una de estas propuestas podría alterar unos delicados equilibrios naturales y conviene analizar su viabilidad, sus pros y sus contras, antes de tomar una decisión:

Aerosoles estratosféricos

La idea es inyectar grandes cantidades de aerosoles de sulfatos, que son partículas de menos de un micrómetro de diámetro y que permanecen en suspensión en la estratosfera, reflejando y dispersando parte de la radiación solar incidente. Así replicaríamos lo que sucede en las grandes erupciones volcánicas, que expulsan cantidades masivas de esas partículas, lo que provoca un significativo descenso de la temperatura en los meses siguientes al evento.

Diagrama del proyecto SPICE, que investiga la viabilidad de liberar pequeñas partículas en la estratosfera, para reducir la radiación solar. Crédito: Hughhunt Diagram from the SPICE project, investigating the feasibility of the release small particles into the stratosphere, to reduce solar radiation. Credit: Hughhunt

Diagrama del proyecto SPICE, que investiga la viabilidad de liberar pequeñas partículas en la estratosfera, para reducir la radiación solar. Crédito: Hughhunt

A favor de esta alternativa juega que hay información y datos tanto sobre su mecanismo de actuación como sobre los efectos resultantes gracias al estudio de eventos volcánicos del pasado. Además se trata de una actuación reversible a medio plazo, dado que la permanencia de estos aerosoles es de aproximadamente un año. El principal inconveniente es que estas partículas pueden convertirse en la estratosfera en ácido sulfúrico, que ataca la capa de ozono.

Reflectores solares

Un escudo de reflectores o espejos espaciales, que bloqueen parte de la radiación solar antes de que alcance el planeta, sería otra posibilidad para frenar el calentamiento. Ya sea en una posición estable, a medio camino entre el sol y la Tierra; o en órbita alrededor del planeta, como los satélites del sistema de posicionamiento global (GPS).

La gran ventaja de esta futurista propuesta es que sería reversible y regulable de forma inmediata ya que se controlaría desde Tierra el despliegue y disposición de este escudo. El principal inconveniente atañe a los costes y desarrollo de la tecnología que requiere. Y también es una incógnita cómo podría afectar a los ciclos biológicos y los ritmos circadianos de los seres vivos la irrupción de estos satélites artificiales tan luminosos en el cielo nocturno.

Incremento del albedo

El albedo es el porcentaje de radiación luminosa incidente en un cuerpo o superficie que es reflejada. La intervención propone aumentar la capacidad de reflexión de las nubes y la superficie terrestre a fin de que una mayor parte de la radiación solar sea “devuelta” en lugar de absorbida.

En las nubes este incremento del albedo se produce cuanto mayor sea la densidad de gotitas de agua en suspensión que la integran. Por lo que se trataría de reforzar este mecanismo natural forzando un efecto spray en la superficie oceánica mediante potentes chorros de aire para que las gotitas así generadas se incorporen a la base de las nubes.

Pero no está claro si esta actuación sería suficiente por sí sola. Por otro lado, se trataría de una intervención cortoplacista, para lo bueno (efectos adversos, inmediatez de los resultados) y para lo malo (coste, mantenimiento), ya que el efecto dura apenas unos días antes de que la dinámica de las nubes provoque las lluvias.

Aumentar la reflexión terrestre pasaría por cubrir zonas desérticas con algún material reflectante, reemplazar cultivos por otros con un mayor albedo natural (más frondosos) y pintar tejados de edificios y carreteras con pinturas reflectantes. La mayor ventaja, además de su coste relativamente asequible, es que sería reversible y también regulable. El mayor inconveniente es que sólo un mínimo porcentaje de la superficie terrestre son desiertos, poblaciones o cultivos.

Secuestro del CO2 del aire

Una de las propuestas para la retirada y almacenamiento subterráneo del dióxido de carbono implicaría la instalación de enormes torres o aparatos que filtrasen el aire y atrapasen el CO2 mediante el empleo de algún tipo de resinas o material adsorbente. Una vez capturado el gas sería comprimido a altas presiones y posteriormente enterrado en depósitos geológicos a gran profundidad.

 Esquema que muestra el secuestro terrestre y geológico de las emisiones de dióxido de carbono. Crédito: LeJean Hardin, Jamie Payne

Esquema que muestra el secuestro terrestre y geológico de las emisiones de dióxido de carbono. Crédito: LeJean Hardin, Jamie Payne

En contra de esta alternativa juega que este tipo de tecnología está muy inmadura. Además, el coste energético del proceso requeriría un consumo de combustibles fósiles que producirían más CO2 del que se consiguiese retirar. Y sobre todo está la cuestión de si esto es una solución o, por el contrario, es enterrar una bomba de relojería que podría estallar en cualquier momento. El riesgo es que en algún momento estos depósitos puedan colapsar o presentar fugas por movimientos sísmicos, grietas, sobrepresión o actividad volcánica y liberar todo ese gas a la atmósfera de golpe, provocando un súbito y brutal incremento del efecto invernadero.

Incremento de la precipitación

Esta técnica no se refiere a las lluvias, sino a la deposición de partículas minerales desde la atmósfera. Un proceso que ocurre de forma natural cuando diminutas partículas de los silicatos que conforman en gran medida la corteza terrestre son arrastradas por los vientos a la atmósfera donde reaccionan con el CO2 para formar carbonatos que precipitan sobre tierra o bien en los océanos.

La gran ventaja de este método es que el mecanismo, la reacción que los gobierna, es conocida y reproducible con una tecnología simple y asequible. En contra que requeriría una minería a gran escala y la minera es una de las industrias más contaminantes. Además de que se desconoce cómo afectaría en el largo plazo esta entrada masiva de carbonatos a la composición y condiciones del agua y por ende a los ecosistemas marinos.

Fertilización oceánica

Supone la siembra o introducción de nutrientes en determinadas regiones del océano para provocar un aumento del fitoplancton y con ello un mayor consumo (por fotosíntesis) del CO2 atmosférico. Se trata pues de potenciar el ciclo natural por el que las algas consumen CO2 que pasa a la cadena trófica y que luego es liberado a suficiente profundidad por los animales marinos en su respiración. Y precisamente ese es su principal inconveniente: ¿se debe actuar sobre un ecosistema tan sumamente complejo y a la vez tan sensible como el oceánico sin las debidas garantías?

Florecimiento de fitoplancton en el océano Atlántico Sur, frente a las costas argentinas. Crédito: NASA

Florecimiento de fitoplancton en el océano Atlántico Sur, frente a las costas argentinas. Crédito: NASA

En conclusión, la ingeniería climática no es ajena a la controversia. Un temor muy extendido es que aprobar este tipo de intervenciones provocaría que cesasen los esfuerzos por reducir las emisiones de gases invernadero. Además, nuestro conocimiento de los complejos mecanismos, sistemas y ciclos que regulan el clima del planeta es demasiado limitado como para poder predecir las consecuencias en el largo plazo de una intervención de esta magnitud.

Por Miguel Barral para Ventana al Conocimiento

@migbarral