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20 junio 2014

50 años de cooperación europea en investigación espacial

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A través de la Fundación madri+d, Álvaro Giménez, Javier Ventura-Traveset y J. Miguel Mas, comparten con OpenMind un completo artículo que revisa los últimos 50 años de Europa en el espacio. ¿Cuál será el siguiente reto?

El 4 de octubre de 1957 se abrió el camino al Espacio con la puesta en órbita del Sputnik 1 por parte de la Unión Soviética. Pocos meses después, el Explorer 1, el primer satélite artificial lanzado por los Estados Unidos, descubría los anillos de radiación de Van Allen que rodean la Tierra. La carrera espacial había comenzado. El Espacio se había convertido en la última frontera para la Humanidad, y numerosos científicos e ingenieros comenzaron a soñar con las oportunidades que ofrecía. Sin embargo no sería una tarea fácil. Acceder al Espacio requiere tecnologías muy sofisticadas y con un coste muy elevado, que sólo podían ser desarrolladas por las grandes potencias.

En aquel contexto, una Europa que empezaba a superar los desastres de la guerra y que crecía a buen ritmo fue consciente de que sólo uniendo los esfuerzos de varios países podríamos ser capaces de acceder al Espacio. Con este objetivo nacieron el 20 de marzo de 1964 las organizaciones europeas ESRO (European Space Research Organization) y ELDO (European Launch Development Organization), que se fusionarían en 1975 para constituir la actual Agencia Espacial Europea (ESA), de la que España es miembro fundador y el quinto país en importancia. El artículo II de la Convención de la ESA resume bien su misión: “Hacer realidad y promover la cooperación entre los Estados europeos en investigación, tecnología y aplicaciones espaciales para usos exclusivamente pacíficos”.

Han pasado ya 50 años desde que la iniciativa de investigadores como Pierre Auger y Edoardo Amaldi germinara en una de las iniciativas europeas más exitosas. En la actualidad son miembros de la Agencia Espacial Europea 20 países europeos, junto con Canadá que es miembro asociado. Están incluidos 18 países de la Unión Europea, junto con Suiza y Noruega. A lo largo de estos 50 años de cooperación europea se han sucedido los éxitos, tanto científicos como tecnológicos, que han situado a Europa como líder en el mercado internacional de lanzadores comerciales, y en la punta de lanza de la investigación espacial. Europa puede presumir hoy de haber establecido una política espacial coherente, de tener acceso independiente al espacio con los cohetes lanzadores más competitivos del mercado y de haber creado una industria espacial y una comunidad científica del más alto nivel. Durante este periodo, la ESA ha desarrollado más de 70 satélites y cuenta actualmente con 18 satélites científicos operativos.

¿Por qué es tan necesario para los científicos salir al Espacio?

Podemos enumerar varias razones. La primera y más importante, porque nuestra atmósfera es opaca a las radiaciones de altas energías, desde el ultravioleta hasta los rayos X y gamma. Si bien esta característica ha permitido el desarrollo de la vida en la superficie de la Tierra (la radiación de altas energías habría esterilizado cualquier atisbo de vida de no ser por la protección atmosférica), ha actuado como barrera impidiendo a los astrónomos el estudio de las regiones más calientes y violentas del Universo, dominadas por enormes agujeros negros que determinan el futuro de las galaxias. Si a finales de los años 50 sólo se tenía constancia de un objeto externo a la Tierra que emitiera rayos X, nuestro Sol, en la actualidad conocemos varios millones de fuentes cuyas propiedades los astrónomos tratan de desentrañar por medio de las observaciones que nos proporcionan los telescopios situados en el Espacio. La contribución europea en este campo ha sido esencial, destacando los grandes observatorios espaciales XMM-Newton e INTEGRAL, actualmente en funcionamiento. Pero la atmósfera no sólo bloquea la radiación de altas energías, sino también la emisión del Universo frío, en el rango infrarrojo. Misiones especializadas en este rango como ISO, Herschel y Planck constituyeron hitos en la investigación espacial europea y mundial, y proporcionaron datos que los científicos tardarán muchos años en estudiar a fondo.

La segunda razón que impulsa a los científicos a salir al Espacio es la posibilidad de llevar nuestros instrumentos a los lugares más interesantes del Sistema Solar para su estudio in situ. El aterrizaje de la sonda europea Huygens en la superficie de Titán, la mayor luna de Saturno, supuso un hito en la historia de la exploración espacial al ser el objeto celeste más lejano sobre el que se ha posado un artefacto humano. El próximo gran objetivo lo constituye Marte, un planeta que en el pasado albergó grandes océanos y que reúne todas las características para haber desarrollado vida en los primeros tiempos del Sistema Solar. La sonda Mars Express ha realizado un reconocimiento fotográfico en 3-D de la superficie marciana, en preparación de las misiones ExoMars que aterrizarán en el planeta rojo en 2016 y 2018 a la búsqueda de trazas de actividad biológica, presente o pasada. Las naves europeas han estudiado cometas como el Halley por parte de la misión Giotto, o el 67P/Churyumov-Gerasimenko, sobre cuya superficie aterrizará una pequeña sonda de la misión Rosetta a finales de este año, otro hito de relevancia mundial. Otras naves han estudiado las propiedades de planetas como Venus (Venus Express) o Mercurio, al que la misión Bepi-Colombo llegará a comienzos de la próxima década tras un viaje de 6 años que comenzará en 2016. Observatorios como SOHO, Cluster y a partir de 2017 Solar Orbiter observan continuamente el Sol y sus efectos sobre la magnetosfera terrestre, avisándonos de la inminencia de tormentas solares que puedan afectar a los equipos de telecomunicaciones.

Si bien la investigación espacial ha sido sin duda el motor del desarrollo tecnológico en este campo, su madurez ha permitido aplicar estas tecnologías para el beneficio directo de la sociedad, con el desarrollo de satélites de telecomunicaciones, observación de la Tierra o navegación. Las imágenes de los satélites Meteosat se han convertido en nuestras compañeras habituales al final de los telediarios, permitiendo mejorar de manera sustancial las predicciones meteorológicas. Más de 150 millones de hogares en Europa disponen de televisión por satélite y, actualmente, uno de cada tres satélites de Telecomunicaciones que se hacen en el mundo son hechos por la industria espacial Europea. En muy breve tiempo el sistema de navegación Galileo estará disponible para su uso en nuestros móviles y navegadores, proporcionando datos mucho más precisos que el actual GPS operado por los Estados Unidos y pudiendo usarse conjuntamente con él, lo que beneficiará a los cientos de millones de usuarios de esta tecnología que hay hoy en el mundo. Europa ha puesto en marcha además el programa Copernicus de observación de la Tierra, posiblemente el más completo y ambicioso en el mundo.

Por su propia naturaleza, constituida por 20 países miembros, la colaboración internacional forma parte del ADN de la Agencia Espacial Europea, colaboración que se extiende más allá de las fronteras europeas. Un ejemplo lo tenemos en el lanzador Soyuz, fabricado por Rusia, que la Agencia Espacial Europea opera desde su puerto espacial en Kourou, o en las múltiples misiones científicas que se han realizado conjuntamente en los últimos 30 años entre las principales agencias. En esta misma década, por ejemplo, el Telescopio Espacial James Webb (JWST), ExoMars o Bepi-Colombo, serán posibles gracias a la cooperación de científicos e ingenieros europeos con sus homólogos americanos, rusos y japoneses, respectivamente. El máximo exponente de la cooperación espacial a nivel mundial lo tenemos en la Estación Espacial Internacional, la mayor estructura jamás puesta en órbita y en la que investigadores de distintos continentes desarrollan sus investigaciones en condiciones únicas de microgravedad. Europa, a través de la ESA, contribuye a la estación con el laboratorio Columbus, con más de un tercio de los módulos presurizados, las naves de carga ATV y poniendo a disposición su cuerpo de astronautas, del que forma parte nuestro compatriota y gran astronauta Pedro Duque.

Posiblemente, el gran objetivo de esta colaboración internacional a largo plazo será el viaje tripulado a Marte, con estudios in situ realizados por astronautas experimentados que permitan comprender cómo este planeta perdió sus océanos y se convirtió en el desierto helado que es hoy en día. Una misión como ésta sólo será posible con la cooperación de todas las agencias espaciales, en un clima de concordia y colaboración. Pero los sueños de los científicos van más allá: es sólo cuestión de tiempo que el ser humano, la Humanidad como tal, acabe visitando todos los cuerpos del Sistema Solar. Y quien sabe cuándo llegaremos más allá, hasta las estrellas que lucen en el firmamento. Unidos, podremos.

Para acceder a la publicación original de este artículo en madri+d,  pincha aquí.

Álvaro Giménez, Javier Ventura-Traveset

Agencia Espacial Europea

J. Miguel Mas

Centro de Astrobiología, CSIC-INTA

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