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21 mayo 2018

1968: una revolución social, pero también científica y tecnológica

Ciencia | Historia | Humanidades | Innovación | Premio Nobel | Tecnología
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La fecha de mayo del 68 está asociada a barricadas en las calles de París, protestas, cargas policiales y lemas como “sé realista, pide lo imposible” o “bajo los adoquines, la playa”. Una revolución francesa encuadrada en un contexto más amplio de turbulencias políticas y sociales: los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy en EEUU, sobre el telón de fondo de la guerra de Vietnam y los disturbios raciales; o la Primavera de Praga en Checoslovaquia, que pretendía abrir el país al socialismo y que fue aplastada por la invasión de la URSS y sus aliados del Pacto de Varsovia. Pero si 1968 fue revolucionario en las calles, también lo fue en lo científico y tecnológico.

Aunque el recuerdo de los cruciales eventos políticos de entonces pueda oscurecer el impacto de otros ámbitos, lo cierto es que existen motivos sobrados para calificar aquel año de especialmente destacado también en ciencia y tecnología.

Probablemente el mayor descubrimiento científico del año fue el del primer púlsar, publicado en febrero en la revista Nature por Jocelyn Bell, Antony Hewish y sus colaboradores. En mayo, Thomas Gold proponía en la misma revista que se trataba de una estrella de neutrones giratoria. El hallazgo de los púlsares fue valorado como “de primordial importancia para la física y la astrofísica” por el jurado de los premios Nobel, que en 1974 premiaría a Hewish olvidando a su estudiante Bell, la autora material del trabajo. Hoy se contemplan aquella discriminación y su influencia posterior como un momento germinal en la reivindicación del papel de la mujer en la ciencia.

Los primeros en ver la cara oculta de la Luna

El espacio fue también protagonista del hito tecnológico más sobresaliente de 1968. Tanto EEUU como la URSS ya habían enviado astronautas a la órbita terrestre y en octubre la misión Apolo 7 era la primera tripulada de este programa que además transmitía una señal de televisión en directo. La Unión Soviética sufría la trágica pérdida en accidente aéreo de su héroe Yuri Gagarin, el primer hombre en el espacio, pero también triunfaba con sus sondas no tripuladas Zond, que lograban rodear la Luna por primera vez. Temiendo que Rusia ganara la carrera lunar, EEUU apretó la marcha para lanzar el 21 de diciembre la misión Apolo 8. Sus tres tripulantes, Frank Borman, James Lovell y William Anders, fueron los primeros en contemplar la Tierra completa desde el espacio y la cara oculta de la Luna. Anders tomó la famosa fotografía Earthrise, una de las imágenes más icónicas de la historia de la exploración espacial.


Neil Armstrong sobrevive al accidente del entrenador LLRV durante un ensayo para el aterrizaje lunar. Credit: Michael Lennick

El ingeniero del programa Apolo de la NASA Jerry Woodfill recuerda la importancia de aquellos tensos momentos históricos. “Era muy consciente de la importancia de mi papel para lograr un aterrizaje en la Luna antes que los soviéticos”, dice a OpenMind. Pero en el fragor de la carrera era esencial no dejar de lado la seguridad, especialmente después del incendio que el año anterior había costado la vida a los tres tripulantes del Apolo 1 durante un ensayo. “El presidente Kennedy había dicho: creo que esta nación debería alcanzar la meta de posar un hombre en la Luna y devolverlo a la Tierra sano y salvo antes de que termine la década”, rememora Woodfill. “Mi papel directo era devolver a los astronautas sanos y salvos a la Tierra”, apunta el ingeniero, encargado de los sistemas de alerta. “El trabajo con los sistemas de alarma, sobre todo del módulo de mando y el lunar, me consumía por completo”.

Hoy Woodfill cita con orgullo su participación en el inmenso colectivo de ingenieros que aportaron grandes avances tecnológicos para culminar con éxito el sueño de llevar al ser humano al espacio. De no haber sido por aquellas numerosas contribuciones, Neil Armstrong jamás habría sido el primer humano en pisar la Luna. El 6 de mayo de 1968, durante una prueba de vuelo del módulo lunar, el astronauta pudo eyectar su asiento apenas un segundo antes de que la nave se estrellara contra el suelo convirtiéndose en una bola de fuego.

La más simbólica aeronave comercial

En septiembre de 1968, Boeing presentaba su modelo 747. Crédito: SAS Scandinavian Airlines

Pero al mismo tiempo, las innovaciones en las tecnologías de vuelo tuvieron también su reflejo en la Tierra. En septiembre de 1968, Boeing presentaba su modelo 747, el famoso Jumbo, probablemente la más simbólica de todas las aeronaves comerciales jamás construidas.

Y las innovaciones tecnológicas también estaban revolucionando otro ámbito, el de la computación. Aquel 1968, el ingeniero de IBM Robert Dennard patentaba la memoria DRAM (Dynamic Random-Access Memory), que ha sido clave en la electrónica de consumo hasta nuestros días. “La computación ya era entonces el epicentro de una nueva revolución tecnológica, y por tanto social”, señala Dennard a OpenMind. “Estaba entusiasmado con mi invención de la DRAM, sabía que se convertiría en la tecnología dominante de memoria y que su impacto en la computación sería grande”.

Al mismo tiempo, en California Robert Noyce y Gordon Moore fundaban Intel, hoy líder mundial en el mercado de los microprocesadores. Douglas Engelbart presentaba su invento, el ratón de ordenador, y en la que ha sido bautizada como “la madre de todas las demos” introducía también muchos de los fundamentos actuales de los ordenadores personales, como el hipertexto, la navegación, los gráficos y ventanas, la videoconferencia o los procesadores de textos, entre otros avances del momento.

El primer prototipo de ratón de ordenador. Crédito: Michael Hicks

Una obra maestra de la ciencia ficción

El carácter tecnológico visionario de aquel 1968 quedaba reflejado en dos obras. La organización Foreign Policy Association reunía a un elenco de expertos para un libro de ensayos titulado Toward the Year 2018, una colección de apuestas sobre el futuro que predecían el desarrollo de los ordenadores personales, la telefonía móvil, internet y el Big Data, el conflicto de estas tecnologías con la privacidad e incluso el cambio climático.

Y 1968 fue también el año del estreno de 2001: Una odisea del espacio, el extenso largometraje de Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke que perdura hoy no solo como una obra maestra de la ciencia ficción, sino también como una de las más visionarias, gracias a sus acertados pronósticos sobre estaciones espaciales tripuladas con retretes de gravedad cero, pantallas planas, videochats, tablets o, por supuesto, la Inteligencia Artificial, junto con sus riesgos.

Sin embargo, no todas las predicciones expertas de 1968 estuvieron tan bien encaminadas. En abril, el biólogo molecular Gunther Stent escribía en la revista Science: “esa fue la biología molecular que fue”. Con el descubrimiento previo del código genético, que aquel año daría el Nobel de Medicina a Marshall Nirenberg, Har Gobind Khorana y Robert Holley, Stent pronosticaba “el próximo declive de la biología molecular” como disciplina de investigación para convertirse en “un campo rutinario”. Nada más lejos de lo que ocurriría después: curiosamente, también en 1968 Matthew Meselson y Robert Yuan aislaban la primera de las enzimas de restricción, las herramientas que impulsarían la biología molecular como una de las ciencias más pujantes del último medio siglo.

Javier Yanes

@yanes68

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